jueves, 8 de junio de 2017

Juan 1:19-28 He aquí: El testimonio de Juan el Bautista

He aquí: El testimonio de Juan el Bautista
Juan 1:19-28
Introducción:
El pueblo de Israel recibió grandes y seguras promesas de la venida del Mesías, del Cristo, el cual también sería Rey sobre Su pueblo, estableciendo un reinado de paz, justicia y amor. En el siglo I la expectación por el cumplimiento de estas promesas se exacerbó notoriamente, pues, cuando aparece Juan el Bautista, luego de 400 años sin que Dios enviara profeta al pueblo, y los hechos milagrosos que rodearon la anunciación de su nacimiento; adicional a su mensaje de arrepentimiento y santidad de vida; todo esto pareciera ser el preámbulo para el desenlace de una revolución que acabará con el odioso imperio romano, y permitirá que los judíos recuperen su libertad y lleven una vida de paz y prosperidad.
Pero las expectativas del pueblo respecto al Mesías prometido estaban equivocadas. Ellos no entendieron que primero era necesario que el Cristo hiciera una obra de efectiva limpieza, perdón y restauración espiritual. Esta verdad era un misterio para la mayoría, pero no lo era para el más grande de todos los profetas: Juan el Bautista. Este hombre es más sorprendente de lo que la mayoría de creyentes piensa. Su ministerio profético, su trabajo como testigo de Cristo y  precursor es fundamental para la fe cristiana y nuestra doctrina sobre la divinidad de Cristo y su obra redentora. ¿Qué discípulo pudo entender que el Mesías debía morir primero? Ninguno, pero Juan lo recibió en revelación directa del cielo. ¿Quién había comprendido que el Mesías era Dios y hombre? Ninguno, pero a Juan esto le fue dado en revelación de lo Alto.
Hoy el Evangelio de Juan nos mostrará las sorprendentes revelaciones que Dios nos dio por medio de este extraño e incomprendido profeta: El Mesías vendría primero como Cordero para así poder establecer su reinado espiritual en el mundo.  El Mesías vendría como bautizador, pero no en agua, sino con el Espíritu. El Mesías es Dios encarnado.
Esta será la estructura de nuestro sermón:
1. He aquí el Cordero de Dios v. 29-31
2. He aquí el Bautizador v. 32-33
3. He aquí el Hijo de Dios v. 34

1. He aquí el Cordero de Dios v. 29-31El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es Aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua”.
Para el evangelista Juan, el testimonio que el Bautista da de Cristo es fundamental para el propósito por el cual escribió su libro, es decir, para demostrar que Jesús es el Hijo de Dios, el Dios eterno hecho carne, y para que todo Aquel que crea en él sea salvo. Es por esta razón que no sólo en la introducción ya habló de Juan, sino que los primeros hechos de su parte narrativa se concentran en dicho testimonio.
Ya se nos mostró cuál fue el testimonio que Juan dio el primero de los siete días iniciales del comienzo de la predicación evangélica: Juan dijo que él no era el Cristo, pero en medio del pueblo estaba caminando un hombre que era superior a él, al cual debían seguir. Aunque Juan no dio muchas explicaciones sobre este grande hombre, del cual él no era siquiera digno de desatar la correa del calzado; si debió dejar en ascuas y expectación a todos los que le oyeron, pues, si Juan era admirado y tenido como un gran profeta; y sobre él estaba un hombre infinitamente más grande; entonces había que conocerlo.
Por lo tanto, Juan, en su evangelio, nos presenta lo que sucedió el siguiente día, es decir, luego de que Juan diera este testimonio inicial, pero insuficiente. Hasta este momento sabemos que Jesús es un hombre grande, muy grande; sabemos que su existencia no comienza con el nacimiento a través de la virgen, sino que él es desde antes, desde la eternidad; sabemos que lo debemos conocer, pues, Juan quitó la mirada puesta en él y nos pide que confiemos en este hombre; pero no sabemos más. Por lo tanto, es necesario escuchar el testimonio de Juan el segundo día, donde encontraremos muchas respuestas para la necesidad de nuestras pobres almas. Escuchemos el testimonio de Juan, el cual condensa el verdadero Evangelio.
Lo primero que él nos dice es que este hombre es “Mirad, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Esta es tal vez la declaración más grandiosa que contiene toda la Biblia y es el centro del mensaje y la fe evangélica, este es el corazón del evangelio y de nuestra redención.
Juan vio a Jesús, el Nazareno, caminando y viniendo hacia él. Había llegado el momento de que Juan cumpliera el clímax de su ministerio: anunciar al mundo quién es el Mesías. Honorable tarea y enorme la responsabilidad, pues, la más mínima equivocación al respecto haría que la gente pusiera su mirada en el hombre equivocado y ¿qué sería del plan de redención? Juan tenía sobre sus hombros una labor grande e ingente, pues, siglos de preparación, siglos de figuras y tipos, siglos de esperanza estaban por terminar para dar inicio a la realidad: Por fin había llegado el prometido, el Mesías, el Cristo, el Redentor, el cumplimiento de todas las profecías del Antiguo Testamento; por fin había llegado Emmanuel, la simiente de la mujer que salvaría a la humanidad, la simiente de Abraham, el hijo de David que se sentaría en el Trono, el profeta anunciado por Moisés, el sacerdote del orden de Melquisedec, el Dios admirable. Y a Juan, cual vocero del cielo, se le encomendó anunciar al mundo quién era este hombre en el cual se condensaban todas estas promesas y realidades.
Imaginemos por un momento cuál sería la lucha de Juan previamente a este anuncio mundial: Señor, cómo podré saber quién es ese hombre. En Israel casi todos los hombres tienen el mismo parecido físico. Hay muchos que parecen ser hombres santos. Señor, no me quiero equivocar, de esto depende la salvación del mundo entero; si yo me equivoco el curso del mundo seguirá para siempre hacia la perdición. ¿Cómo saber cuál es ese hombre? El Bautista dijo: “Y yo no le conocía”, pero él debía reconocerlo.
Juan nos dice en su testimonio que el Padre le respondió y le dijo: “Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ese es”. Ese es el hombre señalado, ese es el Redentor, ese es el Mesías, ese es el Verbo hecho carne. Esto nos deja ver que Jesús, el Verbo, se hizo real y completamente hombre. Él no era distinto a los demás en su ser humano. Juan no lo podía distinguir del resto de las personas a través de su aspecto físico. El Verbo realmente se hizo carne, carne débil como la nuestra. Él no era el hombre más alto, o más blanco, o más rubio o más hermoso físicamente; él era el típico y común hombre judío. ¡Qué misterio tan grande! El Dios Soberano caminando entre los hombres, con un físico común! Aquel que crea a los hombres y a algunos los hace con aspectos físicos sobresalientes, Aquel que hizo a Absalón con un físico fuera de lo común, cuya hermosura externa iba desde la coronilla de la cabeza hasta los pies,  no procuró sobresalir tomando un cuerpo humano que se saliera de lo normal y corriente. Cuán distinto a los propósitos de la gente de hoy, la cual va al gimnasio, se hacen cirugías, invierten en costosas cremas y otras cosas más, con el fin de sobresalir entre el resto a través de la apariencia física, la cual nada es.
¿En qué momento Juan vio al Espíritu descender como paloma sobre Jesús en confirmación de que él era el Mesías? El Evangelio de Juan no nos lo cuenta, pero los sinópticos sí: “Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como Paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Mr. 1:9-11). Cuando dice que no lo conocía, no sabemos si se refiere a que no tenía conocimiento de él previamente, pues, aunque María y Elizabeth eran parientes, a lo mejor, siendo que Juan vivía en Judá y Jesús en Galilea, no se habían visto antes; o, es posible que se refiera a que, aunque lo distinguía como persona, no sabía que él era el Mesías, el Hijo de Dios. Pero, independientemente de esto, Juan supo que él era el Mesías prometido, el Cristo, porque el Padre le había dado una señal inconfundible: él sería ungido con el Espíritu Santo. Este es el significado de Mesías o Cristo: Ungido. Él tendría una presencia especial del Espíritu que nadie la tuvo antes ni la tendrá después. Pero como el Espíritu no puede ser visto por el ojo humano, Marcos dice que Juan lo vio descender sobre Jesús, y parecía una paloma, no que fuera una paloma, sino, como paloma.
Esta narración del evangelio de Juan es posterior al bautismo de Cristo y a la tentación en el desierto. Es probable que se haya dado inmediatamente luego de la tentación. Jesús ya estaba lleno del poder del Espíritu, e iba a iniciar su ministerio. Ya todo estaba listo para el desenlace final de su vida y obra para ser el Redentor de la humanidad. Así que Jesús sabía a dónde debía ir para comenzar su ministerio público. Él debía ser proclamado por Juan, el vocero autorizado, como el Mesías Redentor, ante todo el pueblo, ante el mundo entero.
De manera que cuando Juan lo ve venir, ya él lo conocía, él ya sabía que Jesús era el ungido. Pero no sólo sabía esto, también tenía el conocimiento de que él era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Este es un título nuevo para el Mesías. Además del Verbo, Hijo de Dios, la Luz verdadera, Jesucristo, Unigénito Hijo, Cristo o Mesías, el Profeta; Juan el bautista adiciona este: El Cordero de Dios. Este es un título muy diciente, pues, toma varios tipos del Antiguo Testamento para aplicarlo sobre el Salvador.
Aunque el cordero habla de humildad, ternura e inocencia; este no es el enfoque principal de Juan al aplicarlo a Cristo (aunque sí lo implica), sino que él está pensando en los sacrificios antiguo testamentarios, a través de los cuales se procuraba la limpieza del pecado, la propiciación y liberarse de la ira de Dios.
El principal tipo lo encontramos en el cordero pascual, ese que cada familia sacrificó la noche en la cual Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Moisés dijo al pueblo: “En el diez de este mes tómese cada uno un cordero… por familia. El animal será sin defecto, macho de un año… y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes. Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas… Y aquella noche comerán la carne asada al fuego,… con hierbas amargas lo comerán” (Éx. 12:1-8). Este Cordero pascual habla de perdón, liberación, propiciación de la ira de Dios, substitución. Esa noche morirían todos los primogénitos varones, pero la casa en la cual se hubiese sacrificado el Cordero y hubiesen untado la sangre en la puerta, el primogénito no moriría a cambio del Cordero.
Es probable que Juan esté pensando mayormente en este Cordero. Juan recibió la revelación sobrenatural de que Jesús moriría en la Cruz, cual cordero pascual, con el fin de liberar a los primogénitos de Dios (hombres y mujeres elegidos por gracia) de la esclavitud del pecado, del dominio de Satanás, y especialmente, de la ira de Dios. Jesús recibiría el juicio eterno de Dios al morir en la cruz para salvar a su pueblo, a ese pueblo sobre el cual él sería Rey, el Rey prometido a Israel, el Rey que llenaría los corazones de sus súbditos con paz, justicia y amor. Por cierto, cuando Jesús fue crucificado, la Biblia dice: “Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta” (Juan 19:14). Él es el verdadero Cordero pascual. También el apóstol Pablo lo ve así cuando dice: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Cor. 5:7). Además, el Evangelio de Juan dice que cuando los soldados vinieron a quebrar los huesos de Jesús en la cruz para que muriera más rápido, no lo hicieron, pues, ya lo encontraron muerto, y Juan afirma que esto fue en cumplimiento de la Escritura que dice: “No será quebrado hueso suyo” (Juan 19:36); y, evidentemente, esto fue profetizado a través del tipo del Cordero de la pascua, del cual dijo Moisés: “Se comerá en una casa, y no llevarás de aquella carne fuera de ella, ni quebraréis hueso suyo” (Éx. 12:46). De la misma manera, el apóstol Pedro compara a Cristo con el cordero de la pascua cuando dice: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir,… no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha, y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 P. 1:18-20).
Pero es probable que Juan también esté viendo en Jesús al Cordero que Dios le proveyó a Abraham en reemplazo de Isaac, el cual fue sacrificado para satisfacer las demandas de la justicia eterna: “Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto” (Gén. 22:7-8). El título “El Cordero de Dios” significa que Jesús es la provisión de Dios para nuestros pecados. Dios exigía de nosotros la muerte, pero él se puso en nuestro lugar.
Aunque, también es probable que Juan esté viendo en Jesús al cordero del sacrificio diario en el templo: “Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente. Ofrecerás uno de los corderos por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde” (Éx. 29:38-39). Él es la provisión de perdón diaria.
En todo el Antiguo Testamento encontramos la figura del cordero como sacrificio por el pecado de los creyentes, pero era muy claro que la sangre de los animales no podía quitar los pecados (Heb. 10:4), porque no podían tomar el lugar de los hombres; mas Juan dice que Jesús, el Verbo, fue enviado como Cordero que SI tiene el poder para quitar el pecado. Cuando Juan vio venir a Jesús, lleno del Espíritu, listo para iniciar su ministerio y su camino a la cruz, no se contuvo y gritó ante la multitud: Este es el verdadero Cordero de Dios esperado desde Adán, el Cordero que Dios proveería a Abraham y su simiente, el Cordero pascual, el cordero del sacrificio diario; él, a través de su sacrificio en cruz quitará el pecado del mundo.
¿De qué manera Jesús quita el pecado del mundo? Satisfaciendo las demandas de la justicia de Dios, recibiendo sobre sí su ira, muriendo en lugar del pecador, sufriendo el infierno para que ninguno de los electos vaya allí, restituyéndonos a la imagen de Dios, quitando de nosotros la culpa y reconciliándonos con el Juez de todos. Esto fue profetizado por Isaías, cuando hablando del Mesías dijo: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Is. 53:5-7). Jesús quita el pecado porque él lo retira “tan lejos que no pueda volver, pues Dios se olvida de los pecados perdonados, los sepulta en el abismo, y los aleja tanto como un confín del universo del otro confín. Si así retira Jesús el pecado del mundo, ¿quién desconfiará de que sus pecados queden perdonados, por muchos y muy graves que sean?[1]
Cuando Juan dice que Cristo quita el pecado del mundo, es necesario aclarar dos asuntos: primero, porqué se usa la palabra pecado en singular, y no en plural; y segundo, a qué se refiere con el pecado del mundo ¿Significa eso que Cristo quita el pecado de todas las personas que habitan en el mundo? Empecemos con el primer asunto. Juan no dice que Jesús quita los pecados, sino el pecado, en singular. Pero esto solamente significa que cuando Cristo murió en la cruz, llevó sobre sí el pecado del hombre, es decir, todos los pecados de todos los elegidos de Dios se agolparon sobre él, y como si fuera una sola masa de pecados, reposó sobre el justo, muriendo para quitar de ellos la culpa del mismo. Como dice Calvino: “Él usa la palabra pecado en un número singular, para referirse a toda clase de iniquidad, como si él hubiera dicho, que toda clase de injusticia, la cual separa al hombre de Dios, es quitada por Cristo”[2].
Ahora, evidentemente Juan no está afirmando que Jesús quitó la masa del pecado y de la culpa de todo el mundo, pues, si eso fuese así, entonces todos los hombres serían salvos, ya que Dios, quien es sumamente justo, no demandará un doble pago por el mismo pecado. Luego veremos que en todo el evangelio de Juan se enseña que Cristo hizo su obra de redención sólo por los electos, no por todos los hombres; entonces usted se preguntará: ¿A qué se refiere cuando dice que quita el pecado del mundo? La respuesta es clara: Jesús no sólo muere por el pecado de los judíos que creerían en él, sino por el pecado de todos los hombres que creerán en él en todo el mundo, en todas las naciones. Como dijo Calvino: “Y cuando él dice: El pecado del mundo, extiende este favor indiscriminadamente a toda la raza humana, para que los judíos no pensaran que él fue enviado a ellos solamente. Pero aquí inferimos que el mundo entero está envuelto en la misma condenación; y que como todo hombre, sin excepción, es culpable de injusticias delante de Dios, ellos necesitan ser reconciliados con él. Juan el Bautista, por lo tanto, al hablar generalmente del pecado del mundo, intenta impresionarnos con la convicción de nuestra propia miseria, y nos exhorta a buscar el remedio. Ahora nuestro deber es abrazar el beneficio que es ofrecido a todos, que cada uno de nosotros pueda ser convencido que no hay nada que impida que podamos ser reconciliados en Cristo, siempre que se acerque a Dios por medio de la fe”[3]. Esta es una declaración de consuelo y esperanza para todos los habitantes del planeta, pues, todo aquel que venga a Cristo en un acto de fe y arrepentimiento será limpio de su pecado y reconciliado con Dios. Esto no contradice la doctrina de la elección, todo lo contrario, la afirma, pues, toda persona que venga a Cristo es porque ha sido elegida, ¿Quieres saber si has sido elegido por Dios, ven a Cristo, y su sangre inmaculada te limpiará de todo pecado?
No debemos quitar la fuerza de esta declaración. Juan está afirmando: todas las personas del mundo están llamadas para venir al Cordero de Dios. Su sangre y sacrificio, siendo Dios encarnado, tiene el poder para limpiar y quitar el pecado de todos los hombres, si todos los hombres vinieran en fe a él. Vengan a Cristo los hombres blancos y negros, altos y bajitos, ricos y pobres, americanos o asiáticos o europeos o africanos, cultos o primitivos; él es el Cordero enviado por Dios desde el cielo y tiene el poder de salvarlos a todos; pero esto no significa que murió por todos, pues, la Biblia es clara en afirmar que moriría por muchos, es decir, por lo salvos, más no por aquellos que definitivamente se condenarán en el infierno. El poder de Su sangre es infinito y tiene la capacidad de salvar a este mundo y miles mundos más, pero, Juan nos mostrará que esta sangre es eficaz sólo en los que Dios trae a Cristo, sólo por ellos se derramó.
La expiación de Cristo es eficaz, la iglesia cristiana cree en la excelencia de la expiación porque: “1. Es supereminente por la NATURALEZA de la víctima. En tanto que los sacrificios del judaísmo eran corderos irracionales, el sacrificio del cristianismo es el Cordero de Dios. 2. Es supereminente en la EFICACIA de la obra. Mientras que los sacrificios sólo rememoraban el pecado, año tras año, el sacrificio de Cristo quitó el pecado. “Se ha manifestado una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Heb. 9:26). 3. Es supereminente en el ALCANCE de su operación. Mientras que los sacrificios judaícos sólo tenían como objeto el bien de una nación, el sacrificio de Cristo tiene como beneficiarios a todas las naciones: Quita el pecado del mundo”[4].
Aplicaciones:
Hermano que aspiras a ser predicador, pastor o maestro; ¿Has visto la enorme responsabilidad que tenemos delante de Dios y los hombres? Así como Juan el Bautista, debemos tener un conocimiento cercano del Salvador. Nosotros mismos debemos haberlo visto, no físicamente o por visión de la mente, más si por una comunión estrecha con él a través de la lectura profunda, constante y completa de la Biblia, y una vida de oración y comunión con él. No podemos hablar honestamente de Cristo si primero no le conocemos personalmente. Nosotros no le conocíamos, pero un día él se manifestó a nuestras vidas como el Cordero de Dios, inmolado por nuestros pecados, sacrificado por nuestro mal, con el fin de reconciliarnos con Dios. Si le hemos visto así, y su sangre no ha limpiado, entonces podemos hablar de él con autoridad y convicción. Hermano y hermana, tú que no has sido llamado al ministerio de la predicación, también has conocido al Salvador como el cordero de Dios, pues, un día acudiste en humildad, contrición y fe ante su cruz, y él te miró con ojos de compasión, perdonando tus pecados y limpiándote de toda maldad. Así no seas un predicador, tienes un mensaje que contar: Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado. Anuncia este mensaje a tus amigos.
Hermana, ¿te ha inspirado el celo evangelístico de esta mujer? Dios quiera que sí. Tú formas parte de esa iglesia a la cual Cristo le comisionó llevar el evangelio a toda criatura. No necesitas ser una predicadora o pastora para hacerlo. Desde el rol donde Dios te ha puesto puedes ser un instrumento para que tus hijos, tu esposo, tu familia, tus vecinos, vengan a Cristo. No tienes que ser diestra en dar un discurso para convencerlos, muestra tus frutos e invítalos para que vengan y vean a Cristo. Él te usará así como hizo con muchas mujeres en el Nuevo Testamento y en la historia de la Iglesia.
Amigo ¿Has visto hoy a Cristo como el Cordero de Dios que fue sacrificado para quitar tu pecado? Si es así, ven a él, arrepiéntete de tu maldad, confiesa tus pecados, reconócelo como tu Salvador y disfrutarás de la gracia sin igual que él viene a ofrecer.
¿Has cometido graves pecados? ¿Aún te atormenta saber que hiciste cosas graves? No olvides, si acudes al Cordero y crees en él de corazón, él te limpiará de todo pecado, literalmente lo quitará, lo borrará; y Dios no se acordará más de él. Si Dios no lo hará más ¿por qué aún tú lo haces? Confía en la eficacia de su sangre, y no peques más.



[1] Henry, Matthew. Comentario Bíblico. Página 1355
[2] Calvin, John. Calvin´s commentary on the Bible. John. Extraído de: http://www.studylight.org/commentaries/cal/view.cgi?bk=42&ch=1 en Octubre 18 de 2015
[3] Calvin, John. Calvin´s commentary on the Bible. John. Extraído de: http://www.studylight.org/commentaries/cal/view.cgi?bk=42&ch=1 en Octubre 18 de 2015
[4] MacDonald, William. Comentario Bíblico. Página 658 (citando a J. C. Jones) 

Juan 1:19-28 Un poderoso testimonio de un humilde predicador

Un poderoso testimonio de un humilde predicador
Juan 1:19-28
Introducción:
Cuando en la historia humana suceden actos espectaculares que no duran un día, sino varios, la humanidad entera tiende a ser impactada, como cuando hay una guerra en oriente medio y las potencias del mundo envían sus fuerzas militares, y hay lanzamiento de misiles, destrucción de edificios, voladura de pozos petroleros, y esto dura varios días, la humanidad entera es impactada por cierto tiempo.
Juan, en los capítulos 1 y 2 de su evangelio, nos presenta los primeros siete días del ministerio público de Cristo, los cuales son inolvidables para cualquier cristiano; con ellos se marca la era del evangelio, el inicio de la iglesia cristiana, el comienzo de la predicación evangélica.
Así como Moisés presenta la creación en siete días, Juan presenta el inicio del ministerio de Cristo en siete días. Así como en Génesis hay dos secciones de tres días, seguidos de un último día, Juan también hace lo mismo al presentarnos la introducción del Hijo en su ministerio público. Los primeros tres días son marcados por el testimonio de Juan el Bautista respecto al Cristo, luego siguen tres días donde Jesús comparte con sus primeros discípulos, y por último, Juan concluye el séptimo día con la primera señal o milagro de Jesús en las bodas de Caná.
En el pasaje de hoy miraremos lo que sucedió en el primero de esos siete días iniciales del ministerio de Cristo: el testimonio de Juan el Bautista. Realmente Juan el Bautista presenta tres testimonios de Cristo ante tres clases distintas de personas: El primer día, da testimonio de Cristo ante los líderes religiosos de los judíos (1:19-21). El segundo día Juan da testimonio ante otro grupo de personas, probablemente ante los que venían a ser bautizados (1:29-34); y el tercer día, da testimonio ante dos de sus discípulos más cercanos (1:35-40).
Como dijimos anteriormente, Juan, en la introducción o prólogo de su evangelio, adelanta los grandes temas que desarrollará posteriormente; es así como inicia la parte narrativa o histórica mostrando el testimonio que dio Juan el Bautista sobre Cristo. Como ya vimos en la introducción del Evangelio, este testimonio es importante para confirmar que Jesús es el Mesías, el Verbo hecho carne, el Dios humanado. Analicemos esta primera sección con la convicción de que al estudiar un poco sobre el ministerio de este profeta seremos impactados por el Espíritu Santo para crecer en nuestro carácter, en nuestra humildad y en el testimonio cristiano.
Para una mejor comprensión de este pasaje lo dividiremos así:
1. Un testimonio de vida v. 19-20
2. Un testimonio no de sí mismo v. 21-23
3. Un testimonio de Cristo v. 24-28

1. Un testimonio de vida v. 19, 20.Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo”.
Podemos preguntarnos inicialmente ¿Por qué los líderes religiosos judíos estaban interesados en conocer más sobre Juan el Bautista? Estos líderes vinieron porque habían escuchado muchas cosas sobre el ministerio de Juan. Por cierto, Marcos, el evangelista, escribió: “Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados. Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados” (1:4-5). Indudablemente, el testimonio cristiano que Juan da a esta delegación de altos dignatarios del templo en Jerusalén, es el resultado del conocimiento que ellos tenían de su vida y ministerio. La vida de Juan intrigaba a estos líderes, la labor que él hacía, la vida austera, el mensaje que predicaba, la verdad que proclamaba y la santidad de vida; todo esto se conjugaba en Juan convirtiéndolo en un personaje del cual se debía conocer más.
Su testimonio de Cristo inicia con un testimonio de vida. Como dijo Agustín “Tan grande fue la excelencia de Juan que los hombres llegaron a pensar que él era el Cristo”[1]. Al parecer, muchos judíos, los cuales acudían a escuchar a Juan y se convirtieron en sus discípulos, llegaron a pesar que un hombre con esta calidad de testimonio de vida debía ser el Mesías o el Cristo, tanto tiempo esperado. El Mesías debía ser un hombre santo, desprendido de los atractivos del mundo, y fiel a la Palabra de Dios. Es por esa razón que cuando la delegación de sacerdotes le pregunta “¿quién eres?”, lo primero que él responde es: “Yo no soy el Cristo”. Qué respuesta tan clara.
Muchos de los seguidores de Juan pensaban que posiblemente él era el Cristo: “Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo” (Luc. 3:15).  Por lo tanto, es posible que muchos le hayan dicho: Mira, tienes todas las credenciales: Tu nacimiento fue un milagro, pues, tu madre era anciana y estéril, tu padre recibió una visión celestial donde se le anunció que tú nacerías y serías lleno del Espíritu Santo desde el vientre de tu madre, la gente te sigue, los sacerdotes quieren conocerte y te respetan más que a tu primo Jesús, pues, por lo menos, tu vienes de una familia sacerdotal, tu predicación produce arrepentimiento y muchos son bautizados; todos te tienen como un gran profeta. ¿Qué esperas para proclamarte el Mesías? Más Juan era consciente de lo que no era él, por eso el texto dice enfáticamente (tal y como fue redactado en griego): “Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo”.
Cuánta tentación tienen los ministros y predicadores cristianos de pensar más allá de lo que son a causa de la admiración y presión de la gente que los sigue. Quiera el Señor librar a sus verdaderos ministros de pensar más allá de lo que deben de sí mismos: “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura” (Ro. 12:3).
 2. Un testimonio no de sí mismo v. 21-23.Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el Profeta? Y respondió: No. Le dijeron: ¿Pues quién eres? Para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo? Y dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías”.
En la respuesta de Juan el Bautista encontramos un segundo elemento muy  importante para cuando damos testimonio: éste no debe centrarse en nosotros, sino sólo en Cristo. Juan sabía que él no tenía el poder para salvar a nadie, por lo tanto, él quiso quitar la mirada puesta en él. Yo no soy el Cristo, yo no soy grande (aunque Jesús dijo que era el hombre más grande de su tiempo), yo no soy Elías (aunque él era el hombre que vino con el poder y el espíritu de Elías), yo no soy el profeta (aunque era un profeta).
Los judíos se basaban en algunas profecías del Antiguo Testamento para llegar a la conclusión escatológica de que Elías, el profeta que fue llevado sin pasar por la muerte al cielo, volvería en persona antes de la venida del Mesías para preparar al pueblo (Mal. 4:5); esa es la razón por la cual le preguntan: “¿Eres tú Elías?”, es decir, si tú no eres el Cristo, entonces debes pensar que, por lo mínimo, eres Elías; pero su respuesta también es admirable: “No soy”.
Entre el ministerio de Juan y el de Elías hay un gran parecido, incluso en la forma como vestían y en lo que comían: “Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre” (Mr. 1:6); “Y ellos le respondieron: Un varón que tenía vestido de pelo, y ceñía sus lomos con un cinturón de cuero. Entonces él dijo: Es Elías tisbita” (2 Rey. 1:8). El ministerio de los dos se desarrolló en el desierto, y ambos confrontaban a la multitud con el pecado. Así que, los judíos pensaban que Juan no era más que este Elías, quien había vuelto vivo desde el cielo, en cumplimiento de la profecía de Malaquías: “He aquí, yo os envío al profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Mal. 4:5-6).
Ahora, Jesucristo dijo que Juan fue este Elías que muchos esperaban: “Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan. Y si queréis recibirlo, él es Aquel Elías que había de venir” (Mt. 11:13-14); “Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del hombre padecerá de ellos. Entonces los judíos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista” (Mt. 17:10-13). Si Jesús dice que Juan fue el Elías prometido como precursor o pregonero de la venida del Mesías, entonces ¿por qué Juan niega ser Elías? Además, el ángel, cuando anunció el nacimiento de Juan dijo de él: “E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Luc. 1:17). ¿Por qué Juan el Bautista niega ser Elías? Porque las profecías anunciaban que el precursor del Mesías vendría en el espíritu de Elías, es decir, con un mensaje y estilo de vida parecidos; más no se trata de Elías en persona. Juan no es una reencarnación de Elías, se parece a él, pero no es él. Eso es lo que Juan responde, yo no soy Elías.
Ahora, Juan pudo haber aprovechado la confusión de la gente para ganar más fama y aceptación ante ellos, diciendo que él si era Elías, y no estaría tan equivocado, pues, él fue ese Elías anunciado en el Antiguo Testamento; pero, he aquí, por qué Cristo dijo de él que era el hombre más grande nacido de mujer: su humildad fue la más grande que se haya dado en el género humano; y entre más humilde, más grande ante Dios: “Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Luc. 14:11). La lógica del Reino de Dios es contraria a los principios de grandeza del mundo: Aquellos que se consideran a sí mismos como los más pequeños, insignificantes e improductivos en el Reino de Dios, son los más grandes: “Porque el que es más pequeño entre todos vosotros, ése es el más grande” (Lc. 9:48).
Aunque Juan el Bautista no aceptó ser reconocido como Elías, si dijo que su ministerio fue para cumplir el papel de Elías: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías” (Juan 1:23). Él vino como un heraldo, el cual representaba al Rey y venía en su nombre para preparar el corazón del pueblo. En tiempos antiguos, cuando los Reyes iban a visitar una zona apartada, enviaban emisarios que alisaran los caminos, que quitaran los obstáculos, y arreglaran todas las cosas para que fuera recibido con los honores más grandes. Juan reconoce que este era su ministerio, preparar a la gente, no para que lo recibieran a él, sino al Cristo, al Mesías, al Rey del mundo. Este es el ministerio de todos los pastores y siervos del Señor, preparar los corazones de los oyentes para que reciban a Cristo, para que lo adoren y le sigan. El ministerio pastoral no es para buscar gloria personal o para que la gente nos siga como si nosotros fuéramos salvadores.
Es interesante notar que en las primeras tres preguntas, Juan responde con un “No soy”, pero en el verso 23 responde con un “Yo soy”. En los “no soy” negó ser el Mesías, Elías o el Profeta; pero cuando sí afirme lo que es, solamente dice: Yo soy la voz de uno que clama. Cuánta humildad, ni siquiera quería que su nombre se conociera. Él no dijo: Yo soy Juan, solo dijo, soy la voz de alguien que clama.
Los sacerdotes luego le preguntaron: “¿Eres tú el profeta?” y la respuesta fue igual: “No”. “El profeta” hace referencia a la promesa que Dios hizo a través de Moisés, cuando dijo: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis” (Deut. 18:15). Esta es una clara profecía relacionada con el Mesías, él es ese profeta como Moisés que se levantaría y proclamaría el claro mensaje del evangelio. El apóstol Pedro, en su discurso de Hechos 3, dice que este profeta anunciado por Moisés es Cristo (Hch. 3:22); por lo tanto, Juan el Bautista está en lo correcto cuando dice “No, yo no soy el profeta”. Juan sí era un profeta, pues, Cristo mismo lo confirma en varios lugares, pero él no era “el” profeta, lo cual es una clara referencia a un profeta especial, a uno que sobresale, a uno que está por encima de los demás; es decir, Cristo.
Recordemos que el pueblo de Israel llevaba varios siglos bajo la opresión de los griegos y luego de los romanos. Ellos anhelaban la llegada del Mesías, el cual, según su interpretación escatológica, vendría y los libraría de los opresores, estableciendo un reinado de paz y prosperidad con el trono en Jerusalén. Eran muchos los vientos de expectación de la llegada de esta era dorada. Los judíos estaban mirando de dónde vendría esa liberación soñada; así que Juan se convierte en esa esperanza. Israel llevaba más de 400 años sin testimonio profético, el Dios silente no había enviado mensaje alguno; y de repente aparece Juan el Bautista con un mensaje y estilo de vida profético. ¡Cuánta expectación producía él!
 Ahora, esto no es de extrañar, pues, el mundo, sin Dios, está perdido, confundido, esclavizados por el pecado y Satanás. Cualquier expectativa de liberación y felicidad es anhelada. Esto es lo que debe producir entre los inconversos la vida piadosa de los creyentes. Ellos deben acercarse a nosotros y preguntarnos ¿por qué eres diferente? ¿Qué es aquella cosa especial que tú tienes? ¿Podré tenerla también? Pero esto podrá ser si vivimos como Juan el Bautista y obedecemos la exhortación de Pedro: “Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras” (1 P. 2:12).
3. Un testimonio de Cristo v. 24-28.Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? Juan le respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. Éste es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando”.
 Los fariseos, siendo el partido religioso más conservador y fiel a la tradición judía, estaban interesados en conocer quién era Juan. No sabemos si ellos tenían un real interés en escuchar el testimonio de Juan, pero, al menos, querían conocer más sobre su ministerio, especialmente, con qué autoridad predicaba y bautizada. Además, ellos debían llevar un reporte a los máximos jerarcas religiosos. No querían tener sorpresas y tampoco permitir que se levantaran nuevos hombres con tintes mesiánicos, los cuales pondrían en riesgo la pax romana de la cual disfrutaban.
Ante la insistente pregunta de los fariseos sobre su identidad, y por qué bautizaba, pues,  esto era sólo una función de los líderes autorizados, y en especial, sería algo que haría el Mesías, ya que Zacarías había profetizado: “En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia” (Zac. 13:1); Juan responde, pero no centrándose en él sino en Cristo, pues, todo su ministerio era en dependencia de Él:  “Yo bautizo con agua, más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis”, es decir, mi bautismo es sólo externo, usando agua que no puede limpiar los corazones; pero en medio de ustedes está uno que pronto se manifestará, el cual es superior a mí, y en cuyo nombre vengo bautizando; éste tiene el derecho a bautizar, no con agua externa, sino con Su Espíritu para la limpieza del corazón.
Aquí encontramos el tercer y más importante elemento de nuestro testimonio: Hablar de Cristo. No sólo debemos vivir en piedad, no sólo debemos negarnos a nosotros mismos no buscando ser el centro de las miradas de los hombres, sino que el testimonio, para que sea completo y eficaz debe mover la mirada de los que nos escuchan hacia Cristo. Mi vida de piedad no salvará a nadie, la negación y humildad propia tampoco, sólo Cristo y su evangelio pueden dar salvación.
Esto es lo que hace ahora Juan el Bautista, lleva a estos fariseos y todos los que le escuchan a que fijen sus expectativas en Aquel que “que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado” (v. 27). Juan dice: “No me pregunten por mi ministerio, ni por lo que hago o lo que soy; solo hay una persona que ustedes deben conocer y bastará para todo, ese es Jesús. No se interesen tanto por mi persona, yo solo les puedo bautizar con agua, pero Jesús, él, te bautizará con el Espíritu Santo, limpiará tu alma, te convertirá en hijo de Dios, te reconciliará con él, te dará la luz y la vida eterna. No pregunten por mí, pregunten por Él”. Es como si Juan dijera: “Yo solo soy la voz, pero Él es el Verbo. Aunque él dijo que yo soy el hombre más grande nacido de mujer, ante Dios y comparado con él soy tan pequeño, que ni siquiera tengo la dignidad de hacer la labor del esclavo más insignificante, es decir, de soltarle los cordones de sus sandalias; por lo tanto, no me miren a mí, mírenlo a Él. Él es el Admirable, Dios con nosotros, Emmanuel, el Salvador, el Redentor”.
Cuánto podemos aprender del testimonio de Juan el Bautista en esta era tecnológica y digital donde el ministerio de muchos excelentes predicadores puede ser conocido mundialmente. Esto es una bendición, pues, ha servido para que la doctrina bíblica se extienda por todas partes, pero a la misma vez es un problema, porque las personas terminan, no conociendo o buscando a Jesús, sino a los predicadores más reconocidos. Juan dice: no me miren a mí, miren a Cristo; y Jesús dice: Escudriñad las Escrituras porque ellas son las que dan testimonio de mí; pero el cristiano de hoy dice: mejor escuchemos a este predicador que tiene mucha fama, o a este reverendo que enseña tan bien, o a este pastor que tiene una iglesia muy grande;  y el resultado de no conocer personalmente a Jesús es que no lo tenemos a él, no somos como él y no le amamos a él. Hemos conocido de muchos jóvenes y personas que pueden recitar todas las predicaciones que se encuentran en YouTube de algunos buenos predicadores, pero no conocen la Biblia de manera personal; y el resultado de esto es una vida cristiana mediocre, débil frente al pecado, inestable espiritualmente.
Aplicaciones:
Un testimonio efectivo de Jesús empieza con un testimonio de vida. Hay un dicho que dice: “Los hechos hablan más fuerte que las palabras”. Muchos pretender ser testigos de Cristo y proclaman por doquier el Evangelio, pero su testimonio de vida diciente de lo que es Cristo, pues, viven y actúan como impíos. Aunque todos tenemos la responsabilidad de proclamar el evangelio con nuestra voz y testimonio verbal, no nos olvidemos que esto será efectivo sólo en la medida en que, como Juan el Bautista, tengamos un testimonio de vida. Esto es tan importante, que Pedro, enseñándole a las esposas que tienen maridos inconversos les dice: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas” (1 P. 3:1).  
Algunos creyentes no saben cómo dar testimonio de Cristo o cómo iniciar este proceso con algunas personas, vecinos, compañeros, amigos, entre otros. Creo que Juan nos ha mostrado cómo se hace esto. ¿Cómo se originó la oportunidad para que Juan el Bautista diera testimonio de Cristo? Llevando una vida piadosa. El testimonio de Cristo inicia con la manera en que vives. Como dijo Martyn Lloyd-Jones: “El primer gran paso en el evangelismo es que nosotros podamos empezar con nosotros mismos y lleguemos a santificarnos… Cuando el hombre del mundo ve que tú y yo tenemos algo que ellos obviamente no tienen, cuando ellos nos encuentran calmados y quietos cuando estamos enfermos; cuando él encuentra que nosotros podemos sonreír en la cara de la muerte: cuando él encuentra que nosotros somos gente aplomada, balanceada, ecuánimes y amorosos… él comenzará a darse cuenta. Él dirá “Ese hombre tiene algo”, y él empezará a inquirir qué es. Y él también lo querrá”[2]. Vivimos en un tiempo donde la falsa cristiandad que pulula por doquier ha causado que la gente no quiera recibir de nosotros el evangelio, pero, si viviéramos la vida piadosa que la Biblia nos manda, numerosas oportunidades de evangelismo saldrían cada día. El gran problema de la cristiandad de hoy es que tiene muchas cosas que decir, pero poco que mostrar.
La psicología mundana del desarrollo humano nos lleva a cultivar un espíritu de auto-enaltecimiento. Vivimos en la cultura del mercadeo, donde todos intentan venderse a los demás. Pero la cultura cristiana es distinta, en el Reino de Dios el que quiera ser el más  grande debe ser el más pequeño. El verdadero cristiano cultiva el mismo espíritu que caracterizó a Juan el Bautista. No buscamos la alabanza de los hombres, ni nosotros mismos nos damos gloria o reconocimientos por cuán bueno somos, cuán inteligente, cuán bien nos va en la empresa o en los estudios, cuan buen esposo o esposa es, cuán hijo obediente es, o cuán santo, o cuan bien canto, o cuán delicioso cocino los alimentos; es decir, el verdadero creyente cultiva un espíritu de humildad tal, que en vez de sentirse cómodo con lo que es, siempre es consciente de la imperfección que le acompaña; y si alguien viene a él a admirarlo por algo, su respuesta siempre será: La gloria sea para el Señor, aún soy tan imperfecto que si algo bueno sale de mí, es solo por su gracia. Cuán contrario es el espíritu mundano, donde las personas se jactan y alaban a sí mismos, contrario al sabio consejo de Proverbios: “Alábate el extraño, y no tu propia boca; el ajeno, y no los labios tuyos” (Prov. 27:2). Y cuando te alaben, da la gloria a Dios, y reconoce tu propia imperfección, si haces eso, serás grande en el Reino de Dios.



[1] Philips, Ricchard. John, Volume I. Citando a San Agustín. Página 76. Traducción: Julio C. Benítez
[2] Philips, Richard. John. Volume I. Página 77. Citando al Dr. Lloyd-Jones. Traducción: Julio C. Benítez

Juan 1:15-18 La gloria única del Verbo encarnado

Un prólogo sublime. El Verbo: Desde Su eternidad hasta Palestina
Juan 1:1-18
La gloria única del Verbo encarnado (v. 15-18)
Por Julio C. Benítez
Pastor en la Iglesia Bautista Reformada la Gracia de Dios en Medellín
Introducción:
Hemos llegado a la conclusión o parte final del prólogo escrito por Juan en Su evangelio. Hemos dicho que en esta introducción el apóstol adelanta los grandes temas que desarrollará en su evangelio a través de las señales y discursos de Jesús que presentará, y algunos hechos relacionados con su vida.
Juan nos mostró que este Jesús, de quien hablará en su Evangelio, aunque es un hombre en todo el sentido de la Palabra, es más que eso, él es Dios eterno hecho carne; y como tal, debe ser adorado y creído.
Juan nos reveló la gloria del Verbo como Hijo eterno con el Padre, como Creador, como fuente original de la vida, como la luz reveladora de la verdad que nos reconcilia con Dios. También nos acaba de mostrar la gloria del Verbo al vestirse de carne y de debilidad humana.
Pero, ahora, en los versos 15 al 18 Juan concluirá su hermoso canto introductorio remarcando algunos aspectos que hacen a Jesús único, único en su gloria, único en su persona, único en su plenitud, único en los recursos que trae. Escuchemos a Juan y aprendamos a adorar y confiar en el Jesús que nos revela la Biblia. Para una mejor comprensión de estos pasajes lo estructuraremos de la siguiente manera:
1. Gloria única en su persona. v. 15
2. Gloria única en su provisión. v. 16
3. Gloria única en sus recursos. v. 17
4. Gloria única en su revelación. v. 18

1. Gloria única en su persona. 15.Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Éste es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo”.
Era imposible ver a Jesús, el Verbo encarnado, aunque velando su gloria en cuerpo débil de carne, y no reconocer que él era grande, que no había ningún otro hombre como él. Ante su gloria moral única los hombres más santos inclinaban su rostro y caían en una profunda humillación. Ejemplo de ello es Juan el Bautista, este era el hombre, hablando espiritualmente, más grande de su tiempo; un verdadero profeta Antiguotestamentario, de quien el ángel dijo: “Porque será grande delante de Dios…. Y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre” (Lc. 1:15). Juan fue reconocido como profeta de Dios por la generación de su tiempo, miles de personas creían en su mensaje de arrepentimiento, incluso, su voz se escuchaba en el palacio del Rey, pues, el bautista denunciaba la perversión que se vivía dentro de la realeza. Fue un gran hombre, un gran profeta, en él se resumía la profecía del Antiguo Testamento; pero, a pesar de todos estos honores que se le pueden otorgar, cuando él se ve frente al Verbo encarnado, no le queda otra opción más que inclinar su rostro y reconocer, a gritos ante el pueblo (esto es lo que significa clamó), que éste es mucho e infinitamente más grande que él: “Éste es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo”.
Juan había nacido, por lo menos, seis meses antes que Cristo; su ministerio había empezado antes que el del Salvador; Juan era mayor que Cristo en edad; pero él decía a la gente algo que ellos no podían comprender: después de mí viene uno que antes de mí. Parece un acertijo, y realmente lo es, pues, he aquí un misterio que pocos han podido entender. Y esta revelación es lo que hace a Juan el profeta más grande que haya existido, pues, él recibió el conocimiento sobrenatural del Espíritu Santo sobre la preexistencia de Cristo y su eternidad con el Padre. A veces subestimamos el ministerio del Bautista, pero la Biblia nos deja ver que realmente este fue un gran profeta, con un mensaje evangélico que, incluso hoy día, muchos que se llaman cristianos no lo pueden comprender; él recibió revelaciones profundas de la persona y ministerio de Cristo, que los discípulos mismos, los cuales anduvieron con él durante tres años, no lo alcanzaron a entender sino hasta cuándo Él resucitó y ascendió a los cielos. Juan recibió la revelación de que Jesús, su pariente, aunque nació de María en el siglo I, era desde antes. Juan comprendió que, a pesar de toda la grandeza que él haya tenido, la santidad con que haya vivido, el poder de su predicación y los abundantes frutos de conversión; él no era más que un hombre; pero el Verbo encarnado es Dios viviendo entre los hombres.
Cuando Juan el Bautista se doblega ante Cristo y reconoce en Él la superioridad que sólo puede tener el Dios verdadero, es todo el Antiguo Testamento el que se doblega con él. En esto consistió el ministerio de Juan, exaltar a Cristo y presentarlo como el único medio de salvación y digno de adoración. Este es el ministerio de todo verdadero predicador, hablar de Cristo, seguir hablando de Cristo y no cesar de hablar de Cristo. El predicador no se centra en sí mismo, en sus logros, en sus bendiciones, en sus estudios, en sus capacidades o en cuánto lo quiere la gente; él solo quiere que todos pongan sus ojos en Cristo.
2. Gloria única en su provisión.Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (v. 16). Esta declaración es una de las más consoladoras que la Biblia tiene, pues, aquí, el Espíritu Santo revela a Su pueblo que “todos los que creemos en Jesús hemos recibido una abundante aportación de todo lo que nuestras almas necesitan del repleto almacén que reside en Él… Es de Cristo, y de Él solo, que recibimos lo necesario para todas nuestras necesidades espirituales”[1]. La palabra traducida como plenitud es pleroma, es decir, en Jesús se encuentra la suma total de lo que hay en Dios.
Jesús tiene una plenitud de todas las bendiciones espirituales que necesitamos. No hay una circunstancia que esté más allá de su capacidad para proveer. Juan nos mostrará esta verdad, incluso en cosas que no parecen espirituales, por ejemplo, cuando el vino faltó en las bodas de Caná, Jesús tenía la plenitud para proveer una abundancia de la máxima calidad del vino para la fiesta. Cuando él se encontró con la mujer adúltera, avergonzada por su pecado, Jesús suplió su necesidad produciendo en ella el nuevo nacimiento. El hombre que había sido inválido durante 38 años, encontró en él la salud de su cuerpo. Cuando una vasta multitud que lo escuchaba en el desierto tuvo hambre, él suplió su necesidad a través de cinco panes y dos peces. El hombre que nació ciego, encontró en él la vista. Ni siquiera la muerte se opuso a su plenitud, pues, cuando Lázaro llevaba cuatro días de muerto, Jesús le dio de su plenitud y resucitó de entre los muertos. Solo en estos pocos milagros vemos que Jesús es la fuente del gozo excelso, de nuestro perdón y restauración, de la vida, del sustento, de la verdadera visión y la resurrección.
El evangelio de Juan registra todos estos milagros, a los cuales llama “señales”, como una prueba de su naturaleza divina, es decir, que el Verbo, siendo Dios y hombre, puede suplir todas las necesidades con su infinita, todopoderosa y divina vida; y especialmente, con su inescrutable amor por nosotros los que creemos. En Jesús hay una plenitud, un tesoro ilimitado, donde el pecador puede encontrar todo lo que necesita, ya sea en el tiempo o en la eternidad, el apóstol Pablo también habló de esta consoladora verdad cuando dijo con contundencia: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” (Col. 1:19); “Para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:2-3).
Porque de su plenitud tomamos todos”, es decir, todos los que han recibido alguna bendición de la gracia, desde el primer hombre hasta el último que habite este planeta, se debe a la plenitud de Cristo. Aunque los santos del Antiguo Testamento vieron a Cristo desde lejos, a través de sombras, ellos bebieron de la plenitud del Verbo; si alguien se convirtió, si alguien creció en santidad, si alguien recibió dones de la gracia, si alguien amó verdaderamente, si alguien perdonó, si alguien disfrutó de la presencia de Dios, si alguien fue sanado, si alguien se gozó en el consuelo celestial; todo eso se debió a que Cristo fue la fuente para ello. Un día, cuando podamos ver las cosas como son, nos daremos cuenta que somos totalmente deudores de Cristo, pues él es todo en todos.
Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. ¿En qué sentido los creyentes toman gracia sobre gracia de Jesús? Esta es una declaración de la abundancia inagotable que sólo puede proceder de Aquel es misericordioso y bondadoso para con su pueblo: Gracia sobre gracia, es decir, Cristo nos da gracia, y luego, da más gracia, y luego, pone más gracia, y luego, derrama más gracia. Esto es lo que significa la palabra griega anti (sobre), poner algo sobre algo sin nunca acabar. Los creyentes nunca dejaremos de recibir la gracia de Cristo. Cuando nos sentimos agotados por nuestros pecados y debilidades, y pensamos que todo está a punto de acabar, Jesús nos sorprende con más abundante gracia para levantarnos de nuestra postración y conducirnos a una vida de abundancia espiritual. Y cuando hemos visto su gracia bendiciéndonos en un aspecto, él nos sorprende con más gracia para suplir otros elementos de nuestra vida, y cuando todavía no hemos salido de esta perplejidad, el Señor nos envía más gracia. ¡Bendito sea nuestro gracioso salvador! “Cuando una gracia ha sido dada, hay otra gracia lista para nosotros en su lugar”[2].
 3. Gloria única en sus recursos.Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (v. 17). Aquí Pablo hace un contraste entre los recursos que trajo Cristo consigo y los que daba la Ley de Moisés. Juan no quiere minimizar la importancia de la Ley ni el trabajo que hizo Moisés en la historia de la redención, pues, “la Ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Ro. 7:12); pero si quiere afirmar que el Evangelio traído por el Verbo es superior en cuanto a los recursos que ofrece, ya que la Ley tuvo un propósito preparatorio para la venida de Cristo, como dice Ryle: “La Ley moral, que él bajó del Monte Sinaí, era santa, justa y buena. Pero no podía justificar. No tenía poder curativo. Podía herir pero no vendar. Podía producir ira (cf. Romanos 4:15). Pronunciaba una maldición contra cualquier obediencia imperfecta. La Ley ceremonial que se le ordenó que impusiera a Israel estaba llena de profundo significado y de instrucción por medio de tipos. Sus ritos y ceremonias la convirtieron en un excelente maestro para guiar a los hombres a Cristo (cf. Gál. 3:24). Pero la ley ceremonial era solo un maestro. No podía conseguir ser guardada a la perfección en cuanto a la conciencia (cf. Heb. 9:9). Colocaba un yugo muy pesado sobre los corazones de los hombres que estos no eran capaces de llevar. Ministraba muerte y condenación (cf. 2 Cor. 3:7-9). La luz que los hombres consiguieron de Moisés y de la Ley era en el mejor de los casos solo luz de estrellas comparada con la luz del día[3].
El Nuevo Testamento presenta al Evangelio como superior a la Ley, en el sentido de que, a través de Jesucristo y su obra perfecta, nosotros recibimos todo lo que necesitamos para ser reconciliados con Dios, mientras que, como dijo San Agustín: “La Ley amenazaba, no ayudaba; ordenaba, no curaba; mostraba, no quitaba nuestra debilidad. Pero fue una preparación para el Médico, quien vendría con la gracia y la verdad”[4].
Pero, dice Juan, lo que la Ley de Moisés no pudo dar de manera plena, Jesús, el Verbo, lo trajo consigo, y de manera abundante. Siendo él el Hijo que estaba en el seno del Padre, entonces él y solo él  podía traer a los hombres la expresión completa de la gracia y la verdad. Ya hemos visto algo sobre el tema de la gracia, pero, respecto a la verdad, Jesús es la encarnación de la misma, porque él es la realidad a la cual apuntaban todas las sombras de los tipos en el Antiguo Testamento. Él es el verdadero tabernáculo, el verdadero altar, el verdadero cordero que quita el pecado, el verdadero Josué, el verdadero sacerdote, el verdadero templo; en fin, él es la verdad porque en él se cumple todo lo anunciado sobre el Mesías por los profetas antiguotestamentarios. Él nos trajo la verdad porque él nos revela al Padre, como veremos en el siguiente punto. Ahora podemos conocer todo lo que Dios quiso revelar de sí mismo, solo a través del Hijo, es por eso que él dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).
Esto no significa que bajo la antigua dispensación marcada por la Ley de Moisés no hubo gracia ni verdad, claro que sí, todos los que fueron salvos lo deben a la gracia perdonadora de Dios, y no a la obediencia de la Ley; también hubo verdad, pues, las sombras tomaban prestado de la verdad que se revelaría en Cristo; las sombras no eran mentira, eran un adelanto difuso de la realidad, “pero toda la gracia de Dios y toda la verdad acerca de la Redención nunca fueron conocidas hasta que Jesús vino al mundo y murió por los pecadores”[5].
4. Gloria única en su revelación. “A Dios nadie le vio jamás; el Unigénito hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (v. 18).
Aunque los hombres quisieran tener una visión de la divinidad, poder mirar algo de él que les permita tener la certeza de que realmente existe, la Biblia es clara en afirmar que a Dios nadie le vio jamás. “Dios es espíritu”, dijo Cristo, por lo tanto, no puede ser visto por el ojo humano. Moisés fue uno de los hombres más cercanos a Dios que ha pisado esta tierra, y pudo haber sido uno de los más capacitados para ver a Dios, pero, en la oportunidad más cercana que tuvo de poder verlo, se le dijo: “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá” (Éx. 33:20). Nunca nadie pudo verlo. Pero el hombre continuaba experimentando la necesidad de mirarlo, de conocer cómo es él. Puede que alguien diga “pero en el Antiguo Testamento se nos dice que Dios se apareció a algunos”, bueno, a esto se debe responder, siempre que en el Antiguo Testamento se da una teofanía (aparición visible de Dios), es una manifestación velada, no del Padre, sino de la Segunda Persona preencarnada.
A través de la creación podemos conocer la revelación general de Dios, como dice Pablo en Romanos “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (1:20); y el salmista afirma “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1). Esta es la revelación general de Dios, y nadie tiene excusas delante de él para afirmar que no lo ha podido ver, pues, se puede ver su poder a través de la creación; y Dios espera que todo aquel que vea lo adore. Pero Dios, que es tan misericordioso, decidió revelarse de una manera personal y cercana al hombre, velando su gloria en un cuerpo de carne, de tal manera que no muramos en el acto.
 “El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre”. Solo Jesús puede ser quien revela de manera suficiente y salvadora al Padre, porque él es el monegenes, es decir, el único Hijo, de su misma esencia; quien tiene la imagen del Padre; precisamente, porque es su hijo, porta su misma esencia.
Jesús, el Verbo, puede manifestar de manera fiel al Padre porque  él y solo él lo ha visto en su gloria y plena majestad. Ni siquiera los ángeles lo han visto así, pues, la gloria del Creador los consumiría. “Él, durante el tiempo de su ministerio terrenal aquí… ha revelado la sabiduría de su Padre, su santidad, compasión, poder, odio al pecado y amor a los pecadores de la mejor manera posible. Ha traído a la clara luz el gran misterio de cómo Dios el Padre puede ser justo y, no obstante, justificar al impío”[6].
Es interesante notar que Juan nos dice que el Verbo ha dado a “conocer” al Padre, es decir, hace una exposición de él, es el que lo interpreta. La palabra griega usada por el autor es la raíz de “exégesis”. La mejor exégesis del Padre nos la da el Hijo, él lo interpreta.  
El Verbo y el Padre han compartido por siempre la misma esencia y la misma gloria; por lo tanto, cuando el Verbo baja a esta tierra y toma la carne por morada, los hombres tienen la oportunidad de ver la gloria de Dios, la gloria moral, la gloria espiritual. Jesús nos revela todo aquello que nuestras mentes pueden recibir y comprender sobre el Padre; no es una revelación completa de Su gloria, mas si, suficiente para nuestra salvación. “En las palabras, hechos, vida y muerte de Cristo aprendemos respecto a Dios el Padre todo lo que nuestras débiles mentes pueden comprender en el presente. Su sabiduría perfecta, su poder supremo, su indecible amor a los pecadores, su incomparable santidad, su odio al pecado nunca podrían haber sido representados ante nuestros ojos de forma más clara que como lo vemos en la vida y muerte de Cristo”[7].
No hay otro intermediario eficaz entre Dios y los hombres sino sólo Jesucristo, porque solo él, siendo Dios, tiene la capacidad de estar frente a frente con el Padre y presentar nuestras oraciones. Él es el unigénito que está en el seno del Padre, es decir, está unido íntimamente a él en todas las cosas. Todo aquel que busque otro camino para llegar a Dios es un ignorante y nada sabe. Ningún santo del Antiguo Testamento, ningún apóstol del Nuevo Testamento, ningún mártir de la iglesia, ni ángeles ni arcángeles, ni la virgen María; nadie puede ver a Dios de la manera como Cristo lo puede hacer; por lo tanto, si necesitamos de alguien que presente nuestras plegarias ante el Padre, acudamos a Cristo y sólo a él.
Aplicaciones:
El hombre siempre ha buscado alguien que sea su norte espiritual, su guía, quien le ofrezca dirección y consuelo en su vida. Es por esa razón que surgen muchos gurús, chamanes, líderes espirituales a los cuales llaman sacerdotes, profetas, apóstoles, entre otros. Estos hombres, por lo general, se aprovechan de esta necesidad espiritual sentida por el género humano, pero es poco lo que pueden ofrecer. Tal vez les dan optimismo, positivismo, entusiasmo; ritos, música y ceremonias acompañadas de fuerte contenido emocional; pero, esto es sólo pasajero, y el alivio que dan es efímero y vacío. Solo Cristo, quien es Dios-hombre, el que murió y resucitó y ahora vive en la presencia del Padre, puede dar el sentido verdadero, trascendental y real a la vida humana. Los verdaderos siervos de Dios, los verdaderos guías espirituales, no llevarán a las personas a poner la mirada en sus vidas o ministerios, sino en Jesús. Los pastores y siervos de la iglesia no tienen otro propósito, no buscan que sus nombres resalten, que la gente ame su ministerio, que los vean por internet, o que compren sus libros; no, si son verdaderos siervos del Señor, propenderán, a tiempo y fuera de tiempo, que sólo se centren en Cristo, el único, el Salvador, el que es superior a todos, y el que antes que todos.
Hemos aprendido sobre la inagotable gracia de Cristo, la cual nos es dada de manera continua, una gracia tras otra gracia. ¿Por qué se necesita una gracia tras otra gracia? Por nuestras variadas situaciones, las cuales requieren diferentes clases de gracia, y todas ellas pueden ser halladas en Cristo. “La gracia de Cristo toma muchas formas. Él nos da fe, nos conforta con paz, nos anima con esperanza, nos alienta con gozo, y nos inspira con amor”[8]. Debemos adorar a nuestro Verbo encarnado y depender totalmente de él porque tiene una gracia especial para cada situación nuestra, como dice William Barclay: “Necesitamos una gracia en los días de prosperidad, y otra en los días de adversidad. Necesitamos una gracia en los días primaverales de la juventud, y otra cuando se empiezan a dilatar las sombras de la edad. La iglesia necesita una gracia en los días de persecución, y otra cuando llegan los días de tolerancia. Necesitamos una gracia cuando nos sentimos en control de la situación, y otra cuando estamos desanimados, deprimidos y casi desesperados. Necesitamos una gracia para soportar nuestras propias cargas, y otra para sobrellevar los unos las cargas de los otros. Necesitamos una gracia cuando estamos seguros de las cosas, y otra cuando nos parece que ya no nos queda nada en el mundo[9]. ¿Confías así en Cristo? Él es todosuficiente para tu necesidad.
Juan nos ha mostrada la grandeza única del Salvador, quien revela al Padre a través de Su persona. Jesús es lo máximo, digno de toda adoración. Nunca nos excederemos en darle gloria a su persona, como dice Ryle “Y Ahora, después de leer este pasaje, ¿podemos honrar en demasía a Cristo? Hagamos desaparecer este indigno pensamiento de nuestras mentes para siempre. Aprendamos a exaltarle más en nuestros corazones y descansemos más confiadamente todo el peso de nuestras almas en sus manos… nadie se equivoca nunca por otorgar demasiada honra a Dios el Hijo. Cristo es el punto de encuentro entre la Trinidad y el alma pecador: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Juan 5:23”[10].



[1] Ryle, J. C. Meditaciones sobre los Evangelios. Juan 1-6. Página 65
[2] Philips, Richard. John. Volume I. Página 65
[3] Ryle, J.C. Meditaciones sobre los Evangelios. Juan 1-6. Página 62
[4] Ryle, J. C. Meditaciones sobre les Evangelios. Juan 1-6. Página 67 (cintando a Agustín de Hipona)
[5] Ryle, J. C. Meditaciones sobre los Evangelios. Juan 1-6. Página 63
[6] Ryle, J. C. Meditaciones sobre los Evangelios. Juan 1-6. Página 68
[7] Ryle, J. C. Meditaciones sobre los evangelios. Juan 1-6. Página 63
[8] Philips, Richard. John. Volume I. Página 65
[9] Barclay, William. Comentario al Nuevo Testamento. Página 386
[10] Ryle, J. C. Meditaciones sobre los Evangelios. Juan 1-6. Página 64