sábado, 25 de junio de 2022

Salmo 63

 

Salmo 63

La oración de un sediento por la presencia de Dios

Este sermón fue predicado por el hermano Julio C. Benítez, quien es uno de los pastores de la Iglesia Bautista Reformada la Gracia de Dios en Medellín, Colombia. Usted puede compartir este sermón con otros a través de medios digitales e impresos, siempre y cuando no sea para la venta, siempre reconociendo y dando los créditos respectivos a su autor.

David, el dulce cantor de Israel, compuso sus salmos no para satisfacción de un público que estaba expectante por su más reciente composición musical, sino que fueron el resultado de las muchas vivencias difíciles que tuvo que enfrentar, especialmente a causa de las crueles persecuciones de Saúl o de su hijo Absalón.

David, al igual que el Señor Jesús, usaba el contexto geográfico o cultural en el que se encontraba, para relacionarlo con las necesidades más profundas del alma.

En este caso, David relaciona la aridez del desierto, su resequedad y falta de vida o de alimentos con la aridez y resequedad de una vida alejada del santuario o del lugar de culto congregacional.

David, al igual que los santos en la Biblia, así como José, el padre putativo del Señor Jesucristo, acostumbró a su alma a frecuentar las grandes fiestas solemnes de Israel, a visitar a la ciudad que representaba la presencia de Dios: Jerusalén; y adorar al Señor con la multitud de creyentes.

Definitivamente David no era un creyente solitario que adoraba al Señor individualistamente, sino que sus más grandes aflicciones al tener que huir de Jerusalén se relacionaban con el hecho de estar alejado del lugar de culto y de la congregación de adoradores.

Aprendamos con David a desarrollar la más viva devoción y fervor por la presencia gloriosa de Dios en medio de la liturgia congregacional.

1. Anhelo ferviente por la presencia de Dios (v. 1-4)

2. Consecuencias del disfrute de la presencia de Dios (v. 5-8)

3. Castigo sobre los que no disfrutan de la presencia de Dios (v. 9-11)

1. Anhelo ferviente por la presencia de Dios (v. 1-4)

“Salmo de David, cuando estaba en el desierto de Judá. Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos”.

La ocasión del salmo fue cuando David tuvo que esconderse en los áridos desiertos de Judá, huyendo de su hijo Absalón. “Mirad, yo me detendré en los vados del desierto, hasta que venga respuesta de vosotros que me dé aviso” (2 Sam. 15:28).

Aunque David, así como todo creyente, puede adorar a Dios sin importar el lugar donde se encuentra, no es lo mismo que cuando le adoramos congregacionalmente. Dios ha prometido allí enviar bendición y vida eterna de una forma única.

Por lo tanto, David anhela a Dios expresándolo de varias maneras:

Primero, mediante una fe viva y activa, pues, él llama a Dios, su Dios. Cuando usamos la expresión, ¡Oh Dios! debemos hacerlo con la plena conciencia de que estamos en Su presencia, que él nos escucha, que él es real. Que Dios es nuestro y nosotros de Él.

Segundo, mediante afectos piadosos y devotos. Pues, si Dios es su Dios, entonces, resuelve buscarlo de madrugada, temprano en su vida, y temprano todos los días. Dios será su primera búsqueda; Dios, Su Palabra y la oración serán su primera conversación.

Adorar a Dios en la madrugada, cuando el alba despunta, hablar con él y escuchar Su Palabra, es un gozo indescriptible que reconforta el alma.

Tercero, llevando a su alma al desespero por la presencia de Dios. Así como los seres vivos se desesperan en el desierto por encontrar un bocado de pasto o un poco de agua fresca, David estimula a su alma a experimentar la más profunda necesidad de disfrutar el alimento y la bebida espiritual que solo Dios puede proveer.

Cuarto, deseando ver la gloria y el poder de Dios, a pesar de estar en un desierto. En el santuario, en el sitio de culto, David se deleitaba contemplando la gloria de Dios, ya sea a través de la comunión íntima con Dios, de los cantos congregacionales, de los sacrificios de los animales que apuntaban al magno sacrificio de Cristo, del vestuario de los sacerdotes, entre otros.

Quinto, David resuelve bendecir a su Dios personal durante el resto de su vida, pues, Su amor misericordioso supera con creces la vida terrena, y si ella falta, su misericordia jamás dejará de ser.

Él levantará sus manos en el nombre del Señor, hacia su Santuario, el cual representaba su presencia en medio de Israel; así como ahora los creyentes oramos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, quien Reina glorioso sobre la iglesia, derramando las inagotables bendiciones espirituales que son mejores que la vida para todos los que forman parte de su iglesia.

Los creyentes “tenemos mejores provisiones y posesiones que las que la riqueza de este mundo nos puede proporcionar; y en el servicio de Dios y en comunión con Él, tenemos mejores ocupaciones y goces que los que podemos tener en los negocios y conversaciones de este mundo”[1].

2. Razones para el disfrute de la presencia de Dios (v. 5-8)

“Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca, cuando me acuerde de ti en mi lecho, cuando medite de ti en las vigilias de la noche. Porque has sido mi socorro, y así en las sombras de tus alas me regocijaré. Está mi alma apegada a ti; tu diestra me ha sostenido”.

En estos pasajes David le predica a su alma llevándola a recordar las inmensas bendiciones que conlleva el disfrute de la presencia de Dios.

Primero, esta comunión sacia el alma, pero no con mero pan o alimentos básicos, sino con lo más escogido y delicioso: como de meollo y grosura, la parte más deliciosa de la carne. “La comunión con Dios sacia al alma devota, pues dentro del alma devota hay algo que solo se sacia en la comunión con Dios”[2].

Segundo, la verdadera comunión del alma con Dios se evidencia en el canto constante que brota del corazón a través de los labios del adorador. Cantar sin comunión con Dios es posible, y es una marca de la hipocresía espiritual; pero cantar como fruto de labios regenerados y santificados es la verdadera adoración que agrada al Rey de los siglos.

Tercero, el remedio para los tiempos desérticos, cuando estamos obligados a estar lejos de la comunión con los santos, de participar del culto de adoración congregacional, y somos privados de participar de la Cena del Señor, es llenar los pensamientos, día y noche, con las cosas santas, con la Palabra y la oración. Recordar las predicaciones y las enseñanzas recibidas. Cuando el sueño se va, y el insomnio nos atormenta, el mejor remedio es meditar en Dios y en su Palabra. “Una hora de piadosa meditación puede, a veces, hacernos más bien que una hora de sueño”[3].

Cuarto, meditar en el Señor y mantener la comunión íntima con él nos llena de seguridad y tranquilidad, aunque estemos bajo una fiera persecución. Él es nuestro socorro y nos ofrece seguridad en medio de la tormenta, así como los polluelos hallan su mayor tranquilidad y gozo bajo las alas de sus madres.

Quinto, esta comunión íntima y constante con el Señor es tan fuerte que el salmista experimenta una unión mística férrea e inseparable de su Señor, así como un niño pequeño se aferra con sus brazos al cuello de su padre; pues, Dios lo ha sostenido. Él sabe que todo lo bueno procede del Padre de las luces, y disfruta de Su Santa compañía.

3. Castigo sobre los que no disfrutan de la presencia de Dios (v. 9-11)

“Pero los que para destrucción buscaron mi alma caerán en los sitios bajos de la tierra. Los destruirán a filo de espada; serán porción de los chacales. Pero el rey se alegrará en Dios; será alabado cualquiera que jura por él; porque la boca de los que hablan mentira será cerrada”.

En esta sección David presenta las consecuencias funestas que recibirán los que no se deleitan en la comunión íntima con el Señor, lo cual se evidencia en que ellos odian y aborrecen a los santos.

Primero, caerán en los sitios bajos de la tierra, es decir, bajarían a la tumba, al sitio de la muerte, en todos los sentidos: físico, moral y espiritual. Ellos serían olvidados y aborrecidos como seres malvados que se deleitaban en hacer el mal al pueblo del Señor.

Segundo, sufrirán una gran destrucción. Ellos afilaban sus lenguas para dañar a los santos, pero otros estaban afilando sus espadas para destruirlos. Al malo lo destruye su propia maldad.

Tercero, concluye haciendo un contraste final entre los que tienen comunión íntima con el Señor y los que no: Los que son leales al señorío de Cristo se gozarán cuando el rey (aquí representado por David) ocupe su trono para siempre, habiendo vencido a los malos y destronado la maldad.

David no había podido reinar plenamente a causa de los enemigos, pero ahora serían vencidos por el poder de lo Alto, y entonces ocuparía el trono de Israel garantizando un largo tiempo de paz y prosperidad para los hijos del pacto.

Y todos aquellos que juran por el nombre del Señor, es decir, que son fieles vasallos del reino espiritual, se gozarán con el reinado del Rey eterno.

Por el contrario, los que hablan mentiras, los enemigos de la verdad, los adversarios del reino eterno serán callados para siempre.

Conclusiones:

- Igual que David, Jesús, el verdadero y eterno Rey de Israel, pasó por varios desiertos en su vida. Satanás lo tentó en el desierto, en ocasiones tuvo que escapar del asedio de la multitud a lugares solitarios, ya sea porque lo querían matar o porque lo querían convertir en un rey terreno con glorias y objetivos terrenos. En Getsemaní fue abandonado por sus discípulos. Pero en todos esos desiertos avivaba su esperanza y su gozo cultivando la comunión con el Padre, y mirando la gran recompensa que obtendría de sus sacrificios: una multitud incontable de creyentes con los cuales se gozaría por siempre adorando al Padre de toda gracia.

- Los creyentes solemos atravesar muchos desiertos en nuestra vida. Ya sea por providencias especiales que nos confinan en una cama, en un hospital, o que nos llevan a lugares lejanos donde no podemos congregarnos con los santos. Por lo tanto, aprendamos de David a mantener el fervor espiritual anhelando la comunión congregacional con Dios.

 



[1] Henry, Matthew. Comentario Bíblico. Página 599

[2] Henry, Matthew. Comentario Bíblico. Página 599

[3] Henry, Matthew. Comentario Bíblico. Página 599

Salmo 59

 

Salmo 59

Oración imprecatoria frente al enemigo cruel

Este sermón fue predicado por el hermano Julio C. Benítez, quien es uno de los pastores de la Iglesia Bautista Reformada la Gracia de Dios en Medellín, Colombia. Usted puede compartir este sermón con otros a través de medios digitales e impresos, siempre y cuando no sea para la venta, siempre reconociendo y dando los créditos respectivos a su autor.

1 Samuel capítulo 19 narra cómo el rey Saúl se ensañó despiadadamente contra el fiel servidor David.

A pesar de que el salmista sirvió con integridad de corazón a Saúl, éste procuró su muerte debido a que Dios lo estaba bendiciendo dándole gracia delante del pueblo de Israel.

Saúl obró contrario al espíritu creyente del humilde Juan el Bautista, quien, cuando le dijeron que el pueblo se iba detrás de Jesús, a quién el mismo presentó dándole las credenciales mesiánicas delante del pueblo, no sintió envidia, sino que dijo con sinceridad de corazón: “No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo… Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Jn. 3:27, 30).

David, siendo uno de los principales tipos de Cristo, soportó con paciencia la mala actitud de Saúl, le perdonó la vida cuando la Providencia lo puso en una situación ventajosa sobre el malvado rey, lo sirvió con integridad aunque procuraba su muerte, y nuca aceptó que se ofendiera al ungido del Señor.

Por lo tanto, cuando leemos estos salmos que contienen algunas oraciones imprecatorias, no debemos interpretarlos como las peticiones reaccionarias de un hombre ofendido en su orgullo que desea la muerte de aquellos que le hacen mal, pues, si leemos bien los libros históricos nos daremos cuenta que David era un hombre humilde, de corazón perfecto, lleno de misericordia; verdaderamente un tipo de Cristo.

Más bien, estas oraciones, eran sombras de lo que luego Cristo padecería de parte de Satanás y de todos sus aliados, del sistema mundano anticristiano, y del sufrimiento que tendría que soportar su iglesia en medio de un mundo malvado que odia a los santos y a lo santo.

Pero, algo que siempre estamos resaltando en el estudio de estas oraciones, es ver cómo el salmista, a pesar de que la situación adversa no se ha superado, como resultado de presentar ante Dios su petición y su lamento, incrementa su confianza y tranquilidad, sabiendo que el que reina en los cielos actuará en su tiempo y a su manera.

David no tomará venganza con sus manos, sino que esperará en la justicia divina.

Hoy estaremos viendo cómo la oración nos lleva a creer con confianza que Dios transformará nuestra situación de lamento y turbación en momentos de gloria y triunfo, al confiar en Él.

1. Una súplica frente al enemigo cruel (v. 1-7)

La introducción del primer versículo nos dice que la ocasión de esta oración fue cuando Saúl ordenó que ingresaran a la casa de David para matarlo, a pesar de que en dicha casa vivía la hija de Saúl, esposa de David. “Saúl envió luego mensajeros a casa de David para que lo vigilasen, y lo matasen a la mañana. Mas Mical su mujer avisó a David, diciendo: Si no salvas tu vida esta noche, mañana serás muerto. Y descolgó Mical a David por una ventana; y él se fue y huyó, y escapó” (1 Sam. 19:11-12).

En su ruego David vuelve a pedir a Dios que sea librado de todos sus enemigos, los cuales son inicuos y sanguinarios; poderosos e injustos; pues, se levantaron contra David a pesar de que él solo les había hecho el bien.

Aprendamos aquí dos lecciones: Primero, David era un creyente recto, el cual no aceptó que se hablara mal de Saúl ni andaba por allí hablando cosas contra el rey. Sino que sus quejas las presentaba ante Dios. “Y dijo David a Saúl: ¿Por qué oyes las palabras de los que dicen: Mira que David procura tu mal? He aquí han visto hoy tus ojos cómo Jehová te ha puesto hoy en mis manos en la cueva; y me dijeron que te matase, pero te perdoné, porque dije: No extenderé mi mano contra mi Señor; porque es el ungido de Jehová. Y mira, padre mío, mira la orilla de tu manto en mi mano; porque yo corté la orilla de tu manto, y no te maté. Conoce, pues, y ve que no hay mal ni traición en mi mano; ni he pecado contra ti; sin embargo tú andas a caza de mi vida para quitármela. Juzgue Jehová entre tú y yo, y véngueme de ti Jehová; pero mi mano no será contra ti. Como dice el proverbio de los antiguos: De los impíos saldrá la impiedad; así que mi mano no será contra ti” (1 Sam. 24:9-13)

Tengamos cuidado de estar levantando nuestras murmuraciones contra otros hijos de Dios, así nos hayan hecho el mal. No hablemos de esto con otras personas, sino que llevemos el caso ante Dios.

Segundo, que si sufrimos a través de las ofensas de otros, que estas sean injustas, y no porque nosotros hemos pecado y hemos actuado incorrectamente. Pues, David fue un bienaventurado como dijo Cristo: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros” (Mt. 5:11-12). “Así que, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello” (1 P. 4:15-16).

Frente a estas injusticias el santo pide que Dios salga a su encuentro y mire (v. 4). Que Dios se acuerde de su santo y mire, por un lado, la aflicción en que se encuentra, y por el otro, las injusticias de los malvados.

Pero, que las oraciones imprecatorias de David eran más que un deseo de que Dios castigara a los malos que lo perseguían, se deja ver cuando él clama: Y tú, Jehová Dios de los ejércitos, Dios de Israel, despierta para castigar a todas las naciones; no tengas misericordia de todos los que se rebelan con iniquidad. Selah” (v. 5).

David conoce bien a Dios, y conoce los planes divinos para con los impenitentes. Los no arrepentidos, los cuales se gozan en hacer el mal, ya están bajo condenación, la ira de Dios está sobre ellos, y un día no muy lejano serán condenados eternamente por su maldad.

Por eso Jesús dijo: “Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven, sean cegados. Entonces algunos de los fariseos que estaban con él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendrías pecado; mas ahora, porque decís; Vemos, vuestro pecado permanece” (Juan 9:39-41).

Las naciones, los pueblos, las tribus, los gobernantes, los que hacen las leyes y los que las aplican; todos los que usan su poder para irse contra Dios y su Palabra, todos recibirán el justo juicio divino, nadie escapará, al menos que procedan al arrepentimiento, pues, Pablo nos enseñó cuál es el camino para escapar del futuro juicio sobre las naciones: “Y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1 Tes. 1:10).

2. Una esperanza frente al enemigo cruel (v. 8-15)

Cuando el salmista afirma, con esperanza, que Dios se reirá de los malos, de los incrédulos, de las naciones vendidas al mal; está mirando, con perspectiva escatológica, el Día del Señor, el gran día cuando Dios derramará toda su ira santa sobre los incrédulos, los juzgará y los destruirá para siempre condenándolos al infierno.

Aunque los creyentes oramos por la conversión de los impenitentes, y pedimos al Dios de gracia que los redima; esas oraciones serán usadas por el Señor para condenar con más fuerza a los que nunca procedieron al arrepentimiento. En realidad, nuestras oraciones más misericordiosas están, implícitamente, inundadas de peticiones imprecatorias.

Cuando oramos por la conversión del impío, si este no se arrepiente, esa oración será imprecatoria el día final.

Por lo tanto, solo con orar a Dios, el justo sabe que recibirá su misericordia, no su ira. Para los malos Dios es Dios de ira, pero para los justos es Dios de mi misericordia, es Dios de fuerza y protección.

En el verso 11 el salmista reconoce que Dios castiga a los malos, no sólo en el día final del juicio divino, sino ahora, en este tiempo. Por eso pide que no los mate, sino que los disperse, que los confunda y se dividan entre ellos, para que los justos nunca se vean tentados a hacer el mal al ver cómo Dios obró con los malos. Así como Dios con Caín, a quien no mató luego de su crimen, sino que lo condenó a andar errante por el mundo, con el signo de su maldad en la frente.

Igualmente, Dios no destruye inmediatamente a aquellos que se especializan en el mal, sino que los deja como testimonios de la oscura profundidad de la maldad humana y de la miseria a que ella conlleva.

En el verso 13 el clamor es más intenso: acábalos con furor, acábalos. Su propia maldad será usada como fuente de tormento en esta vida, y su poder será quitado, pues, Dios gobierna sobre todos, aunque no actúa castigándolos de inmediato.

Esa es la esperanza del creyente frente a los gobiernos perversos que aprueban la muerte y el asesinato como un derecho, que promueven ideologías perversas y contrarias a toda razón lógica por encima de los principios bíblicos. Dios los acabará, aunque eso no sea ahora mismo.

¿Puede un creyente orar pidiendo que Dios castigue así a los malos? Vivimos en un siglo humanista que exalta al supuesto hombre noble; pero, esto es desconocer la total depravación humana y la responsabilidad que tenemos los creyentes como sal de la tierra.

Las Escrituras exhortan al creyente, diciendo: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues, haciendo esto, ascua de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Ro. 19-21).

Esto fue lo que hizo David. Dejó el asunto de sus enemigos en manos de Dios. Él los amó y les hizo el bien, no se vengó de ellos, sino que, como luego hizo Jesucristo “quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 P. 2:23).

David representaba al rey que regresaría a Israel al verdadero culto y obediencia a Dios, Saúl representaba la cananización de Israel, la mundanalidad del pueblo santo. Los enemigos de David eran los enemigos del reino de Dios. En este caso es lícito orar para que Dios destruya a los enemigos de su reino; pero, aunque oremos así, debemos mostrarles el amor cristiano, y jamás, jamás, vengarnos por nosotros mismos.

3. Una alabanza al Dios de misericordia frente al odio del enemigo cruel (v. 16-17)

David logró escapar del asedio de Saúl. Su esposa, la hija de Saúl, lo ayudó a escapar por una ventana. Una vez más él vio cómo Dios lo libraba del cruel enemigo, usando, incluso, a sus propios hijos o allegados.

La persecución no había terminado, pero él sabía que Dios cumpliría su propósito en él. Por eso concluye su súplica con un canto de alabanzas.

La alabanza en medio de la oración suplicante es la voz de la fe que ve con convicción las cosas que aún no se pueden ver con los ojos físicos.

David alaba en Dios su poder para salvar, su misericordia para librar, su amparo para proteger, su refugio para guardar, su fortaleza para soportar la aflicción.

Aplicaciones:

Los creyentes debemos ser más aguerridos y osados en nuestras oraciones. No es pecado ni atrevimiento pedirle al Señor que despierte y mire la situación de la iglesia frente a este mundo hostil, o pedirle que despierte para castigar a los enemigos de todo lo bueno, o que disperse y abata a los que pervierten el derecho, o que acabe en su furor con aquellos que promueven las ideologías malvadas que socaban los fundamentos de la sociedad.

No promoveremos la venganza ni procuraremos hacer mal a nadie, antes, les haremos el bien, amándolos; pero somos responsables como administradores de esta tierra de que en ella no se delinca más, de que no se derrame sangre inocente, de que no se abuse del pobre, de que no se impida la predicación del Evangelio, de que a la iglesia no se le impida adorar con libertad.

Por eso, aprendamos a usar las oraciones imprecatorias o vindicativas en su justo lugar y en un correcto espíritu cristiano.

Aunque debemos orar por la conversión de los impenitentes, el Nuevo Testamento también nos enseña a orar pidiendo que Dios se vengue de los malvados: “Sea hecha desierta su habitación, y no haya quien more en ella” (Hch. 1:20); “Sea vuelto su convite en trampa y en red, en tropezadero y en retribución; sean oscurecidos sus ojos para que no vean, y agóbiales la espalda para siempre” (Ro. 11:9-10); “El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene” (1 Cor. 16:22). “Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos” (2 Tim. 4:14).

 

Salmo 57

Salmo 57

Plegaria del santo en su escondite

Este sermón fue predicado por el hermano Julio C. Benítez, quien es uno de los pastores de la Iglesia Bautista Reformada la Gracia de Dios en Medellín, Colombia. Usted puede compartir este sermón con otros a través de medios digitales e impresos, siempre y cuando no sea para la venta, siempre reconociendo y dando los créditos respectivos a su autor.

Los santos en muchas ocasiones deben huir o esconderse, ya sea ante la persecución, ante la hostilidad de enemigos o el asedio del pecado. Ellos confían en Dios, pero el ataque es tan cruel y dañino que lo más sabio es meterse en una “cueva” hasta que la tormenta haya menguado.

Pero, ¿qué hace el creyente cuando está escondido en la “cueva”? ¿Lamentarse por la situación? ¿Hundirse en la depresión? ¿Cuestionar la soberanía y el poder de Dios?

En el Salmo 57 encontramos la respuesta a todas estas inquietudes, y aprendemos a responder cristianamente a cualquier aflicción. Delante de David “estaban dos realidades constantes: el Dios de gracia y el enemigo formidable. El salmo oscila entre los dos, pero la fe en el primero es más grande que el temor del segundo, e inclina la balanza en esa dirección”[1].

Además, miraremos cómo el Señor Jesús respondió ante los ataques agresivos, y de qué manera él se encondió en la “cueva”, buscando siempre que todo redundara en la redención de Su pueblo y que fuera para la gloria de Dios.

El salmo consta de tres partes claramente demarcadas:

1. Un escondite temporal (v. -1)

2. Una súplica de confianza (v. 1-6)

3. Una alabanza de gratitud (v. 7-11)

1. Un escondite temporal (v. -1)

“Al músico principal; sobre No destruyas. Mictam de David, cuando huyó de delante de Saúl a la cueva”).

La ocasión para escribir este salmo es la cruel persecución de Saúl contra David, la cual arreció tanto que el futuro rey de Israel tuvo que esconderse en cuevas con el fin de salvar su vida. David huyó en una ocasión a la cueva de Adulam y en otra ocasión a la de En-gadi.

“Yéndose luego de allí, huyó a la cueva de Adulam; y cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, vinieron allí a él” (1 Sam. 22:1).

“Cuando Saúl volvió de perseguir a los filisteos, le dieron aviso, diciendo: He aquí David está en el desierto de En-gadi. Y tomando Saúl tres mil hombres escogidos de todo Israel, fue en busca de David y de sus hombres, por las cumbres de los peñascos de las cabras monteses. Y cuando llegó a un redil de ovejas, donde había una cueva, entró Saúl en ella para cubrir sus pies; y David y sus hombres estaban sentados en los rincones de la cueva” (1 Sam. 24:1-3).

2. Una súplica de confianza (v. 1-6)

Primero observemos que el salmista, como es costumbre de los santos en la Biblia, acude a la misericordia de Dios, acude al monte de la oración con profunda humildad, sin arrogancia, sin darle órdenes al Señor: “Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí” (v. 1ª).

El hecho de repetir esta solicitud muestra la profunda angustia del salmista en su escondite, y la confianza que tiene en el cuidado Divino, a pesar de que Dios no ha quitado aún la fuente de esa adversidad: la maldad de Saúl.

Segundo, el salmista tiene una base segura para esperar en la misericordia divina: Porque en ti ha confiado mi alma, y en las sombras de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos” (v. 1b).

David espera en la misericordia porque ha confiado en la benignidad del Señor, él es bueno para con sus hijos, y no importa la circunstancia externa, el santo sabe refugiarse, a través de la oración, en las sombras de las alas de Dios, así como los polluelos se sienten seguros frente al gavilán o el ave rapaz o la intensa lluvia, cuando se refugian bajo las alas de sus madres.

Tercero, el salmista sabe que la tormenta no durará para siempre. Vendrá el día en el cual él podrá salir y cumplir con el propósito por el cual Dios lo llamó. Él no morirá antes que se cumpla ese propósito, así tenga que esconderse en una cueva por un tiempo.

Cuarto, él seguirá rogando y suplicando la misericordia del Altísimo, del Soberano que gobierna los orbes, porque Él es el Dios que me favorece (v. 2). ¿Si Dios es por nosotros, quién contra nosotros?

David está seguro en el Dios Altísimo, por eso ora, pues, la fe no es muda. Él ora porque cree.

Quinto, si el Dios majestuoso y poderoso es quien está a nuestro favor, entonces, en la oración, le diré a mi alma que no se angustie, pues, Dios actuará y enviará desde los cielos, y me salvará de la infamia del que me acosa; Selah. Dios enviará su misericordia y su verdad” (v. 3).

Esto nos hace recordar las muchas veces en las cuales nuestro Redentor, el  verdadero rey de Israel al cual apuntaba David, sufrió bajo los rigores de Satanás y de los hombres. Él oraba a su Padre, y su Padre lo fortalecía, aunque no lo libró sino hasta cuando cumplió su labor redentora. “El diablo, entonces, le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían” (Mt. 4:11). “Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad para que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos como a distancia de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, , si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle” (Lc. 22:40-43).

Sexto, a pesar de que el salmista se ha predicado recordando que Dios está siempre presente, también confiesa ante el Trono de la Gracia que el enemigo y la adversidad también ha estado presente. “Mi vida está entre leones; estoy echado entre hijos de hombres que vomitan llamas; sus dientes son lanzas y saetas, y su lengua espada aguda” (v. 4).

Saúl es un enemigo formidable, está usando todo el peso del Estado y del ejército para atacar y aplastar a David. Él tiene enemigos por todas partes, lo calumnian, hablan mentiras de él con el fin de justificar destruirlo.

Pero, así como la zarza de Horeb ardía, pero no se consumía, y los jóvenes creyentes fieles fueron librados de las llamas del horno de fuego de Nabucodonosor; Dios hace que la llama de la maldad, la calumnia y la opresión no consuman a los creyentes que aprenden a descansar en Dios a pesar de estar entre tizones encendidos.

Séptimo, el salmo tiene un estribillo, un coro que se repite. “Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios; sobre toda la tierra sea tu gloria” (v. 5), 11). Lo cual muestra que ninguna experiencia dolorosa o adversa impedía que el salmista adorara a Dios de corazón sincero. Él vivía de acuerdo a lo que luego Pablo enseñaría a la iglesia: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes. 5:18).

David pide misericordia, y espera que Dios le preserve la vida, porque él sabe que Dios lo llamó para cumplir unos propósitos nobles, por lo tanto, su deseo máximo es que la gloria de Dios se manifieste claramente en todo el mundo.

Esto nos hace recordar que cuando el Señor nos enseñó a orar incluyó esta petición: Venga tu reino, hágase tu voluntad, en la tierra, como se hace en el cielo.

Pero el Señor también nos enseñó a orar pidiendo: Líbranos del mal o del maligno, y esto es lo que el salmista hace a continuación: Red han armado a mis pasos; se ha abatido mi alma; hoyo han cavado delante de mí; en medio de él han caído ellos mismos. Selah” (v. 6).

El enemigo es perseverante, por eso, a pesar de que David confía en el Señor, y el Altísimo está de su lado, siempre buscará oportunidades de hacerlo caer, de atraparlo, de destruirlo. Ellos arman planes malévolos, ponen trampas, así como los fariseos se las pusieron a Cristo constantemente; o como Balac se las puso a Israel, o Amán a los judíos, o los gobernantes a Daniel; pero siempre se repite la misma historia: caen en sus propios lazos. Dios hace esto a favor de sus santos.

3. Una alabanza de gratitud (v. 7-11)

Como dijimos en la introducción, el santo, en sus oraciones de súplica, siempre concluye dando gracias a Dios, alabándolo con gran alegría, en medio de la turbación; lo cual, ya, per se, es una respuesta divina a nuestros ruegos.

Aprendamos a alabar a Dios en medio de la adversidad, siguiendo los grandes principios que encontramos en este salmo:

Primero, David se preparó para esos grandes actos de devoción en medio de la turbación: Pronto está mi corazón, oh Dios, mi corazón está dispuesto (v. 7 a). El salmista tenía una mente preparada para la aflicción, entrenó su corazón en el conocimiento de la teología propia, de los atributos y del ser de Dios; lo cual le llevó a comprender que, cualquier evento adverso en esta vida, es usado por la Sabiduría divina para un bien más grande y eterno de su pueblo.

Cuando nuestro corazón no es fluctuante, sino que está seguro en Dios y su Palabra, entonces toda nuestra vida está firme, y no iremos a la deriva.

Segundo, el santo es un cantor de las alabanzas de Dios. Cantaré, y trovaré salmos. Su corazón canta de agradecimiento, y su voz lo expresa alegremente. El santo es un cantor de las alabanzas de Dios. Así no tenga la mejor voz, tiene un canto constante de salmos, himnos y cánticos espirituales, llenando su corazón con la Palabra divina, meditándola al cantarla.

David hará que la oscura y silenciosa cueva de Adulam resuene con cantos de alabanza, y anhela que todas las cuevas de los santos estallen de cánticos jubilosos de adoración al verdadero Dios.

Tercero, y, siendo que nuestra carne no nos estimula a meditar en el Señor cantando sus alabanzas, entonces le predicamos a nuestra alma, la estimulamos, la exhortamos para que alabe a Dios en respuesta a la oración escuchada, aunque aún no estemos viendo la respuesta. “Despierta, alma mía (no duermas no te quedes paralizada por los gigantescos enemigos o problemas que llegaron a mi vida); despierta, salterio y arpa (el músico que llevo por dentro, la música que el Espíritu puso en mi corazón desde el día en que me hizo nacer de nuevo); me levantaré de mañana (Me anticiparé al dolor y a la depresión, le haré frente adelantándome a cantar alabanzas al Dios Altísimo).

Cuarto, el santo gozoso en su escondite no es egoísta, él desea que otros también encuentren el secreto de la verdadera felicidad en medio de un mundo hostil, por lo tanto, hace y procura que sus alabanzas sean conocidas por otros. “Te alabaré entre los pueblos, oh Señor; cantaré de ti entre las naciones” (v. 9).

Quinto, el salmista alaba al Señor con cánticos frecuentes, con salmos e himnos, e invita a alabar a gentes de todos los pueblos a causa de la misericordia divina. Esta misericordia es tan grande y tan nueva cada día, tan suficiente para enfrentar cualquier adversidad o sufrimiento, que se puede decir que es tan alta como los cielos; y que la verdad de Su palabra y de sus promesas son tan inmensas como el firmamento.

Sexto, esa es la razón por la cual el salmista nuevamente ora con las palabras del excelso estribillo: Exaltado sea sobre los cielos, oh Dios; sobre toda la tierra sea tu gloria (v. 11).

Conclusiones

¿Dónde está Cristo en el pasaje? Nuevamente debemos afirmar que muchas cosas en la vida de David eran típicas o tipificaban lo que sucedería en el Señor Jesús. El santo en su escondite también se refiere al Señor Jesucristo.

¿El Señor Jesús tuvo que huir? Si, no por miedo al hombre, sino por sabiduría celestial, con el fin de cumplir responsablemente la voluntad del Padre.

Jesús tuvo que escapar o huir de los enemigos cuando quisieron matarlo antes de tiempo:

“Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarle” (Mt. 2:13).

“Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo; y a travesando por en medio de ellos, se fue” (Juan 8:59).

“Al oír todas estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos y se fue” (Lc. 24:28-30).

“Por tanto, Jesús ya no andaba abiertamente entre los judíos, sino que se alejó de allí a la región contigua al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y se quedó allí con los discípulos” (Jn. 11:54).

Pero Jesús no solo huyó de los ataques de los enemigos, cuando aún no había llegado el tiempo para entregar su vida en rescate por muchos; sino que huyó de las tentaciones de buscar la gloria o el reino sin pasar por la cruz, de manera que cuando las multitudes lo buscaron para hacerlo rey terrenal también escapó de ellos. “Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo” (Jn. 6:15).

Aprendamos, entonces, la lección. El creyente pasará por momentos en los cuales tendrá que buscar una cueva, pues, sabe que aún tiene mucho trabajo que hacer para el Reino de Cristo, y su vida debe ser preservada. Y también escapará y huirá de las adulaciones, de los reconocimientos excesivos, de la gloria mundana.

Este esconderse puede significar muchas cosas. Alejarse de una amistad que es dañina para su alma. Dejar de usar ciertas redes sociales que lo pueden distraer del verdadero servicio al reino de Dios. Evitar una confrontación con una persona malvada que quiera entrar en pleito contigo. Alejarse prudentemente, y temporalmente, de un lugar donde suelo predicar la Palabra pero sé que alguien me quiere hacer daño por ello, entre otros.

El sepulcro de Jesús fue una cueva, pero no pudo retenerlo para siempre, sino que esa lóbrega y fría cueva, un domingo, el primer domingo que inauguró el Día del Señor, retumbó frente al poder de Dios, deslumbró por el poder de la luz divina y se llenó de los cantos más hermosos y consoladores que ha escuchado el ser humano: ¡Ha resucitado!

Por el poder de ese que venció la cueva de la tumba, nosotros también venceremos todas nuestras cuevas y saldremos triunfantes a adorar por siempre a nuestro Rey.

No obstante, la cueva no significa estancarse, paralizarse de miedo, volverse inútil para el reino, no; es un tiempo de comunión especial con Dios buscando su voluntad, recibiendo de sus fuerzas, orando con más intensidad; de manera que luego pueda salir, así como Cristo salió victorioso de la tumba, para exaltar el nombre de Cristo sirviéndole con más fuerza.

En este salmo hemos ratificado el aprendizaje de cómo orar cuando pasamos por momentos difíciles: Primero presentamos ante el Señor nuestros ruegos, nuestro dolor, nuestra adversidad, la situación difícil; y, segundo, alabamos a Dios porque él escuchó nuestros ruegos, y atenderá nuestra causa.

 



[1] MacDonald, William. Comentario Bíblico. Página 281 

Salmo 54

 

Salmo 54

La oración de un creyente perseguido: ¡Señor, ayúdame!

Este sermón fue predicado por el hermano Julio C. Benítez, quien es uno de los pastores de la Iglesia Bautista Reformada la Gracia de Dios en Medellín, Colombia. Usted puede compartir este sermón con otros a través de medios digitales e impresos, siempre y cuando no sea para la venta, siempre reconociendo y dando los créditos respectivos a su autor.

Este es un salmo bastante sencillo. Es muy fácil ver que consta de tres partes:

v. 1-3 La petición que David eleva a Dios, y la circunstancia en la cual se presenta.

v. 4-5 David medita en la persona de Dios y en sus obras a favor de los que confían en Él.

v. 6-7 En respuesta a esta meditación, David resuelve alabar con todo su corazón al Dios que lo libra del malo.

Así que, hay una petición, una meditación y una resolución o declaración.

Y deseo que aprendamos tres lecciones de este salmo:

Primero, debemos acudir a las promesas de Dios en cualquier circunstancia.

Segundo, debemos predicarnos a nosotros la doctrina de Dios en oración.

Tercero, Debemos alabar a Dios con alegría por quién es Él y por lo que hace.

1. David acude a las promesas de Dios – la petición (v. 1-3)

“Al músico principal; en Neginot. Masquil de David, cuando vinieron los zifeos y dijeron a Saúl: ¿No está David escondido en nuestra tierra? Oh Dios, sálvame por tu nombre, y con tu poder defiéndeme. Oh Dios, oye mi oración; escucha las razones de mi boca. Porque extraños se han levantado contra mí, y hombres violentos buscan mi vida; no han puesto a Dios delante de sí. Selah”

La petición y su ocasión o circunstancia se describen desde el título hasta el versículo 3.

Es importante observar que David acude a las promesas de liberación que Dios le había hecho. Dios le dijo que lo sentaría en el trono de Judá y lo libraría de sus enemigos. David está siendo perseguido por Saúl, su vida corre peligro, entonces, busca refugio en el Dios que prometió librarlo.

Saúl y sus secuaces le están pisando los talones. Recientemente David había sufrido mucho al ver como Saúl mata a los sacerdotes de Nob porque ellos le dieron algunas provisiones, sin saber que era perseguido por Saúl.

Y ahora se le suma que su propia gente, los miembros de su propia tribu, Judá, le dan a Saúl las coordenadas exactas de dónde se encuentra David. Lo cual tuvo que ser muy amargo para el salmista. Ellos tienen miedo de que el malvado Saúl los masacre como hizo con los sacerdotes de Nob.

“Después subieron los de Zif para decirle a Saúl en Gabaa: ¿No está David escondido en nuestra tierra en las peñas de Hores, en el collado de Haquila, que está al sur del desierto? Por tanto, rey, desciende pronto ahora, conforme a tu deseo, y nosotros lo entregaremos en la mano del rey” (1 Sam. 23:19-20).

Para David no sería extraño que un edomita, como Doeg, lo entregara a la muerte, pero en este caso se trata de compatriotas a los cuales David había librado de serios peligros al combatir a los filisteos que vinieron a atacarlos. Esto tuvo que ser algo muy doloroso para el salmista.

En el versículo 1 David responde a esta dolorosa circunstancia. Y él ora por dos cosas: Que Dios lo rescate y que Dios lo vindique.

La respuesta vino prontamente, pues, Dios lo rescató de Saúl usando a los enemigos filisteos, los cuales atacaron a Israel: “Entonces vino un mensajero a Saúl, diciendo: Ven luego, porque los filisteos han hecho una irrupción en el país. Volvió, por tanto, Saúl de perseguir a David, y partió contra los filisteos” (1 Sam. 23:27-28).

Aquí el Antiguo Testamento nos da una imagen preciosa de la doctrina de la Soberanía de Dios. Él usó a los enemigos del pueblo de Dios para salvar al que sería el rey escogido que reinaría sobre su pueblo santo.

Oh Dios, sálvame por tu nombre, y con tu poder defiéndeme. Pero David también ora por una reivindicación, pues, no era justo que Saúl lo tratara de esa manera cuando él no había hecho nada en contra del rey.

Aunque David fue ungido por el Señor para ser rey de Israel, él no actúa como un usurpador, él no le quiere arrebatar el cetro a Saúl. Él espera a que Dios, en su tiempo, le entregue el reinado.

Si hubo un hombre que logró un golpe a la monarquía con integridad, fue David, pues, él no levantaría su mano contra aquel que había sido ungido como rey de Israel. Por eso David ora por una especie de reivindicación.

Saúl lo estaba calumniando. David estaba siendo criticado por el pueblo como un hombre sin integridad, como si fuera un traidor contra su pueblo, aunque él estaba en ese lugar por designio de Dios. Por eso pide a Dios que lo defienda o vindique.

Ahora, ¿con qué quiere ser vindicado o defendido David? Con el poder y el nombre de Dios. Es decir, que Dios lo defienda por lo que Dios es: Por su carácter, por Sus atributos, por Su reputación. El nombre representa quién es Dios y cómo es Dios. Su nombre lo revela a Él mismo.

Ahora, es muy interesante recordar que Jesús tal vez aluda a este salmo en su oración sumo sacerdotal, cuando dice al Padre: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste… Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros” (Juan 17:6, 11).

En esta oración Jesús le dice a su Padre celestial: He manifestado tu nombre a los hombres… En otras palabras, a mis discípulos, a los que me diste por el decreto de elección, les mostré tu nombre, les mostré cómo eres tú.

Recordemos que unos pasajes antes, Juan 14, Felipe le había pedido a Jesús: Muéstranos el Padre, y nos basta (v. 8). Y Jesús le respondió: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (v. 9). Jesús había manifestado el nombre de Dios. Y ahora está orando para que ellos sean guardados en el nombre por el cual habían sido llamados, el nombre que Jesús les había revelado. Y aquí encontramos a David pidiendo que Dios lo libere y lo vindique, basado en el nombre y el poder de Dios.

“Oh Dios, oye mi oración; escucha las razones de mi boca” (v. 2). Es muy común escuchar estas expresiones en las oraciones de los santos del Antiguo Testamento, las cuales indican urgencia, necesidad de ser escuchado.

Cuando una persona se ponía de pie y decía a la multitud: “Compatriotas romanos, prestadme atención, escuchad mis palabras”, aunque suene como algo formal o mecánico, en realidad es un llamado para que todos atiendan: he preparado algo muy importante para decirles.

David, en su oración, clama a Dios para que le preste atención a su clamor, es algo muy importante para él, está urgido, la persecución arrecia, necesita ayuda urgente.

Un santo reformado del pasado dijo que lo mejor para nosotros es que estemos siempre en la posición donde debemos depender totalmente de Dios, donde tengamos que clamarle. Sé que esto es difícil de aceptar.

Alguien puede preguntar: ¿Esto significa que es bueno para mí estar orando todos los días por un hijo descarriado? ¿Es bueno para mí tener un matrimonio difícil, el cual me lleva a estar de rodillas constantemente? ¿Quieres decir que ese diagnóstico de cáncer es bueno para mí si me lleva a depender más de Dios?

La respuesta del salmista es: Todo lo que nos haga experimentar una dependencia total de Dios es bueno para nosotros. Solo que en algunas ocasiones somos tan lentos para venir al Señor, de tal manera que nos despertamos en oración cuando esas situaciones ya son muy difíciles.

David está pasando por una situación tan aguda que le dice con súplica: Oye, oh Dios, te necesito, si no escuchas mi oración estoy acabado. Escúchame, oh Dios.

En el verso 3 David explica cuál es la razón para este clamor: Porque extraños se han levantado contra mí, y hombres violentos buscan mi vida; no han puesto a Dios delante de sí. Selah”.

Estos hombres violentos, impíos, no conocen a Dios, no buscan la voluntad de Dios, están buscando sus propios fines, están en contra de David.

Es interesante notar lo siguiente: David está suplicando para que Dios le conceda cosas que ya le había prometido. Dios le había dado varias promesas a David: Te voy a poner en el trono, voy a protegerte de tus enemigos. Entonces, ¿por qué David tiene temores y está suplicando por algo que Dios le prometió? ¿No es una contradicción? No, no es una contradicción. Dios es soberano y David es responsable de suplicar por las promesas de Dios al Dios soberano.

Recordemos esta verdad: Nuestra comprensión de la soberanía de Dios y de la responsabilidad del hombre siempre se dejará ver en el contenido de nuestras oraciones. Si exaltamos la soberanía de Dios a costa de la responsabilidad del hombre, no vamos a ser enérgicos en las oraciones. Diremos: Bueno, el Soberano se encargará de todo, y oraremos con frialdad. Pero si exaltamos la responsabilidad humana y descuidamos la doctrina de la soberanía de Dios, entonces, pensaremos que nosotros le cambiamos la mente a Dios con nuestros ruegos.

Pero si somos bíblicos y creemos en las dos doctrinas, y mantenemos el sano equilibrio entre ellas, recordaremos que, aunque Dios establece sus propósitos en su decreto eterno, Él elige llevarlos a cabo usando los medios adecuados. Y uno de los medios más grandes que él dice en Su palabra que usa para cumplir sus propósitos es la oración suplicante.

Así que a David se le prometió que se sentaría en el trono, sin embargo, ahora está suplicando para que Dios lo salve y defienda. ¿Cuál de las dos cosas es correcta? Ambas. Dios es soberano, pero usa la oración como su instrumento para hacer su voluntad.

2. David se predica a si mismo la doctrina de Dios en oración - meditación (v. 4-5)

“He aquí, Dios es el que me ayuda; el Señor está con los que sostienen mi vida. Él devolverá el mal a mis enemigos; córtalos por tu verdad”

Ahora en su oración, David, medita en la persona y en las obras de Dios. Dios ha cumplido sus promesas, por lo tanto, ahora él se autopredicará, en la oración, la doctrina de Dios.

Y esta es una práctica que debemos desarrollar en nuestras oraciones.

David se centra en el carácter de Dios, en quién es Dios. Su enemigo está que le pisa los talones, los suyos lo han traicionado, está muy angustiado y adolorido, pero en medio de su súplica toma tiempo para meditar en el Dios a quien ora. “El que está conmigo es mayor que el que está contra mí”. “Más son los que están con nosotros que los que están con ellos”.

Por lo tanto, David recuerda, a través de cuatro verdades, quién es Dios para él.

Primero, Dios es su ayudador. Este término, muy usado en el Antiguo Testamento, viene del mundo militar. Significa: Dios es quien viene en tu ayuda, es tu aliado, como cuando una nación estaba siendo vencida en la guerra y de pronto ven venir a los poderosos ejércitos de una nación amiga a defenderlos. El aliado es el Dios de los ejércitos, aquel que domina sobre toda la creación, sobre la lluvia, el sol, los truenos, es un poderoso aliado. Con razón Pablo afirmó categóricamente: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? ¿Quién acusará.. quién condenará… quién nos separará del amor de Cristo? Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:31-39).

Segundo, Dios es su sustentador. El Señor está con los que sostienen mi vida. Esta es una gloriosa declaración. David se predica que su vida está, literalmente, en las manos del Señor. David pudo haberse visto tentado a pensar: Mi vida está en las manos de Saúl, quien me persigue. Pero él se recuerda a sí mismo esta gloriosa verdad: Mi vida está en las manos de Dios. No se nos olvide nunca: Nosotros somos inmortales en esta tierra hasta que nuestro trabajo aquí se haya completado.

Tercero, Dios es justo. Y dará el pago a los enemigos del pueblo de Dios. Los justos no nos vengamos, antes, perdonamos y le hacemos el bien a los que nos tratan mal; pero, la maldad del malo será un día juzgada por el juez de toda la tierra, nada será olvidado por Aquel que juzga con justicia.

Cuarto, Dios manifestará su ira. Córtalos por tu verdad. Destrúyelos por tu fidelidad. Dios es fiel a sus promesas, por eso él destruirá a los enemigos del reino de Dios. Dios prometió entregar el reino a David, por lo tanto, destruirá a los que se oponen a ello. Igualmente, el Señor prometió entregar un reino a su Hijo Jesucristo, y él destruirá a todos los que se oponen al avance de su reinado de justicia, verdad y amor. Los enemigos de la iglesia serán destruidos porque los justos reinarán con Cristo.

¿Era necesario que David le recordara los atributos divinos a Dios en la oración? Dios no necesita que le recordemos nada, pero la oración es un medio para traer consuelo, fe, esperanza y tranquilidad al alma. La oración es un medio para predicarnos a nosotros mismos.

La oración es la mejor forma de meditar en la doctrina bíblica de Dios. Recordemos, David está rodeado de todos sus enemigos, está en un serio peligro de muerte. Y lo que él hace es convertir la doctrina bíblica en oración. Él dice: Dios tú eres mi ayudador. Dios, mi vida está en tus manos. Dios, tú visitarás con justicia y derramarás tu ira sobre los enemigos. Dios, eres la ayuda de tu pueblo. Dios, eres justo y fiel a lo que prometes.

David está presionando a su corazón diciéndole: Créelo, créelo. Porque al corazón le cuesta creerlo.

3. David alaba a Dios alegremente por quién es él y por lo que hace (v. 6-7)

“Voluntariamente sacrificaré a ti; alabaré tu nombre, oh Jehová, porque es bueno. Porque él me ha librado de toda angustia. Y mis ojos han visto la ruina de mis enemigos”

En el Antiguo Testamento los creyentes podían hacer votos al Señor en respuesta anticipada a una bendición pedida, por ejemplo, “si me das un hijo lo dedicaré a ti”. Este fue el voto de Ana. Pero, en el caso de David él no hizo ningún voto si Dios lo liberaba de Saúl. No obstante, él dice que “libremente”, voluntariamente, aunque no hizo un voto, alabará con alegría y gratitud a Dios porque escuchó su plegaria.

En el verso 1 David apeló al nombre de Dios para ser librado, y ahora alaba el nombre de Dios, es decir, adora a Dios por lo que él es, por su carácter, por su reputación; lo cual se dejó ver en la liberación concedida.

David vio la respuesta divina cuando Dios hizo que los ejércitos de Saúl dejaran de perseguirlo pues, Dios mismo había enviado una distracción: la invasión filistea.

Aprendamos para siempre esta lección: La única manera para que nuestros corazones exulten de adoración diaria a Dios, y para que cada día del Señor lleguemos jubilosos a la congregación de los santos, dispuestos a rendir una adoración genuina, es llenado nuestras mentes y corazones de admiración hacia Dios por lo que él es y por lo que él hace.

En especial debemos meditar en lo que Él hizo para nuestro bien a través de Jesucristo, quien con su vida, muerte, sepultura, resurrección y ascensión ganó para nosotros eterna redención y nos libró de nuestros más crueles enemigos: Satanás, el pecado, la muerte y el infierno.

Aplicaciones:

Los momentos de aflicción, depresión y angustia se tornan fáciles de soportar si antes nos hemos preparado para alimentar nuestras oraciones con el contenido apropiado. En este salmo encontramos un principio general para nuestros devocionales, para nuestro estudio de la Biblia y el estudio de la doctrina.

David meditó en su oración sobre quién es Dios, el plan de redención de Dios, y luego respondió al Señor con adoración; y todo esto en medio de su gran tribulación.

Por lo tanto, hagamos que nuestros devocionales sean más fructíferos preguntando al texto: ¿Qué me enseñas sobre Dios? ¿Qué me enseñas sobre el plan de redención divino? ¿Cómo responderé personalmente a la verdad expuesta en este pasaje?

David acudió a las promesas de Dios en la oración, se predicó a sí mismo la doctrina de Dios, y ahora alaba a Dios con alegría por quién es él y lo que hace.