domingo, 11 de marzo de 2018

SE DEBE GUARDAR EL DÍA DE REPOSO



¿SE DEBE GUARDAR EL DÍA DE REPOSO?
PREGUNTA:
Se ha optado por desarrollar un artículo acerca de guardar el día de reposo por el número considerable de preguntas que le han llegado al pastor Julio Benítez acerca de este tema, ¿Se debe guardar el día de reposo? ¿Cómo se debe guardar? Y ¿Por qué no se guarda el sábado sino el domingo?
RESPUESTA:
Respuesta por el hermano Cristian Cárdenas


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El propósito de este artículo no es decir algo nuevo o presentar una nueva perspectiva sobre el día de reposo, la intención de este escrito es brindar aquél acercamiento bíblico e histórico que ha permanecido desde la iglesia primitiva, Padres de la iglesia a través de los siglos, y también los grandes reformadores e iglesias históricas confesionales actuales, quienes preocupadas porque su adoración a Dios sea regulada por la Escritura, comprobaron diligentemente la enseñanza del día de reposo como el día en que Dios quiere que su iglesia se reúna para adorarle. Igualmente se invita al lector a hacer una lectura crítica y examinar con las escrituras lo que se diga en este artículo.
La enseñanza del día de reposo debe ser vista desde dos perspectivas, primero en su sentido protológico[1] (origen y principio del mandamiento), y segundo, en su sentido escatológico (su propósito final). Luego se tocará el tema de la migración histórica del día de reposo al primer día de la semana, y por último la forma de guardarlo.
SENTIDO PROTOLÓGICO: UN MANDATO PRE-CAÍDA
Cuando se hace un estudio de la Cristología protológica, los teólogos buscan entender a la obra de Cristo desde la perspectiva de la creación. El estudio del día de reposo reclama ser estudiado en su sentido protológico, es decir, desde su creación en Génesis 2. Dios “reposó el día séptimo de toda la obra que hizo” (Gn 2:2b), Dios literalmente acabó/finalizó todo lo que había hecho y cesó de todo lo que hizo en la creación (Gn 2:2). La palabra hebrea que se usa en el texto es el verbo shabat שׁבת que significa “cesar”[2], y de este verbo proviene el sustantivo «shabbat» שַׁבָּת de donde viene la palabra “sábado”. El verbo “cesar” deja por fuera toda idea de que Dios estaba cansado, pues Él “no desfallece, ni se fatiga con cansancio” (Is. 40:28). Dios cesó de su obra después de seis días. A. W. Pink habla con respecto a esto diciendo: “si Dios hubiera detenido todo trabajo en aquel primer séptimo día en la historia humana, hubiera significado la destrucción total de toda la creación. La obra providencial de Dios no podía detenerse”[3], desde el primer séptimo día ya no habría creación sino la procreación de los seres vivientes por providencia de Dios, Él sustentando su creación (He. 1:3). Dios enseña con sus mismos actos a que el hombre cese un día a la semana, aquel hombre que fue creado a su imagen y semejanza debía imitar sus mismos actos. Este sería un mandato existente desde los primeros días de la creación, una institución de carácter divino y escatológico.
Dios no solo cesó en el séptimo día, también lo bendijo y lo santificó (Gn 2:3) y la razón que se da no es por ser el séptimo día más especial que los demás, sino porque fue en ese día en el que cesó de su obra creadora. Al Dios bendecir este día está bendiciendo también a aquel que lo guarda, el hombre sería bendecido de una forma especial en aquél día. Además, es interesante notar que Dios estaba santificando un día en el tiempo, ese día era santo sobre todos los demás. El hecho de que Dios haya santificado algo antes de que hubiera impureza por el pecado muestra la solemnidad con la que se debe guardar el día de reposo, Dios elevó este día por encima de los demás, lo cotidiano lo volvió solemne y lo común lo volvió sagrado.
Lo cotidiano lo volvió solemne y lo común lo volvió sagrado
El carácter ontológico del día de reposo muestra que no está fundamentado en la ley mosaica sino en el aspecto protológico en el génesis de la creación. Es por esto que en las tablas de la Ley dadas a Moisés, donde se resume la esencia moral de la ley de Dios, el cuarto mandamiento no es algo nuevo. Al pueblo se le dice “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” (Éx 20:8), pues el pueblo sabía que había un día más santo que los demás, en el que debían de cesar de sus actividades para dedicarlo a cosas santas. Lo confirma el hecho de que aun antes de que Yahvé le haya dado el decálogo a Moisés les ordena recoger Maná el sexto día para guardar el séptimo día como día de reposo (Éx 16:29, 30).
El cuarto mandamiento es especialmente el más extenso de toda la ley moral, el pueblo debe acordarse de este día para santificarlo. Para aquellos que ven el cuarto mandamiento de naturaleza ceremonial o que tuvo su cumplimiento con la venida del Señor, y que por lo tanto ya no se debe guardar, debe quedar claro que el día de reposo es una institución dada en la creación y recordada en el decálogo, y que la ley fue dada por Dios para su perpetuo cumplimiento, no solo nueve mandamientos sino los diez.
Tanto Jesús como los Apóstoles confirman la vigencia de la ley moral. Cristo cumplió toda la ley, él no vino a abrogar la ley sino a cumplirla (Mt 5:16). Él manda a que se cumpla de forma completa la ley moral, no solo algunos mandamientos, sino todos. El Nuevo Testamento es unánime en la vigencia de la ley moral y deja claro que esta no nos justifica delante de Dios. El Apóstol Juan asocia el pecado directamente con la infracción de la ley (1 Jn 3:4), un verdadero cristiano, un hijo de Dios, por su nueva naturaleza es llevado a cumplir la ley, no practica el pecado (1 Jn 3:9). Santiago llama transgresor de la ley a aquel que falla en alguno de estos mandamientos (St 2:11). La vigencia de la ley moral permanece y debe ser cumplida por todo hombre, incluido guardar el día de reposo. La naturaleza ontológica del cuarto mandamiento dado en la creación, aun antes de la caída, exige su perpetuo cumplimiento. No obstante, la ley moral tuvo una aplicación específica durante pacto de la ley mosaica, la aplicación práctica de la Ley mosaica en el pueblo judío estaba acompañada de elementos ceremoniales y tipológicos que prefiguraban la obra de Cristo, y como se verá más adelante la esencia de la ley moral permanece, pero su aplicación despojada ya de todo elemento ceremonial cambia por su correspondiente cumplimiento en la manifestación del Hijo de Dios.
Los judíos con el transcurso de los años interpretaron cómo se debía guardar y practicar el cuarto mandamiento, un ejemplo se puede ver en el Talmud, que es la recopilación de la tradición oral del pueblo judío sobre la Torá (primeros 5 libros de la Biblia). En el Talmud se presentan 39 categorías de actividades prohibidas en el Día de reposo[4].  Contra estas prácticas se enfrenta Jesús en el relato de los evangelios, y es Él quien exalta el día de reposo despojándolo de todas las prácticas impuestas por los judíos a lo largo de los años.

SENTIDO ESCATOLÓGICO: EL DESCANSO EN CRISTO
La segunda parte de este artículo mostrará el mandamiento del día de reposo desde su perspectiva escatológica, el propósito final del mandamiento y su anuncio de la obra de Cristo.
Empezando desde Génesis, se puede notar el hecho de que Moisés al relatar la creación, en los primeros seis días, usa el estribillo “Y fue la tarde y fue la mañana” (Gén 1:8), elemento ausente en el relato del séptimo día, pues ese día bendecido y santificado por el mismo Dios, estaba apuntando a un descanso escatológico, el Señor del día de reposo daría descanso del pecado al hombre caído, y daría un descanso final mayor y eterno en el mismo Señor. Este descanso fue prometido a Moisés en Éxodo 33:14, sin embargo, el pueblo de Israel no entró a ese descanso por su desobediencia, pues este descanso sería dado en Cristo a su iglesia con su muerte y resurrección. En las palabras del mismo Señor Jesús se escucha que: Él es quien hará descansar a los que se acerquen a Él cansados del yugo de la ley (Mt 11:28). En la epístola a los Hebreos se habla de aquél reposo escatológico, el reposo de Dios (Heb 4:10) aquél en el que Cristo entró al morir para traer con su resurrección la redención y el descanso a su pueblo, su iglesia. Dice el Dr. Joel Beeke que “El día de reposo es un signo de la promesa de redención, tanto en su cumplimiento presente como en la consumación que aún está por llegar”[5].  Aquella consumación de ese descanso escatológico es anunciada al apóstol Juan en el apocalipsis, “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Apo 14:13). “Y cuando venga el Señor, sus hijos entrarán en ese reposo, y Dios será todo en todos” (1 Cor 15:28).

DEL SHABBAT AL DOMINGO: NUEVA CREACIÓN Y VERDADERA REDENCIÓN
Muchos, al sustentar el primer día de la semana como el nuevo día de reposo apelan a la tradición histórica de la iglesia sin argumentar bíblicamente el porqué de este cambio, pero la tradición en sí misma no llega a ser convincente si no se analiza el fundamento de la tradición, el porqué de ella. Debe haber claridad doctrinal y un fundamento bíblico del día de reposo.
Con lo presentado anteriormente, acerca del carácter protológico y escatológico del día de reposo, la migración histórica de la celebración del día de reposo se hace mucho más clara. Su carácter protológico está directamente relacionado con la creación, este mandamiento pertenece al principio de todo, una institución tan antigua como el mandato del matrimonio, y tan primicial como la propia creación; su carácter escatológico anuncia un descanso final y eterno en el Señor Jesús. Teniendo en cuenta esto, se puede observar en el Pentateuco que al pueblo de Israel se le dieron dos razones por las que debía guardar el día de reposo: la creación y la redención. La primera se encuentra en Éxodo 20:11, donde se afirma que se debe guardar el día de reposo en razón de que Dios había creado al mundo y había cesado el séptimo día. Y la segunda se encuentra en Deuteronomio 5:15, allí la razón alude a que Dios los había libertado y redimido de la esclavitud con gran poder. El pueblo celebraba estos dos portentosos eventos en el día de reposo, los cuales apuntaban directamente a la obra de Cristo en el nuevo pacto.
El señor Jesús se proclama Señor del día de reposo y lo reclama como suyo (Mt 12:8), y en su muerte y resurrección hace una nueva creación y redención que es la que ahora celebra su pueblo, su iglesia en el día de reposo.
El apóstol Pablo anuncia esta nueva creación en la segunda carta a los Corintios 5:17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”, ahora somos nuevas criaturas en Cristo, libres de la naturaleza pecaminosa. A los Gálatas también habla de aquella nueva creación “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Ga 6:15). Cristo no solo efectuó una nueva creación, sino, también una verdadera, completa y perfecta redención, Él anuncia a los discípulos que se creían libres de esclavitud que “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn 8:36). El Señor traería verdadera libertad del pecado con su sangre, así habla el salmista a Israel diciendo “Y él redimirá a Israel de todos sus pecados” (Sal 130:8). Pablo habla de la obra redentora de Cristo diciendo “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Ef 1:7). De manera factual el Hijo de Dios hizo una nueva creación y redimió a su pueblo una vez y para siempre en su resurrección, el Hijo de Dios trajo reposo a su pueblo en su resurrección, ya no un sábado sino el primer día de la semana.
La esencia moral del mandamiento no cambió, seguía siendo un día después de seis, su pueblo seguía reuniéndose para santificar su día, ahora celebrarían la nueva creación hecha en Cristo, no celebrarían aquella liberación de Egipto, sino aquella a la cual apuntaba esa esclavitud, el cautiverio del pecado. En Génesis 2 se ve a Dios cesar de su obra creadora, de la misma forma, en el Nuevo Testamento se muestra que Jesús cesa de hacer su nueva creación y su obra perfecta de redención el primer día de la semana, el día de su resurrección. Este se convirtió en el nuevo día de reposo para el pueblo del nuevo pacto.
Juan y Lucas en sus evangelios hacen énfasis especial al resaltar el primer día de la semana como el día de la Resurrección de Jesús (Lc 24:1; Jn 20:1), y Jesús espera siete días para aparecerse el siguiente primer día de la semana a sus discípulos (Jn 20:19; Lc 24:13), y Juan hace el énfasis en que a los ocho días cuando los discípulos estaban nuevamente reunidos, Jesús se muestra de nuevo y sopla en ellos al Espíritu santo (Jn 20:24). El libro de los Hechos menciona que los discípulos de Jesús estaban reunidos en el día del Pentecostés (Hch 2:1), este era el primer día de la semana, y el Espíritu de Dios se derramó sobre ellos con gran poder. Luego se muestra cómo los discípulos de Pablo estaban reunidos el primer día de la semana para partir el pan, que es el santo sacramento, y escuchaban la predicación de Pablo (Hch 20:6, 7). En la primera carta a los Corintios se observa cómo Pablo pide que se recoja ofrendas para llevar a Jerusalén el primer día de la semana según lo que cada uno haya prosperado (1 Co. 16:1-2). Así, el primer día de la semana se convirtió para la iglesia primitiva en un día santo, de común reunión por la razón de la resurrección del Señor Jesús. El apóstol Juan confirma la migración del día de reposo llamando al primer día de la semana “El día del Señor” (Ap 1:10).
Esta migración es un suceso que se ve en el Nuevo Testamento después de la muerte del Señor Jesús; sin embargo, algunos creyentes sostienen que el cambio del Shabbat al primer día de la semana se debe a un decreto oficial del emperador Constantino I desde marzo del año 321 d.C. Además, estos mismos creyentes temen guardar el día de reposo el primer día de la semana porque el Imperio Romano celebraba en ese día culto al dios Sol. No obstante es necesario hacer ciertas aclaraciones: los judíos llamaban el primer día de la semana «Yom rishón », יום ראשון que significa, simplemente, “primer día”, y, como se mencionó antes, Juan llama por un nombre sagrado al primer día de la semana «kyriaké heméra», κυριακῇ ἡμέρᾳ, que significa “día del Señor” (Ap 1:10). Si bien es cierto que para el antiguo Imperio Romano el primer día de la semana judía era llamado «Solis dies» en dedicación al dios sol, Constantino I adoptó para su Imperio la celebración cristiana del día de reposo que se celebraba ya desde la era apostólica en el primer día de la semana. Con el tiempo el primer día de la semana del Imperio Romano dejó de llamarse «Solis dies», cambiándose por el nombre que permanece hasta el día de hoy «dominĭcus dies» que significa “día del rey”, el cual es la traducción latina de la frase griega «Kyriaké heméra« que significa “día del Señor”.
Es así como tal creencia en que la migración del día de reposo se debe a la adopción de una tradición pagana, es desmitificada, dado que, como se pudo demostrar antes, desde la iglesia primitiva el día de reposo no se celebraba en el Shabbat sino en el primer día de la semana que llamaban el día del Señor, porque fue el día en que el Señor Jesús resucitó, no porque Constantino lo haya cambiado, al contrario, Constantino reconoció esta práctica de los cristianos y la adoptó como ley para su imperio.
Este cambio ha sido testificado a lo largo de la historia por la iglesia evangélica, histórica y reformada. Para no extender este artículo, se nombrarán los textos históricos y padres de la iglesia que hablaron defendiendo el día del señor como el nuevo día de reposo.
Patrística:
(Carta de Bernabé 15:6-8). 74 DC
Padres Ante-Nicenos Vol. 7, Pág. 423. 90 DC
 Ignacio, Epístola a los Magnesios, Cáp. 9.
Padres ante-nicenos, Vol. 1, Pág. 62-63. 107DC
 La Epístola de Bernabé, 100 DC, Padres Ante-Nicenos, Vol.. 1, Pág. 147.
Primera apología de Justino, Cap. 68.
Apología de Tertuliano, Cap.16, 200DC.
Cipriano (Epístola 58, Sec 4) 250DC.
Época de la reforma
Confesión de Westminster, Confesión de Londres, muchas otras.
Calvino, Institución de la religión cristiana II, VIII. 28-34. Lutero, Richard Baxter, Jonathan Edwards, Johannes G. Vos, y muchos autores más.
Autores reformados más recientes como A. A. Hodge, quien habla sobre este cambio diciendo que este “se efectuó por autoridad de los apóstoles y, por ende, por la autoridad de Cristo”.[6] El testimonio histórico es unánime y firme ante la observancia del día de reposo, ahora, ¿cómo se debe guardar este día?
ALGUNAS APLICACIONES PRÁCTICAS
            El día santo del Señor en el que hoy su pueblo se reúne en común adoración, ya no es una carga como era para los judíos, sino una bendición. Es el día en que el señor trae descanso y regocijo al alma por haberla hecho hacer de nuevo y  por haberla libertado de la esclavitud del pecado, este día solemne, santificado aun antes de la caída, es la esperanza de un reposo venidero y escatológico para el que espera con ansias la venida del Señor. Estas verdades han sido plasmadas por los reformadores en las diferentes confesiones de fe históricas, las cuales preservan hoy las iglesias históricas, reformadas y confesionales. La confesión de fe de Londres de 1689, aborda en su artículo 22 el tema del día de reposo y cómo debe ser guardado, y lo explica mucho mejor de lo que se podría decir en este artículo. No obstante, queremos hacer algunas breves aplicaciones prácticas.
            En algunas situaciones específicas el cristiano se ve obligado a hacer actividades  que no pertenecen a este día, creyentes que se ven obligados a trabajar en el día del Señor por una gran necesidad, o por la necesidad de otros en casos como médicos, policías, transportadores, negocios como droguerías y cualquier otro tipo de trabajo en el que se supla una necesidad humana. El pastor Sergio Ruiz habla de estos casos diciendo que:
 “No vemos el día del Señor como un tirano para el hombre sino como una gran bendición para él, y creemos que en asuntos de necesidad nuestra o del otro ser humano, el hombre puede trabajar en el día del Señor y hacer otras cosas que normalmente no debe hacer”.[7]
            El creyente es responsable de prepararse no solo a él, sino también a su familia para tener su mente y alma dispuesta para guardar el día del Señor con total solemnidad, sabiendo que ese día fue santificado y bendecido por Dios sobre los demás días. En este día el creyente celebra las verdades del evangelio y rinde adoración a su creador y redentor.
Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado. Isaías 58:13-14 (RVR 1960).

           


[1] Del griego protos (primero) y lógos (saber).
[2] Cuando se mencione una palabra en otro idioma se dará la palabra transliterada al español (como se lee), seguido por su forma en el idioma original, y luego su traducción.
[3] A. W. Pink, The holy Sabbath, (Pensacola, Florida: Chapel library, 2007), 6.
[4] Talmud, VII, Mishná, 2.
[5] Joel Beeke, La espiritualidad puritana y reformada: Un estudio teológico y práctico tomado de nuestra herencia puritana y reformada, trans. Juan Sánchez Llamas y Armando Valdez, Primera Edición. (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2008), 94-96.
[6] A. A. Hodge, Del día de reposo al día del señor, en “El día del reposo”, Portavoz de la Gracia, vol. 21 (Pensacola: Chapel Library, 2017), 31.
[7] Dr. Sergio Ruiz, Pastor de la iglesia bautista La gracia de Dios (Medellín – Colombia). Texto tomado de una enseñanza sobre el día de reposo.

viernes, 10 de noviembre de 2017

¿Resucitó Jesús en carne?

Respuesta por el hermano Cristian Cárdenas

¿RESUCITÓ JESÚS EN CARNE?
PREGUNTA:
Pastor ¿cómo está usted? De casualidad no tiene algún enlace de un video que hable sobre que Jesús, cuando resucitó, no tenía huecos en las manos y pies y costado como muchos dicen por malas interpretaciones de Juan 20...


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RESPUESTA:
Estimado hermano,
Cordial saludo y gracias por enviarnos su pregunta.
Muchas cosas se han enseñado a lo largo de la historia sobre el estado de resurrección de Jesús, por lo tanto, este artículo se desarrollará apegándose a la evidencia Escritural y a las interpretaciones de la ortodoxia. La intención de este artículo no es discutir sobre si Cristo resucitó o no, esta es una verdad absoluta del cristianismo (1 Col. 15:14), tampoco se hablará del proceso de resurrección sino del estado de resurrección o también llamado estado de exaltación.
La evidencia escritural muestra el estado de resurrección del Cristo con características especiales, como por ejemplo no fue reconocido por María Magdalena[1] (Jn 20:15), los discípulos de camino a Emaús lo reconocieron sólo hasta el partimiento del pan, el evangelio de Juan muestra el relato de la pesca en la que Jesús se hace visible, sus discípulos vuelven al negocio de la pesca, la escena es semejante a la relatada en Lucas 5 donde la pesca es abundante por el mandato de Jesús, al recordar ellos su llamamiento donde Jesús va a su encuentro, reconocen que el que les ordenó pescar aquella vez es el mismo que ahora les ordena, luego ellos bajan a la orilla a comer con él. Una evidencia más de su estado de resurrección lo relata Lucas, donde Jesús se muestra como humano (Lc 24:39), no una apariencia como muchos erróneamente pretenden enseñar, sino como alguien con piel y huesos, y que también se alimenta.
De acuerdo a estas evidencias se puede notar del estado de resurrección de Jesús que no es el mismo estado de aquellos que fueron resucitados antes que él, como el hijo de la viuda de Sarepta (1 Reyes 17:17-24), la hija de Jairo (Mateo 9:18-26), Lázaro (Juan 11:38-44) y otros ejemplos más en los que la apariencia física es igual, y más importante, siguieron viviendo bajo la naturaleza pecaminosa. Jesús se aparece a los discípulos de manera preternatural[2] (Lc. 24:36), sus más cercanos no lograron reconocerlo, pero aun así es de carne y hueso, Jesús es el epíteto de la resurrección de los cristianos, del estado de glorificación libre de la naturaleza pecaminosa, y es de esta resurrección de la que habla Pablo, por lo tanto la descripción que hace Pablo del cuerpo de los resucitados en 1 Corintios 15 no es la que vivió Lázaro quien tenía que seguir ¡pagando impuesto! y luego volver a morir, lo que describe el apóstol es el estado de resurrección de Cristo y los que seremos resucitados en gloria como él afirma en Filipenses 3:21, donde se describe como un cuerpo glorioso.
Pablo habla del estado de la resurrección en su primera carta a los corintios 15:36-47, y su argumentación inicia poniendo la muerte, destrucción del cuerpo como conditio sine qua non para la resurrección, y continua hablando de unas analogías somáticas, cuerpos celestiales (σώματα ἐπουράνια) y cuerpos terrenales (σώματα ἐπίγεια), cuerpos naturales (σῶμα ψυχικόν) y cuerpos espirituales (σῶμα πνευματικόν) (1 Cor 15:40). Pablo presenta características diferentes para cada cuerpo, la gloria de un cuerpo diferente a la gloria del otro cuerpo, un cuerpo en corrupción es transformado en un cuerpo incorruptible, un cuerpo natural es cambiado a un cuerpo espiritual, cabe aclarar que espiritual no significa inmaterial o etéreo, sino adaptado al espíritu, un instrumento perfecto del espíritu.[3] El soma psijikón (cuerpo natural) es un cuerpo material, físico, natural, que se siembra en corrupción y deshonra, el cuerpo que no heredará el reino de Dios, mientras que el soma pneumatikón (cuerpo espiritual) resucitará en incorrupción, gloria y poder (1 Cor. 42, 43). Por otro lado Pablo habla de que los cristianos seremos transformados (πάντες δὲ ἀλλαγησόμεθα) (1 Cor 15:51), el soma pneumatikón (cuerpo espiritual) será vestido de incorrupción e inmortalidad, hecho para vivir en la eternidad y para siempre. Calvino comenta de esto diciendo que “Realmente no hay en la Escritura artículo de fe más claro y nítido que éste: que resucitaremos con la misma carne que tenemos.”[4] Una carne transformada en un estado de gloria como nuestro señor.
Para concluir, se puede afirmar, sin temor, que la evidencia escritural de que el cuerpo resucitado de nuestro señor Jesús poseía características físicas, las cuales describe Lucas, y también un cuerpo adaptado al espíritu, a la eternidad, con una apariencia restaurada que los discípulos tardaron en reconocer, vestido de inmortalidad (1 Co 15:53), que comió y bebió con sus discípulos (Hch 10:41). La relevancia de esta verdad para el cristiano es que Jesús es la primicia de la resurrección, en él seremos vivificados, seremos transformados en cuerpos incorruptibles, libres del remanente de pecado, con una imagen restaurada. Esta esperanza nos anima a estar firmes y permanecer.
... Sorbida es la muerte en victoria.55 ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?56 ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. 57 Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. 58 Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.
1 Corintios 15:54-58 RV 1960



[2] Charles Hodge, Teología sistemática (Viladecavalls: Clie, 2010) 672.
[3] Luis Berkhof, Teología sistemática (Gran Rapids: T.E.L.L, 1949) 411.
[4] Institución, 3, XXV, 7.

jueves, 7 de septiembre de 2017

CÓMO ES ENGENDRADO ETERNAMENTE EL HIJO

¿CÓMO ES ENGENDRADO ETERNAMENTE EL HIJO?




PREGUNTA:
Tomás dice: Tengo una pregunta que me da pena hacerla porque se supone que no debería tener esa duda.
Siendo que las 3 personas de la Santa Trinidad son co-iguales en todo lo concerniente a la deidad, y que el Hijo existe eternamente junto con el Padre y el Espíritu Santo, ¿cómo es que fue engendrado eternamente del Padre? En otras palabras, no entiendo la doctrina de la generación eterna del Hijo.
Le ruego que con la erudición, profundidad y claridad que caracterizan sus exposiciones, me ilustre sobre esto. Millones de gracias.

RESPUESTA:
Amado hermano Tomás,
Cordial saludo y gracias por enviarnos su pregunta, la cual es muy interesante.
La generación eterna del Hijo hace parte de la doctrina trinitaria, y es necesario decir que puede ser ambicioso querer entender completamente algo que esta fuera de nuestro entendimiento, por eso hablamos lo que la Escritura habla y callamos donde la Escritura calla. No obstante, en la Escritura encontramos los atributos divinos del Hijo que aclaran la filiación con el Padre, y que a su vez nos proveen la forma de entender correctamente esta filiación.
La Escritura afirma que Jesús es antes de todas las cosas y de todo lo creado (Col 1:17), en este sentido se debe entender que la dimensión de tiempo es un elemento también creado, por lo tanto esta generación eterna debe entenderse fuera del tiempo, no como algo que tiene principio y fin, es decir, no como si hubiera empezado a ser engendrado y terminó de engendrarse en algún momento, no,  la generación eterna del Hijo es “Un acto siempre continuo y siempre completo”[1], un acto en la eternidad. Por otro lado, esta generación eterna no fue una división en la esencia del Padre, la herejía arriana afirmaba que al hablar de la generación del Hijo era implícitamente necesaria la separación o división en el Padre, y no hubo división en la divinidad (Santiago 1:17), sino que el Hijo subsiste en el Padre, es decir, sin mutación ni cambio, el Hijo es de la misma esencia eterna del Padre, por lo que Juan no solo afirma que el Hijo estaba con Dios sino que también era Dios (Juan 1:1) y Calvino entiende esto como el Hijo de la misma esencia única del Padre.[2] Tampoco se puede confundir generado con creado, no se puede decir que Dios creó o hizo existir la esencia del Hijo, los arrianos afirmaban que hubo un tiempo en que Jesús no existió, contra esto se debe afirmar que Jesús tiene vida en sí mismo (Juan 5:26), un atributo divino. Al afirmar que Dios creó alguien de su misma esencia se estaría diciendo que la esencia del Padre puede ser creada, y Dios es eterno, y así como nunca hubo un tiempo en el que Dios no existió, tampoco se puede pensar que hubo un tiempo en el que Jesús no existió, el Hijo participa de la misma gloria del Padre antes de que el mundo existiera (Juan 17:5).
La eterna filiación del Hijo con el Padre deja por fuera muchas herejías que se levantaron en los primeros siglos de la iglesia, como el adopcionismo (un ángel adoptado por Dios como Cristo), y el Modalismo (un Dios con tres mascaras). La iglesia de hoy tiene una gran deuda con los defensores de la divinidad de Jesús en los primeros siglos, quienes produjeron credos que hasta el día de hoy permanecen como baluartes de la ortodoxia cristiana. Los Padres de los primeros siglos usaron la palabra consustanciación para afirmar que el Padre y el Hijo eran de la misma substancia, y substancia para ellos era esencia. El credo niceno afirma de Jesús diciendo:

“Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, Engendrado del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, verdadero Dios de Dios verdadero, Engendrado, no hecho, consustancial con el Padre; Por el cual todas las cosas fueron hechas” Credo niceno 325 d.C

También el credo calcedonio reafirma la generación eterna del Hijo diciendo:

“consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado [Hebr. 4, 15]; Engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad” Credo calcedonio 451 d.C

Para concluir se debe reconocer la importancia de la generación eterna del Hijo para la soteriología, puesto que debemos afirmar que fue el Hijo, de la misma esencia del Padre que se encarnó para pagar la deuda por el pecado de aquellos predestinados. Aquel que murió por la iglesia era plenamente Dios y plenamente hombre, que tenía vida en sí mismo y por eso podía darla, aquel merece toda la honra y la gloria y por quien toda rodilla se doblará y confesará su nombre. ¡Amen!

Cristian Cárdenas



[1] Louis Berkhof,, Teología sistemática (Grand Rapids,: T.E.L.L. 1949), 109.
[2] Calv. 1, XIII, 6. 

jueves, 8 de junio de 2017

Juan 1:43-51 La diversidad del llamado del Evangelio: El llamado de Felipe y Natanael

La diversidad del llamado del Evangelio: El llamado de Felipe y Natanael
Juan 1:43-51
Introducción:
La iglesia de Cristo está compuesta por diversidad de personas, de todos los continentes, colores de piel e idiomas. Unos son expresivos, otros introvertidos; unos muy emotivos, otros más estoicos; en fin, Dios llama del mundo a personas con características muy distintas, las cuales son unidas en un solo cuerpo por medio del bautismo del Espíritu Santo en la conversión. La Iglesia no es una masa uniforme de ladrillos, sino, como dice Pedro, un templo vivo constituidos por piedras vivientes y diferentes (. P. 2:5).
Igualmente, se llega a ser discípulo de Cristo o miembro de esta iglesia, a través de diferentes llamados, escenarios u ocasiones. No todos llegamos de la misma manera pero todos somos llamados eficazmente por el Espíritu Santo.
 El apóstol Juan, autor del evangelio, nos mostrará en este pasaje cómo fueron unidos a la iglesia naciente dos nuevos discípulos. Observemos cómo los llamó Cristo: uno estaba totalmente preparado por Dios para sólo escuchar su voz y seguirle, mientras que otro necesitó escuchar la invitación a través de otro discípulo, necesitó superar dudas variadas, necesitó ver el poder omnisciente de Dios y entonces sí, venir a Cristo.
Para una mejor comprensión del pasaje, lo estructuraremos así:
1. El llamado de Felipe: Un corazón preparado para responder instantáneamente (v. 43-44)
2. El Llamado de Natanael: Superando obstáculos (v. 45-51)

1. El llamado de Felipe: Un corazón preparado para responder instantáneamente (v. 43-44).
El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halló a Felipe, y le dijo: sígueme” (v. 43). Jesús, luego de recibir la acreditación de Juan el Bautista, quien anunció públicamente, cuál heraldo de Dios, que el Nazareno era el Mesías enviado por el cielo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y luego de recibir a sus primeros tres discípulos, dos de ellos previamente discípulos del Bautista; ahora iniciará su ministerio itinerante, viajando por todas las provincias de Israel, anunciando el Evangelio, la llegada del Reino y testimoniando esto a través de sus milagros, señales y portentos.
Así que, nos dice Juan que el cuarto día de los siete días iniciales de la predicación del Evangelio, Jesús decidió (quiso, se propuso) partir de Judea a Galilea, la provincia donde él se crió y donde vivía su familia. En Galilea Jesús se la pasaría mucho tiempo, y se convirtió en un lugar de refugio cuando la hostilidad de los judíos en Jerusalén arreciaba.
En esta preparación, o tal vez iniciando el viaje, Jesús se encuentra con Felipe, al cual solamente le dijo: Sígueme, y él lo siguió. Probablemente Felipe, siendo del mismo pueblo de Andrés y Pedro, había escuchado lo que ellos decían sobre Juan el Bautista, de manera que su corazón había sido inquietado respecto a la pronta llegada del Mesías. Lo cierto, es que el Espíritu Santo ya había estado trabajando en el corazón de este humilde pescador, de tal manera, que sólo con escuchar al Mesías decirle “sígueme”, le siguió inmediatamente. En este caso vemos que nadie escucha el evangelio por mera casualidad, sino porque Dios así lo ha propuesto. Jesús nuevamente sale al encuentro del pecador para darle vida y salvación. En él no hay casualidades.
Esto nos muestra, primeramente, la eficacia de la Palabra de Dios cuando al Señor le place llamar a una persona a la conversión y el servicio. Ella tiene el poder divino para convencer al alma, sin el uso de razonamientos, evidencias o justificaciones, sino que, cuando Cristo dice: Ven, sígueme, cree en mí; el Espíritu aplica esta palabra para una efectiva e instantánea conversión. En segundo lugar, esto nos muestra la variedad que Dios usa cuando llama a personas a la conversión. En el caso de Andrés y Juan, medió el mensaje del predicador Juan el Bautista; Simón fue convertido a través del testimonio y la invitación de su hermano Andrés, pero, ahora, es Cristo, de una manera directa, quien lo llama. Lo mismo sucedió con Saulo, quien fue llamado por Jesús, cuando, ni aún estaba interesado en él, antes, se oponía al mensaje cristiano y perseguía a sus seguidores. Pero el poder del Evangelio vino desde el cielo y convirtió a estas almas incrédulas.
Muchos son convertidos directa e inmediatamente por el poder de Dios, sin que medie ningún predicador, sólo el alma siendo tratada por el Espíritu de Dios. Pero la mayoría de los casos de conversión no son así, sino que a Dios le ha placido usar la locura de la predicación, y la responsabilidad de los creyentes en la misión evangelizadora para traer a Cristo a la mayoría de los elegidos.
Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro” (v. 44). Juan, el autor del Evangelio, nos dice que tanto Andrés como Pedro y Felipe eran de Betsaida. Esta información no es sin importancia, pues, Juan nos quiere mostrar la grandeza de la gracia de Dios, la cual saca de lo vil y menospreciado tesoros preciosos para la gloria de Dios, y nos muestra cómo el evangelio puede transformar vidas, incluso de en medio de sociedades entregadas al mal. Jesús lanzó algunos ayes o lamentos sobre esta ciudad a causa de su incredulidad y maldad, a pesar de que él hizo muchos milagros en ella: “!Ay de ti, Corazín!, ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza” (Mt. 11:21). Dios siempre se preserva un remanente en cada lugar.
No importa lo corrompida que esté nuestra sociedad, ni las espesas tinieblas morales que se yerguen dominantes sobre el Estado, la familia y la misma cristiandad; Dios sigue siendo Dios, y Su gracia obrará efectiva y poderosamente en aquellos a quienes él llama por el Evangelio para la conversión. No importa si es una sociedad atea, agnóstica, inmoral, religiosa o idólatra; el llamado de Cristo será escuchado por los que Dios ha elegido.
2. El Llamado de Natanael: Superando obstáculos (v. 45-51)
Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret”. ¿Podemos imaginar el gozo de Felipe al encontrarse con Jesús y ser transformado por su llamado directo y su poder Salvador? Y como es característico de todo discípulo de Cristo, esta alegría no puede ser guardada de manera egoísta, sino que inmediatamente se procede a anunciar a los más cercanos quién es Jesús. Felipe inicia la empresa de buscar a Natanael hasta que lo encuentra y le habla de Cristo, el Mesías. Muy probablemente este Natanael es el Bartolomé que se menciona en los Sinópticos.
Juan dice que Felipe halló a Natanael, es decir, lo buscó. Felipe no se quedó quieto. Dios quiera que este evangelístico y misionero comenzar de la iglesia pueda recuperarse hoy, donde cada persona que iba siendo salvada por Cristo buscaba a otros para compartirles esta gran verdad; pero hoy día se necesitan a 100 para ganar a uno.
La proclamación de Felipe muestra que la mayoría de los judíos tenían cierto conocimiento del Antiguo Testamento, especialmente en lo que concierne al Mesías. Aunque la mayoría no entendió bien la misión del Cristo, ellos sabían que todo el Antiguo Testamento y la Ley están llenos de promesas y anuncios sobre la venida del Redentor, pero no sólo esto, sino que todo el Antiguo Testamento está lleno de símbolos, tipos y figuras que hablan de Cristo. Nadie que no pueda ver a Cristo en todo el Antiguo Testamento sacará provecho espiritual y salvador alguno de su lectura. Conocer el Antiguo Testamento prepara la mente para recibir la Luz del Evangelio, La Ley debe ser predicada antes, para que el Evangelio pueda ser comprendido después. Moisés y los profetas nos conducen a Cristo.
Superando obstáculos para venir a Cristo
Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? (v. 46).
Felipe estaba convencido que Jesús es el Mesías prometido, pero a Natanael, aunque es impactado por el entusiasmo y la veracidad de la fe de Felipe, le queda una duda: ¿Cómo es posible que el Mesías, Jesús, sea de Nazaret, si el Antiguo Testamento había predicho que nacería en Belén de Judá? Debemos preguntarnos ¿Por qué Felipe dijo que Jesús era de Nazaret y no de Belén? Bueno, Felipe, muy probablemente, aún no tenía toda la información sobre el nacimiento y la primera infancia de Cristo; además, a una persona se le adjudicaba su pertenencia a la ciudad o localidad donde había vivido la mayor parte de su vida, y siendo que Jesús vivió mayormente en Nazaret, fue conocido como el Nazareno.
Aunque en un principio algunos nuevos creyentes tengan un conocimiento defectuoso de algunas cosas relacionadas con Cristo, como en el caso de Felipe, Dios puede, y efectivamente usa la presentación débil del Evangelio para la conversión de sus escogidos. El poco conocimiento doctrinal que tengamos de nuestro Salvador no debe ser motivo para obviar el evangelismo, hay personas humildes y escasas en su conocimiento de la doctrina, que son más efectivas predicando el evangelio que aquellos teólogos y eruditos en Biblia.
Ahora, Natanael tiene dudas sobre lo que Felipe declara con tanto entusiasmo, porque la Biblia no decía nada sobre el Mesías siendo de Nazaret. Además “De Nazaret puede salir algo de bueno?”, es decir, ¿De esa zona tan distante del centro de la religión judía, del templo y de Jerusalén; rodeada de tierras habitadas por gentiles, podrá salir el Mesías? Son dudas razonables, las cuales no proceden de un corazón incrédulo y burlón que busca cualquier oportunidad para cuestionar la fe cristiana, o que está escondiéndose en los fundamentos de la lógica para rechazar al Cristo; no, en Natanael hay dudas honestas que le impiden aceptar a Jesús como el Mesías. Cuántas argumentaciones se levantan en nuestra mente, a causa de informaciones erradas que recibidos de Cristo o del Evangelio, las cuales nos llevan a rechazarlo; pero si con sinceridad queremos tener la reconciliación con Dios, el Señor mismo permitirá que, aún en contra de nuestra propia lógica, tengamos un encuentro con Cristo.
Le dijo Felipe: Ven y ve”. La respuesta de Felipe muestra que él ya había estado con Cristo, ya lo conocía y Cristo habitaba en su alma; pues, él no acude a la feroz contienda verbal, lanzando argumentos como misiles, como si fuera posible convencer a un solo hombre de que venga a Cristo por medio de discusiones. Felipe hizo lo que todo creyente debe hacer con aquel que honestamente está interesado en conocer a Cristo pero tiene dudas razonables: invitarlo a que él mismo pruebe al Mesías, a que le dé la oportunidad de demostrarle quién es él: “Le dijo Felipe: Ven y ve”, es decir, “no te quedes con las dudas, ven, conócelo, pruébalo, y una vez hayas hecho esto sabrás si él es o no el Mesías. No tienes nada que perder, pero sí mucho que ganar”. “Ven y ve”, estas dos palabras están escritas, en griego, de tal manera que significan: míralo en el acto, no perdamos tiempo discutiendo de cosas que no puedo explicar, mejor conócelo ya mismo. Sobre este tema Barclay escribió: “No serán muchos los que han sido conducidos a Cristo a base de discusiones. A menudo las discusiones hacen más daño que bien. La única manera de convencer a otro de la supremacía de Cristo es ponerle en contacto con él. En general, es cierto lo que se dice de que no es la predicación razonada ni filosófica la que gana almas para Cristo, sino la presentación de la Persona de Cristo y de la Cruz[1]”. Sabio es aquel que sabe tratar con el escéptico.
Natanael estaba bajo el proceso de Dios. Primero, su hermano Felipe lo busca. Esto es un acto de la misericordia de Dios, pues, Felipe pudo haber buscado a otras personas, más Dios lo llevó a interesarse, inicialmente, sólo por Natanael. Segundo, la predicación de Felipe inquietó su corazón buscador. Habían dudas, sí, pero ya no podría dormir tranquilo hasta que conociera al Salvador. El Espíritu de Dios está obrando en él, de manera que no se puede quedar quieto, sino que acepta la invitación y va a Jesús. Todavía lleva dudas en su corazón, pero Dios, quien es misericordioso, le ayudará a superarlas mostrándole un atisbo de la gloria y la grandeza de Jesús.
Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño” (v. 47). Natanael dudaba de que Jesús fuera el Mesías, porque, según la información que recibió, cuando fue evangelizado, él era de Nazaret, cuando debía ser de Belén de Judá; mas, Cristo no lo condena por esas dudas, antes, amorosamente le demuestra que él es el Mesías, a través del conocimiento que tiene del corazón de cada hombre. En este caso él le dice a Natanael que él es un hombre sin engaño, y que este no era un discurso general que podía ser aplicado a todas las personas, como sueles hacer los falsos profetas o sanadores de nuestro tiempo, se deja ver en que no era común o usual encontrar un israelita sin engaño. Muy probablemente Jesús estaba pensando en el padre de la nación, en Jacob, a quien Dios le cambió el nombre por el de Israel. “Isaac, su padre, se quejó de él, hablando con su propio hijo Esaú: “vino tu hermano con engaño, y tomó tu bendición” (Gén. 27:35). El empleo de engaño a fin de obtener ventajas egoístas caracterizó no sólo al mismo Jacob (Gén. 30:37-43) sino también a sus descendientes (cf. Gén. 34)”[2]. Cualquier Israelita apreciaría tener el atributo de la integridad, pues, el salmista había declarado que el tal era bendito: “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal. 32:2).
Que Natanael era un hombre íntegro se deja ver en la respuesta que él da: “¿De dónde me conoces?”, es decir, ¿cómo sabes eso?, yo no soy una persona importante.  Él no le dice: “Gracias por el cumplido”, sino que desea saber cómo es que él tiene algún conocimiento que le permite dictaminar un juicio sobre su carácter e integridad. “¿Será que Felipe le contó algo?” Nuevamente Natanael está luchando con las dudas, pero Jesús vuelve a ayudarle con su gracia. Él le muestra la omnisciencia que tiene en su calidad Divina: “Respondió Jesús y le dijo: antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera te vi” (v. 48). Natanael no se esperaba esta respuesta. Sentarse debajo de una higuera, en Israel, significaba estar en paz, y especialmente se hacía para meditar y orar. Tradicionalmente el israelita comparaba las bendiciones de Dios con tres árboles o plantas muy comunes en esta zona del mundo: El olivo, el cual simbolizaba la presencia del Espíritu de Dios en medio de su pueblo; la higuera, la cual representaba la producción espiritual que Dios esperaba de Su pueblo; y la vid, símbolo de la unión marital entre Dios y su pueblo, de la cual derivaba la producción de frutos espirituales.
 Probablemente Natanael había estado en oración pidiendo al Padre que enviara pronto al Mesías prometido. Lo cierto es que el ojo penetrante de Jesús se introdujo en el santuario interno de las devociones personales de este varón.
Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (v. 49). Las dudas han sido superadas por el poder y el amor tierno de Jesús, Natanael cae postrado a sus pies y exclama con profunda convicción: ¡Indudablemente éste tiene que ser el Mesías, el Hijo de Dios! Si él tiene tal conocimiento, no sólo de las cosas externas que les suceden a los hombres, sino de sus corazones e intimidades espirituales, necesariamente debe ser el Cristo. “!Aquí hay alguien que comprende mis sueños, un Hombre que conoce mis oraciones! ¡Aquí hay Uno que ha contemplado los anhelos más íntimos y secretos que yo no sé ni expresar con palabras! ¡Aquí hay un hombre que puede traducir los suspiros inarticulados del alma! Este hombre no puede ser más que el Ungido de Dios.[3]” Es por eso que Natanael exclama “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (v. 49). Aunque muy probablemente Natanael no logró comprender todo el significado de esta expresión, así como tampoco Juan el Bautista comprendió de manera plena las revelaciones que recibió sobre el Cordero de Dios, en ese instante, por el poder del Espíritu, él puede ver en Jesús al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador del mundo; y creyó en él. En ese instante fue salvo y unido a la naciente iglesia cristiana.
Ya hemos visto el significado del nombre Hijo de Dios, pero ahora se adiciona otro título para Cristo: Rey de Israel. Esta declaración viene del Salmo 2:6: “Pero yo he puesto mi rey sobre Sión, mi santo monte”, y el pueblo entendía que el Mesías también sería rey, pues, en la entrada triunfal ellos exclamaron: “!Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” (Juan 12:13). Cuando Pilato le preguntó a Jesús si él era rey, respondió: “Tú dices que yo soy Rey. Yo para esto he nacido y he venido al mundo” (Juan 18:37). Y también en Apocalipsis, Juan vio que Cristo tenía estos nombres escritos en sus vestidos y muslo: “Rey de reyes y Señor de señores” (19:16). Natanael, probablemente, estaba mirando a Jesús como ese Rey prometido que restauraría el reino de Israel, pero, más tarde, luego de su resurrección, la teología y la escatología imperfecta del principio, se nutriría con la verdad de que el reinado de Cristo, en esta etapa escatológica, sería de índole espiritual, no sobre el Israel según la carne, sino sobre el Israel espiritual. Jesús es Rey sobre su pueblo y gobierna victorioso sobre los creyentes. Pero a pesar de la deficiencia en el conocimiento escatológico, esto no fue obstáculo para que Natanael fuese salvo, así como las diferencias en la interpretación de esta doctrina no debe ser motivo para descalificar a nadie que ha sido aceptado por Cristo.
Recompensas de la fe en Cristo
En recompensa por esas declaraciones de fe de Natanael, Jesús le hace una promesa: “Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije que te vi debajo de la higuera, tú crees? Cosas mayores que éstas verás” (v. 50). La fe en Jesús es el canal que Dios usa para recibir la salvación. Esta fe, que es don de Dios, produce convicción y atracción cuando se ha visto al Cordero de Dios. No importa si aún no se comprenden todas las cosas, o no se tiene el conocimiento pleno de las doctrinas de la fe cristiana, pero, en el instante en el cual el alma se aferra en fe a Cristo, todas las promesas del Evangelio le son dadas y aseguradas. Por lo tanto, Natanael vería, junto con los demás creyentes, cosas grandes, misteriosas y profundas que no se imaginaban. Las cosas mayores que ellos verían incluyen los milagros de Cristo, pero de manera especial, su resurrección. “Quienes, con corazón sincero, creen en el Evangelio, verán crecer y multiplicarse para ellos las evidencias de su fe”[4].
Esta promesa es segura porque Jesús la confirma con una expresión que será común en el resto del Evangelio de Juan: “De cierto, de cierto os digo”. Esta expresión, “Amén, Amén os digo”, es una manera judía, en arameo, de confirmar algo que se dice, de anunciar que es totalmente verdadero, que debe ser escuchado con mucha atención. Repetir algo dos veces era una forma de enfatizar alguna frase o declaración. La palabra Amén significaba verdadero, fiel, cierto; denotaba una aseveración solemne, casi un juramento. De esta voz proceden palabras como: arquitecto, fe, fiel, columna, verdad.
Jesús, siendo Dios, tiene la perfección o el atributo de la verdad y la fidelidad; cuando él usa el Amén, Amén también está denotando la autoridad que tienen sus palabras, es decir, todos deben escuchar sus palabras porque contienen vida para el ser humano. Esa es la razón por la cual en Apocalipsis Cristo mismo dice de sí: “Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero” (3:14). Sus palabras son fieles y verdaderas, pero a pesar de esto, en algunas ocasiones él enfatizó la seguridad de sus promesas y palabras diciendo “Amén, Amén”, pues, “Todas las promesas de Dios son en él Si, y en él Amén, por  medio de nosotros para la gloria de Dios” (2 Cor. 1:20). Los judíos, así como nosotros, solían usar el Amén al final de las oraciones, pero Cristo las usa al principio, denotando que él es el verdadero Amén. Que el evangelio es la verdad autoritativa para la salvación del hombre caído en miseria a causa del pecado.
De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre” (v. 51). Estas cosas grandes que ellos verán, no solo Natanael (os digo, plural), se relacionan con el cumplimiento de las promesas Antiguotestamentarias, es decir, la llegada gloriosa del Mesías y su obra perfecta, tipificada, de manera especial, por la escalera de Jacob, esa escalera que él vio en un sueño, mientras dormía recostado sobre una piedra, huyendo de su hermano Esaú. En esa oportunidad él vio que los ángeles de Dios descendían a la tierra y ascendían al cielo a través de la escalera. Al final del sueño Dios le hace una promesa: “Y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente”, es decir, Cristo es la escalera que une al cielo con la tierra, y en él, serán benditas todas las familias de la tierra. Personas de todas las naciones y lenguas podrán tener comunión con el cielo a través de la escalera de Jacob: Cristo, el Salvador. Jesús es “el lazo de unión entre Dios y el hombre, Aquel que por medio de su sacrificio reconcilia a Dios con el hombre”[5]. Es por Jesús, y sólo a través de él, que las almas pueden escalar el camino que lleva al cielo.
Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios que suben y bajan sobre el Hijo del Hombre”. El cielo se abrió cuando Jesús fue bautizado (Mt. 3:16), el cielo se abrió para recibirlo en gloria luego de su resurrección, la voz de Dios habló desde el cielo hasta la tierra en varias ocasiones para testificar que Jesús es Su Hijo amado,  los ángeles estuvieron presentes en el nacimiento de Cristo, cuando fue tentado, en el sepulcro y en la resurrección. En Jesús se conectó el cielo con la tierra. Cuando él estuvo en esta tierra hubo mucha actividad angélica, mostrando así que él es el Señor de los cielos, el Señor de los ángeles, el Señor de la tierra y el Señor de la unión entre el cielo y la tierra. Un día los creyentes viviremos para siempre en la presencia de Jesús quien, de manera definitiva, unirá al cielo y la tierra, formando así la morada eterna para los creyentes.
Adicionalmente, Jesús se asigna otro título: Hijo del Hombre, es decir, en él se encuentran Dios y el hombre. Él representa de manera perfecta a la raza humana, él es el verdadero hombre conforme vino de la mano de Dios. En los cielos, hoy día, intercede por los creyentes el Hijo de Dios (Dios de Dios), quien también es Hijo del hombre (verdadero hombre). Este Hijo del hombre reina hoy en los cielos y un día vendrá en gloria para reinar sobre todo el mundo e introducirnos al estado eterno de gloria. Amén.
Aplicaciones:
Amigos, ¿cuáles son sus obstáculos para venir a Cristo? No te quedes con ellos, Cristo es la Verdad y la Vida, ven, míralo, pruébalo; y no saldrás decepcionado. Así no entiendas todo, ven a él y él te dará lo que tu alma necesita.



[1] Barclay, William. Comentario al Nuevo Testamento. Página 390
[2] Hendriksen, William. Página 106
[3] Barclay, William. Comentario al Nuevo Testamento. Página 391
[4] Henry, Matthew. Comentario Bíblico (1 solo tomo). Página 1358
[5] Hendriksen, William. Juan. Página 107