lunes, 1 de octubre de 2012

¿Quién es el hombre fuerte? ¿Podemos atar al hombre fuerte?


Estimado pastor:

Gracias por su ayuda.
Mi pregunta es: ¿quien es el hombre fuerte y si se podra atar al hombre fuerte?
Esta inquietud nace por que en mi congregacion el pastor continuamante habla de formar un grupo para subir a la montaña más alta y atar al hombre fuerte.
Por su ayuda mil gracias.


Bendiciones






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Saludos fraternales.

Gracias por enviarnos su pregunta. Revisemos el texto bíblico donde Jesús habla del hombre fuerte, y dejémos que la Palabra del Señor nos diga a qué se refería Cristo con esa declaración.
Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa” (Mt. 12:28-29).
Para interpretar correctamente este pasaje, conforme al Espíritu Santo, es necesario mirar el contexto. Al comienzo del capítulo 12, Mateo muestra la confrontación constante entre Jesús y los fariseos. Estos falsos religiosos buscaban toda oportunidad para rechazar a Jesús. Aunque ellos estaban viendo los milagros de Cristo, los cuales confirmaban que él era el Mesías esperado, no obstante, ellos prefirieron no ver lo que estaban viendo, y rechazaron de manera consciente al Salvador.
Los fariseos se preocuparon mucho cuando vieron que sus hermanos, los judíos, estaban empezando a preguntarse si Jesús sería verdaderamente el Mesías, el Hijo de Dios: “Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la genta estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David? (v. 22-23).
Ellos no querían creer que este humilde carpintero de Nazaret fuese el Hijo de David, por eso, prefirieron creer que Jesús echaba fuera los demonios, y daba salud a las personas, por el poder del diablo: “Más los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios” (v. 24). Los fariseos consideraban que Jesús mismo era Beelzebú, que él mismo era el diablo: “El carácter completamente vergonzoso de la acusación se hace más claro por el hecho de que considera a Beelzebul no como un espíritu malo que ejerce influencia siniestra sobre Jesús desde afuera; no, se considera como que Satanás está en el alma de Jesús. Se dice que éste tiene un espíritu inmundo (Mr. 3:30; cf. Jn. 8:48); que en realidad él mismo era Beelzebul (Mt. 10:25).”[1]
Jesús responde a la incredulidad de los fariseos mostrándoles lo absurda, contradictoria, imperdonable y perversa acusación: “Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad y casa divida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino? (v. 25-26). Si él fuera Satanás entonces sería un tonto, pues, está haciendo daño a su propio reino.
Luego, Jesús pone en un dilema a los fariseos al preguntarles: “si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces” (v. 27). Si los fariseos respondían que sus hijos echaban fueran los demonios (habían exorcistas entre los judíos) por Beelzebú, entonces ellos mismos se daban una puñalada al desprestigiar a sus propios maestros; pero si decían que lo hacían por el poder de Dios, entonces, ellos vindicaban a Jesús, quien también echaba fuera los demonios.
Ahora, indudablemente los fariseos creían que sus maestros echaban fuera los demonios por el poder de Dios, y les tocaba reconocer que Jesús también lo hacía por el mismo poder. De manera que Jesús les dice que vean lo que deben ver: “Pero si yo por el dedo de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (v. 28).
El reino de Dios, o el reino de los cielos, es la manifestación gloriosa de la Gracia divina que hace débil a Satanás y su reino de rebeldía, de manera que muchos pueden ser alcanzados por el poder de Dios para librarlos de las garras de este destructor enemigo. Con Jesús vino el reino de Dios a la tierra y, desde ese momento, la fortaleza de Satanás ha sido vulnerada y el evangelio puede llegar a muchas personas que eran esclavas del diablo: “Y volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y (Jesús) les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc. 10:17-18). El reino de Dios, que es Cristo mismo, trae liberación al pecador que cree en él.
Pero para que el evangelio o reino de Dios traiga liberación al pecador, primero es necesario que el opresor, el hombre, fuerte, aquel que mantenía en esclavitud a la humanidad sea atado o amarrado. “Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa (v. 29). Satanás vino para hurtar, matar y destruir (Jn. 10:10), él tenía bajo su poder alienador al género humano caído (2 Cor. 4:4). La mayor parte del mundo conocido estaba bajo el poder del paganismo, la idolatría y el ocultismo. Satanás tenía bajo opresión a casi todas las naciones.
Para que el evangelio salvador pudiera llegar a cada una de estas naciones y pueblos esclavizados por el poder del maligno, el hombre fuerte, era necesario que un hombre más fuerte viniera y lo atara. Ahora, nos debemos preguntar: ¿Quién es el hombre más fuerte que puede atar al hombre fuerte? CRISTO y sólo Cristo. Lucas, en su evangelio, narrando el mismo acontecimiento, da más claridad sobre esto: “Cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee. Pero cuando viene otro más fuerte que él y le vence, le quita todas sus armas en que confiaba, y reparte el botín” (Lc. 11:21-22).
Satanás es el hombre fuerte, que tenía un reinado en este mundo de pecado y gobernaba sobre los suyos con tranquilidad, pero cuando vino Cristo, el hombre más fuerte (porque es su creador), entonces ató al hombre fuerte, golpeó severamente sus fortalezas y abrió el camino para que su ejército (los cristianos) entráramos en los campos del diablo (la gente inconversa) y saquearemos esas almas, trayéndolas a la luz del Evangelio liberador.
Sólo Jesús podía atar a Satanás, pues, ninguno de nosotros es más fuerte, ni siquiera igual de fuerte que Satanás. Jesús, con su venida  la tierra, su obra, su muerte y resurrección, cumplió la profecía que Dios hizo en Génesis: “ésta (Jesús) te herirá en la cabeza, y tú (Satanás) le herirás en el calcañar” (Gen. 3:15). Jesús hirió la cabeza de la serpiente, y ahora los cristianos podemos entrar a la casa del hombre fuerte para arrebatar las almas que tenían cautivas.
Jesús no nos mandó a atar al hombre fuerte, porque ya está atado. Ahora podemos llevar el evangelio a todo lugar y creerán en él los que Dios haya predestinado para salvación.
La práctica de subir a un lugar alto para “atar” a los gobernantes espirituales no es bíblica, es una invención de este siglo y está relacionado con el ocultismo. La práctica de dar siete vueltas alrededor de las ciudades con el fin de derribar los muros de incredulidad o echar fuera las potestades demoníacas no es bíblica; insisto, se parece más a la brujería que al cristianismo.
No se trata de una declaración temeraria o emotiva, no, la Biblia en ningún lugar enseña, ni por ejemplo ni por precepto, que las iglesias se suban a lugares altos a atar potestates, no necesitamos hacer eso porque JESÚS, el hombre MÁS FUERTE, ya ató a Satanás. Lo único que tenemos que hacer los creyentes es orar para que la Palabra de Dios impacte los corazones. Cuando el apóstol Pablo se dirigía a llevar al evangelio a zonas atestadas por el paganismo, la idolatría y el ocultismo, él no le pidió a los creyentes que oraran para reprender o atar a Satanás, sino para que “la palabra del Señor corra y sea glorificada” (2 Tes. 3:1).
Cuando los apóstoles empezaron a sufrir la persecución de los judíos (algunos de los apóstoles habían sido llevados a la cárcel)  y esto estaba obstaculizando la evangelización de Judea, ellos no se subieron a las colinas más altas a atar a Satanás, sino que oraron al Dios Soberano de la siguiente manera: “Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay… ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús” (Hch. 4:24, 29-30). ¿Saben? Jesús había dicho, a través de Juan, que Satanás era quien iba a echar a los creyentes a la cárcel: “No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí el diablo echará a alguno de vosotros en la cárcel” (Ap. 2:10). Pero los apóstoles, aunque sabían que Satanás estaba detrás de esto, no empezaron a reprenderlo, ¿Por qué? Porque esta no es la misión de la iglesia, pues, Cristo ya lo hizo. Él lo derrotó, él lo ató y ahora nosotros tenemos la responsabilidad de llevar el evangelio a todos los lugares, a todas las naciones, y todos los que Dios quiera salvar se convertirán, no importan si son idólatras, brujos, hechiceros o lo que sean, el PODER DE DIOS en Cristo Jesús los liberará de las garras del maligno y ellos podrán creer en Cristo.
Algunas personas se confunden cuando encuentran que Cristo les dice a los discípulos: "He aquí, os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará" (Lc. 10:19). Llegan a la conclusión de que el Señor nos autorizó a hacer guerra espiritual atando a los espíritus, pero eso no es lo que quiere decir el pasaje. Para entender su significado tenemos que ver cómo lo aplicaron los apóstoles: Ellos fueron por todos los lugares predicando el evangelio de salvación, sanando a los enfermos y llevando liberación a los cautivos del diablo mediante el poder de la palabra predicada. El libro de Apocalipsis es muy claro en decirnos la forma cómo los cristianos hollamos, pisoteamos y derrotamos cada día a Satanás: "Y ellos le han vencido por medio de la sangre del cordero y de la Palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte" (Ap. 12:11). Los cristianos vencemos a Satanás cada día por medio del vivir en santidad, de negarnos a nosotros mismos con el fin de vivir para Cristo, de ser limpiados con la sangre de Cristo y proclamar el evangelio.

Su servidor en Cristo,
Julio César Benítez
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[1] Hendriksen, William. Mateo. Página 550

¿Tienen el pastor o un profeta el poder para lanzar juicios contra otros?


Pastor Julio:


Buenas tardes. Le escribo con un poco de pesar y tristeza por que hoy escuché lo que se podria llamar una herejia por parte del Pastor de la iglesia, hacia una líder.

Resulta que durante la predicación, el pastor comenzó a profetizar y en una de sus profecías voltea a mirar hacia una de las líderes y le dice: “Dios te dice que desde hoy en adelante tu le puedes levantar juicio a quien tu quieras, él te da el poder de decidir a quien Dios le da o le quita, tu puedes levantarle juicio a quien tu creas que le está haciendo daño al ungido o a la iglesia.”


Y ahora esta líder dice: “Cuidado con el que se meta conmigo, le puedo levantar un juicio.”


Desde luego, lo poco que he estudiado, si lo he digerido bien,  personalmente no creo que ni el pastor ni la lider tengan poder para levantarle juicios por parte de Dios a nadie; no es que yo no crea en esto, pero se ha desatado una moda de profetizar y de apóstoles dándole poderes a todo mundo que lo que primero vino a mi mente fue Deuteronomio18: 19-22, desde luego yo sé que si Dios quisiera nos borraria a todos de la faz de la tierra pero no por gusto de una persona .



Amablemente solicito de su ayuda. Mil gracias por todo



Bendiciones.

 

 

Apreciado hermano.

 

Con toda razón usted experimenta esta gran preocupación, no es para menos, pues, indudablemente este “pastor” no conoce al Señor, y es contrario al Espíritu de Dios. Él está asumiento una autoridad que no le pertenece.

Aunque la predicación del evangelio también será de juicio para el que no cree (Mr. 16:16; Jn. 3:18; no obstante, este juicio no se hará ahora, sino en el gran día que Dios ha preparado para ello (Jn. 5:29; mientras tanto, la iglesia debe anunciar el evangelio, invitando a los hombres al verdadero arrepentimiento y a la reconciliación con Dios. Este no es el tiempo de la condenación, sino el de la salvación: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn. 3:17).

En una oportunidad los apóstoles fueron a una aldea samaritana con el fin de preparar posada para Cristo, pero la gente de la aldea no quiso, entonces los apóstoles se llenaron de indignación, y es posible que hayan pensado. ¿Qué se creaía esta gente que se atreven a despreciar al maestro? Y ellos pidieron a Jesús que les permitiera rogar al cielo para que cayera fuego del cielo y los consumiera: “¿Quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Pero, ¿qué les dijo Jesús?: “Si, mis discípulos, les autorizo para que lancen maldición sobre estos perversos que se han levantado contra el ungido”. No, esa no fue la respuesta, porque Jesús y el evangelio, en este tiempo presente, tienen como propósito la salvación de los hombres, no su condenación: “Entonces, volviéndose él, los reprendió, diciendo: vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas.” (Lc. 9:52-56).

Los apóstoles de Cristo, y los verdaderos pastores, están en el mismo espíritu, por eso Pablo pudo decir: “18. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19. que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 20. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.” (2 Cor. 5:18-20).

Ahora, esto no significa que los pastores, y la iglesia, no pueden juzgar el pecado dentro de sus filas. La iglesia es santa y debe preservarse como tal. Para ello Dios nos manda a predicar todo el consejo de Dios, el cual contiene serias advertencias para todos aquellos que se atreven a andar practicando el pecado. Toda la Biblia abunda en exhortaciones y advertencias. Los pastores y predicadores deben denunciar el pecado en sus predicaciones, siempre invitando al arrepentimiento y advirtiendo las terribles consecuencias que vendrán sobre los que no se arrepienten. El fin de hacer esto es traer a las personas a salvación.

Pero ninguna persona en particular, ni siquiera los pastores, pueden juzgar, condenar y levantar juicio contra una persona; sino que la Iglesia local, compuesta por sus ancianos, diáconos y miembros, luego de seguir un proceso justo, puede poner en disciplina o expulsar a una persona de sus filas. Jesús autorizó a la Iglesia para que disciplinara a sus miembros (Mt. 18:15-20), y también Pablo le ordena a una iglesia local para que se reúnan, juzguen y expulsen a un adúltero que estaba ofendiendo el nombre de Cristo y estaba mancillando la santidad de la iglesia con su mala conducta escandalosa (1 Cor. 5:1-11).

No obstante, la disciplina eclesiástica no tiene como fin maldecir o condenar, sino, restaurar al pecador (Gál. 6:1).

El don de la profecía no fue dado a la iglesia para levantar juicio de maldición contra otros, sino para “edificación, exhortación y consolación” (1 Cor. 14:3). Si alguien pretende usar un supuesto don de profecía para amenzar a las otras personas, entonces el tal no tiene al Espíritu de Cristo sino al demonio, el cual vino para: matar, hurtar y destuir.

Si una persona se cree apóstol, con el fin de ejercer una autoridad tirana sobre los demás, buscando que nadie cuestione sus malas acciones y amedrentando al resto con sus vanos poderes, el tal obra por un poder contrario al de los verdaderos apóstoles, los cuales dijeron: “Porque aunque me gloríe algo más todavía de nuestra autoridad (apostólica), la cual el Señor nos dio para edificación y no para vuestra destrucción” (2 Cor. 10:8).

El falso concepto del “ungido” e “intocable” ha invadido a las iglesias evangélicas con el fin de someter en miedo y temor a los indoctos feligreses que son víctimas de abusos de falsos pastores y seudoapóstoles. El fin de esta falsa doctrina, que tergiversa las palabras de un texto bíblico, es oprimir, esclavizar, robar y manipular a las congregaciones. Pero estos no son ungidos sino falsos pastores, amantes de su vientre, amantes del poder, la vanagloria y el dinero.

Los pastores pueden ser, incluso, disciplinados por las iglesias, cuando estos caen en pecados escandalosos. El apóstol Pablo, instruyendo sobre las responsabilidades de los ancianos o pastores (u obispos) y del deber de las iglesias para con ellos, dice: “Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos” (1 Tim. 5:19). Los pastores o líderes de las iglesias pueden ser disciplinados por la asamblea de miembros si hay una justa causal. No es verdad que la maldición de Dios caerá contra aquellos que, con justa razón, cuestionen la moral o el mal comportamniento de sus líderes.

 

Su servidor en Cristo,

Julio César Benítez


 

Nota: Usted puede ver la respuesta a esta y otras preguntas ingresando a: http://forobiblico.blogspot.com/

martes, 28 de agosto de 2012

¿Cómo diferenciar a un apóstol verdadero de uno falso? ¿Es bíblico el actual movimiento apostólico?


Buenos días hermano Julio Benitez, mi nombre es Jairon.  Vivo en ciudad de Guatemala América Central.

La noche de hoy lunes andaba buscando en internet  un estudio sobre la enseñanza muy popular hoy en las iglesias sobre Atar y Desatar y encontré su foro Bíblico y Teológico. Me ha sido de  ayuda a entender sobre esa enseñanza equivocada hoy y que sirve de excusa para hacer guerra espiritual y andar buscando y atando a cuanto demonio haya.
Me gustaria que me enviara el ENSAYO  LOS PROFETAS Y LA PROFECIA EN LA BIBLIA.

Hermano tengo una pregunta, en cuanto a lo que se conoce como la NUEVA REFORMA APOSTOLICA y que  está pegando fuerte en muchas iglesias, el pastor ahora es nombrado Apostol y la esposa del pastor Profeta; me gustaria saber si esto tiene algún fundamento biblico? realmente Dios esta restaurando 
El ministerio Apostolico, Profetico y la Paternidad Espiritual???

Gracias por su respuesta y el ensayo hermano Julio Benítez y siga adelante!


Apreciado hermano,

Gracias por enviarnos su pertinente pregunta.


Con gran sorpresa, y mucha preocupación, los evangélicos estamos viendo surgir un popular y atractivo movimiento apostólico y profético. Realmente esto no es nuevo, pues, la historia de la iglesia nos registra otros renacer del movimiento apostólico y profético en épocas tempranas de la cristiandad.
Aún en vida de algunos apóstoles del Cordero (los 12 apóstoles más Pablo), se habían levantado muchos hombres reclamando ser también apóstoles, y lo mismo pasó en los días cuando Juan se encontraba en la isla de Patmos. Las iglesias estaban siendo invadidas por apóstoles que no formaban parte de aquellos autorizados directamente por Cristo.
Ahora, siendo que el mismo Señor Jesús anunció que los falsos pastores, falsos apóstoles, falsos profetas y falsos maestros entrarían al seno de la iglesia; entonces, es deber de la iglesia y de sus líderes, siempre que surgen esta clase de movimientos, revisar si son movimientos del Espíritu Santo o meros caprichos e invenciones de hombres amantes de sí mismos y enemigos de la cruz de Cristo.
Algunos creyentes no se atreven a hacer un análisis crítico de esta clase de movimientos, porque consideran que no es responsabilidad del creyente y que las iglesias más bien deben estar dedicadas a predicar el evangelio de la reconciliación, en vez de estar criticando a los demás.
Aunque es cierto que nuestro principal deber es anunciar el VERDADERO evangelio de la reconciliación, no obstante, siendo que la iglesia es columna y baluarte de la verdad (1 Tim. 3:15), entonces a ella le corresponde analizar cada nuevo movimiento que surja en su seno para determinar si es conforme a la verdad, o si es falso, con el fin de denunciarlo.
Cuando surgió un nuevo movimiento apostólico en tiempos del apóstol Juan, la Iglesia de Éfeso no se quedó quieta, sino que usó el discernimiento espiritual, a través de la Palabra, e indagó a estos nuevos apóstoles, los pusieron a prueba y compararon lo que ellos hacían y enseñaban con las marcas o señales de los verdaderos apóstoles, y luego de este examen minucioso los expulsaron de la iglesia y los denunciaron como falsos apóstoles: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos” (Ap. 2:2).
Una iglesia verdadera no es ingenua, y no se deja engañar por movimientos que tratan de imitar al verdadero accionar que el Espíritu Santo tuvo en tiempos apostólicos. Ahora, nos preguntamos ¿De qué manera la iglesia de Éfeso pudo probar a los que se decían ser apóstoles? ¿Tenemos esa regla hoy día?
Siendo que Dios sabía que la Iglesia iba a correr el peligro de ser víctima de falsos apóstoles, profetas, maestros y pastores, entonces nos dejó principios muy claros para reconocer a los verdaderos profetas, pastores, apóstoles y maestros.
Las cartas de Pablo a Timoteo y Tito nos dan las cualidades de los verdaderos pastores, obispos o ancianos. La carta de Judas nos describe a los falsos maestros. La Biblia entera contrasta a los verdaderos profetas de los falsos (pueden solicitar a mi email el ensayo Los profetas y la profecía en la Biblia, en este escrito revisamos muchos textos bíblicos donde nos indican cómo reconocer a los verdaderos profetas); pero también el Nuevo Testamento nos presenta las señales o cualidades de los verdaderos apóstoles, fue de esta manera que la iglesia de Éfeso se libró de los falsos apóstoles.
Por lo tanto, en este estudio vamos a revisar, a la luz de la Biblia, cómo distinguir entre un verdadero apóstol y uno falso, de esa manera, usted mismo tendrá la capacidad, con la ayuda del Espíritu Santo, para diferenciar a los unos de los otros.

- Los apóstoles del Cordero debieron caminar con Cristo en esta tierra desde el bautismo de Juan hasta su ascensión a los cielos y son testigos presenciales de la resurrección. En Hechos capítulo 1 encontramos la elección del reemplazo de Judas Iscariote. Él había formado parte de los 12 apóstoles, pero al final de sus días evidenció que era un falso creyente y cayó del apostolado. Por lo tanto, el apóstol Pedro, siguiendo a las Sagradas Escrituras que hablaban acerca de buscar un reemplazo para Judas, pidió a la iglesia que oraran y buscaran la dirección al respecto.
Se trataba de buscar, entre los hermanos (varones) que formaban parte de la iglesia de Jerusalén, uno que pudiera ser contado entre los doce apóstoles. Pero esta no fue una decisión que podía tomar el apóstol Pedro o los otros apóstoles, sino que Dios mismo, a través de la Iglesia, obraría para designar el nuevo apóstol.
Es interesante notar que no cualquier hombre podía ser contado entre los apóstoles, sino que había unos requisitos:
-       Que haya estado junto a los otros apóstoles durante todo el ministerio de Cristo, desde el bautismo de Juan hasta su ascensión. Es decir, que haya sido testigo presencial de los tres años del ministerio de Cristo (Hch. 1:21-22)
-       Que haya sido testigo presencial de la resurrección de Jesús, es decir, que haya visto al Cristo resucitado (Hch. 1:22).
Hubo dos varones que cumplían con esos requisitos, y de entre ellos, el Señor señaló a  Matías, el cual fue contado entre los apóstoles (Hch. 1:26).
De manera que la Biblia nos da los requisitos para que un hombre pueda ser considerado apóstol: que haya caminado con Cristo en esta tierra y haya sido testigo presencial de su resurrección.
Es por esa razón que cuando Pablo se presenta como apóstol, las iglesias, en un principio, dudaron de su apostolado, pues, él, aparentemente no cumplía con estos requisitos. Pero Pablo, aunque no formó parte de los 12, si era un verdadero apóstol, por lo tanto, veamos cuáles fueron las argumentaciones que él usó para ser reconocido como uno de ellos, y a la misma vez, usted deberá analizar si los que hoy día se dicen ser apóstoles, cumplen con estos requisitos, pues, es muy seguro, que ninguno hoy día cumple con los requisitos establecidos en Hechos 1, pues, debería ser una persona con una edad aproximada de 2.008 años, lo cual es imposible.
Pero es posible que algunos de los que hoy día se hacen llamar apóstoles piensen que, obviamente, no pueden ser considerados de la clase apostólica de los 12, pero sí de la clase a la cual pertenecía el apóstol Pablo. Por lo tanto, revisemos las marcas o señales de la clase apostólica de Pablo.

- El apóstol, de la clase de Pablo, no es ordenado como tal por otro apóstol, sino directamente por Cristo: En muchos textos Pablo reclama ser apóstol, no por voluntad humana, es decir, no por decisión de algún otro apóstol o de un pastor, sino por Cristo mismo: “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios…” (1 Cor. 1:1); “Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gál. 1:11-12). Los verdaderos apóstoles no son nombrados por otras personas, sino que Jesucristo mismo es quien lo hace. Sobre los ancianos o pastores, y los diáconos, se impone las manos para su ordenación, más esto no se hace sobre los apóstoles, porque éstos no son nombrados por ningún hombre, sino por Cristo mismo. Ni siquiera los apóstoles del Cordero tenían la autoridad para nombrar a otros apóstoles, lo único que ellos podían ordenar era ancianos o pastores en las iglesias: “Y constituyeron ancianos en cada iglesia, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído” (Hch. 14:23). El apóstol Pablo envió a su comisionado apostólico Timoteo a una iglesia para que corrigiera lo deficiente, y una de las cosas que debía hacer era, no ordenar apóstoles, sino ancianos: “Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé” (Tito 1:5). No es verdad que Dios destinó al ministerio apostólico para que permaneciera para siempre, ni tampoco es verdad que las iglesias locales deben tener “Apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros” (Ef. 5:12), pues, de ser así, entonces los apóstoles hubiesen ordenado apóstoles, profetas, pastores en todas las iglesias, pero no fue así. Ellos sólo ordenaron ancianos, que es el ministerio que continuaría a perpetuidad. Para un estudio más profundo del fundamento apostólico de la iglesia y en qué consiste esto, puede escribirme solicitando el material “El fundamento apostólico de la Iglesia”.

- El apóstol de la clase de Pablo, también vio a Cristo resucitado. 
Pablo, defendiendo su apostolado, pone como prueba de ello el haber visto al Cristo resucitado: “¿No soy apóstol? ¿No he visto al Señor Jesucristo” (1 Cor. 9:1). Aunque Pablo no caminó con Cristo en las tierras de Palestina, y no podía ser reconocido como apóstol, en el sentido estricto de los 12, pues, este era un requisito para ello; no obstante, Pablo dice que el Señor lo nombró como apóstol a los gentiles y con el fin de cumplir con los requisitos para ser apóstol, el Señor le anunció de manera directa todo el evangelio que había enseñado a los apóstoles y también se le apareció en persona: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí” (1 Cor. 15:3-8).
El mismo Señor Jesucristo le enseñó el Evangelio a Pablo (Lean Gálatas cap. 1 y 2) y se le apareció en persona, y lo llamó al apostolado, por lo tanto, él dice: “yo soy apóstol, tengo una de las marcas que se requieren para ello”. La pregunta que nos debemos hacer ahora es ¿Será que algunas de las personas que se hacen llamar apóstoles cumplen con esta condición? “Definitivamente es el último apóstol que Dios llamó” (Kistemaker).[1]
Ahora, es posible que algunas de las personas que hoy día se hacen llamar apóstoles digan que efectivamente a ellos también se les apareció el Señor resucitado, aunque esto es muy improbable, por no decir: imposible, vamos a creerles. Pero esta no es la única marca o señal para reclamar el oficio del apostolado, pues, la Biblia presenta otras. Miremos cuáles son las otras marcas y que esto nos permita identificar a los verdaderos apóstoles, y desechar a los falsos.

- El apóstol tiene la capacidad, por el Espíritu de Dios, de hacer señales milagrosas. En la gran comisión que Cristo dio a los discípulos, prometió algo, que se dirigía de una manera especial a los apóstoles. Marcos resalta que estas palabras fueron dichas, no a todos los discípulos, sino solamente a los once, es decir, los apóstoles: “Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura… Y estas señales seguirán a los que creen: en mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Mr. 16:14-16, 18).
Que estas señales iban a ser hechas de manera especial por los apóstoles queda claro en el relato que nos hace Lucas en el libro de los Hechos 5:12 “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo”.
Pablo, nuevamente defendiendo su apostado entre los hermanos de Corinto, afirma que efectivamente en él se han visto las señales apostólicas: “Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros” (2 Cor. 12:12). De manera que para comprobar si un hombre es verdadero apóstol, entonces debemos verificar que a través de él el Señor haya hecho estas señales milagrosas. Ahora, es posible que algunos hoy día digan que sí, que ellos han hecho estas señales poderosas. No obstante, esto tampoco es garantía de que efectivamente sean un apóstol verdadero, pues, la Biblia también nos advierte de muchos que, por el poder del diablo harán milagros: “También hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en presencia en presencia de la bestia…” (Ap. 13:13-14). Jesús mismo advirtió de muchos falsos profetas que se levantarán en el mundo (muchos dentro del pueblo cristiano), los cuales tendrán la capacidad de hacer señales portentosas: “Porque se levantarán falsos cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aún a los escogidos” (Mt. 24:24). Gracias al Señor que guarda a sus escogidos del engaño de los falsos apóstoles, y a los que han estado bajo sus garras los libra para conducirlos a iglesias bíblicas.
Entonces, si no necesariamente los verdaderos apóstoles son los únicos que hacen señales, entonces, ¿qué otra señal o distintivo tienen los verdaderos?

- Los verdaderos apóstoles no son gravosos a las iglesias, no coaccionan a  las personas a dar dinero para sus ministerios, ni usan astucias para recibir donaciones, antes, por el contrario, se entregan por completo a la iglesia. Pablo tuvo que defender mucho su apostolado, pues, las iglesias no lo querían reconocer porque él no formaba parte de los doce, pero, Pablo demuestra a través de ciertas señales que sí es un apóstol. Y otra señal o evidencia apostólica es el desapego a lo económico, la actitud de no ser carga económica a la iglesia que se ministra. Dice el apóstol: “Pequé yo humillándome a mí mismo, para que vosotros fueseis enaltecidos, por cuanto os he predicado el evangelio de Dios de balde?” (2 Cor. 11:7).
Aunque muchas iglesias colaboraron económicamente con el ministerio de Pablo, no obstante, él no andaba pidiendo dinero a las iglesias para sí mismo, y las ocasiones en las que pidió dinero no fue para él, sino para ayudar a los creyentes pobres. Mientras Pablo no cobraba ni forzaba a las personas a dar dinero para su ministerio, los falsos apóstoles sí lo hacían, ellos se especializaban en esclavizar a las personas, en devorarlas, en quitarles los bienes materiales a los hermanos, por eso Pablo les reclama irónicamente a los corintios: “Pues toleráis si alguno os esclaviza, si alguno os devora, si alguno toma lo vuestro, si alguno se enaltece, si alguno os da bofetadas” (2 Cor. 11:20). Lastimosamente muchas personas religiosas no tienen la capacidad de discernir entre lo falso y los verdadero, y aunque los falsos apóstoles les esclavizan y los explotan económicamente, prefieren continuar bajo el engaño, creyendo que son verdaderos siervos del Señor, pero realmente no lo son. Escuchemos lo que Pablo dice de ellos: “Porque estos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz.” (2 Cor. 11:13-14).
El verdadero apóstol no es codicioso del dinero, ni con lisonjas, engaños o palabras bonitas trata de recibir bienes materiales. Aunque las iglesias deben sostener a los apóstoles, no obstante ellos no tienen un espíritu materialista y confían en el Señor: “Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; ni buscamos gloria de los hombres, ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstol de Cristo. Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos. Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes (1 Tes. 2:5-10).
Cuando el apóstol Pablo se despedía de los ancianos de Éfeso, les advirtió que luego de su muerte, y la muerte de los verdaderos apóstoles, a las iglesias entrarían falsos ministros que no tendrían misericordia del rebaño, sino que los explotarían y engañarían con el fin de satisfacer sus deseos de poder y avaricia, actuando de manera contraria a los apóstoles, los cuales podían decir de todo corazón: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido” (Hch. 20:33-34).

- Los verdaderos apóstoles son misioneros o enviados para llevar el evangelio a lugares donde no es conocido, por lo tanto, sus señales más distintivas son los sufrimientos y necesidades que deben pasar por su labor evangelizadora. La Palabra griega para apóstol es apostolos, el cual se deriva del verbo apostelló. Su significado básico es enviado o mensajero. En ese sentido, todos los apóstoles (los 12), Pablo, y otros misioneros en el Nuevo Testamento son llamados apóstoles. Estos misioneros debían llevar la predicación de la cruz a todas las naciones y lenguas. Hoy día tenemos misioneros o enviados, los cuales van a muchos lugares de este mundo donde el evangelio no ha sido predicado. Si nosotros habláramos el griego koiné, diríamos que ellos son apóstoles. En ese sentido, todos los misioneros son apóstoles, más no Apóstoles en el sentido de la dignidad y autoridad de los que presenciaron la resurrección de Cristo, los cuales se convirtieron en el fundamento de la iglesia y cuyo ministerio no se requería más. Ahora, los verdaderos apóstoles (enviados) se caracterizan por lo siguiente: “No damos ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado; antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos…” (2 Cor. 6:3-5).
Mientras algunos miembros de iglesias, como las de Corinto, se jactaban ser ricos materialmente en Cristo, los apóstoles hacían lo contrario, pues, ellos, se entregaban en cuerpo y alma a la misión: “Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis. ¡Y ojalá reinaseis, para que nosotros reinásemos también juntamente con vosotros! Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros… hasta ahora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos, padecemos persecución, y la soportamos” (1 Cor. 4:8-12).

- Los verdaderos apóstoles no reciben siembras económicas a cambio de milagros o transmisión de la unción. Ellos no estaban interesados en el dinero de las iglesias, aunque si recibían donaciones para sus misiones. Mas, ninguno de ellos engañó a los demás pidiéndoles dinero para que ellos pudieran transmitir la unción, la sanidad o la bendición de Dios. Los apóstoles verdaderos, no sólo evitaban pedir dinero de una manera inapropiada para un siervo de Dios, sino que impedían que les hicieran siembras económicas para recibir un milagro o bienestar económico a cambio (las veces que el apóstol Pablo pidió dinero y animó a darlo con liberalidad, no fue para él, sino para los hermanos más pobres).
Los verdaderos apóstoles siguen las instrucciones de su Señor, y él fue muy claro cuando comisionó a los doce: "Y yendo, predicad, diciendo: El Reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia" (Mt. 10:7-8). En una ocasión un creyente de la iglesia de Samaria aprovechó la visita apostólica de Pedro, y al ver que éste tenía una poderosa unción, decidió hacerle una siembra a cambio de que orara por él dándole esta misma unción: “Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba al Espíritu Santo” (Hch. 8:18-19). Claramente esto era una siembra o, como le llaman hoy día, “un pacto”. Pero ¿cómo respondió un verdadero apóstol?: “Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hch. 8:20).
Para saber si una persona que se hace llamar apóstol es uno verdadero, es necesario mirar, además de lo anterior, su actitud hacia el dinero y los bienes materiales. Si es una persona codiciosa, que quiere vivir en mucha comodidad, andar en los mejores autos, hospedarse en los mejores hoteles, vestir la mejor ropa, comer en los mejores restaurantes; es muy probable que ese sea un falso apóstol, obrero fraudulento, mercader de la fe. Huye de él, como el que huye de una serpiente venenosa. No te fijes en fu calidad de expresión, o en su personalidad carismática, en los supuestos milagros que hace: no es un verdadero apóstol.

- Los verdaderos apóstoles no dedican el tiempo a predicar de dinero, sino a Cristo y su cruz. Este es el único mensaje que ellos quieren transmitir, porque son apóstoles de Cristo. El apóstol Pablo dedicó dos capítulos de la 2 carta a los Corintios para hablar respecto a las ofrendas que se le daban a los pobres, y trató algo sobre el mismo tema en la carta a los filipenses, y en algunas otras pocas ocasiones animó a los creyentes a ofrendar con liberalidad para socorrer a los pobres. También en algunas pocas ocasiones agradeció a las iglesias por las donaciones que hicieron para sus viajes misioneros; más él no se la pasaba predicando sobre el tema de las ofrendas, ni de las siembras, pues, siendo un apóstol o enviado de Cristo, su máximo interés era que la gente conociera a Cristo y su cruz: “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Cor. 1:23); “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado (1 Cor. 2:2). Si un día alguien pretende tener el ministerio apostólico, entonces, debe imitar a los verdaderos apóstoles, no a los falsos, debe escuchar la exhortación del apóstol Pablo: “Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros (los apóstoles). Porque por ahí andan muchos (falsos apóstoles y falsos ministros del evangelio), de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza, que sólo piensan en lo terrenal” (Fil. 3:17-19).

Creo que hemos ahondado en el asunto, y, según lo que la Palabra nos ha enseñado, ya tenemos las bases para evaluar si los predicadores que hoy día se hacen llamar apóstoles realmente lo son, o no son más que falsos profetas, que engañan y conducen las almas al infierno, llevándolas a confiar en las cosas materiales, pero negando el verdadero evangelio que conduce a la salvación.


Su servidor en Cristo,

Julio César Benítez



Nota: Usted puede ver la respuesta a esta y otras preguntas ingresando a: http://forobiblico.blogspot.com/


lunes, 27 de agosto de 2012

¿Qué enseña la Biblia sobre la ganancia económica de un producto o servicio? ¿Podemos cobrar intereses sobre un préstamo?


Buenas tardes pastor, tengo una pregunta.  Yo estudio ingeniería
industrial y en la universidad me han enseñado que al vender un
producto debo ponerle un porcentaje de utilidad para que el negocio
sea rentable, y esto me preocupa porque he visto como se roba gracias
a la ambición, mi pregunta es: ¿Que dice la biblia con respecto del
porcentaje de utilidad que se le debe poner a un producto de tal forma
que reponga lo gastado en costos de fabricación, que gane utilidades y
que no se convierta en usura? ¿Puedo montar un negocio de préstamos al
interés?


También le escribo para que me suscriba al cheque del banco de la fe.


Dios le bendiga enormemente y le continue llenando de sabiduría.
Saludos cordiales a Usted, su familia y la iglesia donde sirve.

Giselle



Apreciada Giselle,

Gracias por enviarnos su pregunta.

Creo que su inquietud es muy pertinente en nuestros tiempos, pues, muchos cristianos, con el sincero deseo de agradar a Dios, se limitan en algunos asuntos productivos o comerciales, o tienen dudas respecto a la ética del trabajo que hacen, y la ganancia recibida.
Iniciemos la respuesta afirmando que el trabajo y la producción, así como la ganancia que se reciben de él, son una forma de glorificar a Dios y cumplir su voluntad en este mundo.
Dios hizo al hombre para que viviera para Su gloria, y todo lo que Él le mandó hacer es bueno, santo y necesario.
Uno de los mandatos divinos dados en la creación, los cuales tienen vigencia mientras exista la creación, es el deber de trabajar: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase” (Gén. 2:15).
Aunque el Señor pide que suspendamos nuestras labores productivas un día a la semana para dedicarnos por completo a la adoración a Él, no obstante, él nos manda a trabajar seis días para ganar nuestro sustento: “Seis días trabajarás y harás toda tu obra” (Éx. 20:9).
El apóstol Pablo ordena a todos los creyentes que trabajen para ganar su sustento, proveer para su familia y ayudar a los necesitados “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Ef. 4:28). “Y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandando” (1 Tes. 4:11). “Ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros” (2 Tes. 3:8). También se debe leer: 2 Tes. 3:10, 11, 12.
De manera que todo cristiano tiene la obligación de trabajar, aprender un arte o profesión y dedicarse a sus negocios. Haciendo esto glorificamos al Señor.
Ahora, el trabajo o el sustento material no lo es todo en la vida. Dios es el todo y él debe ser el centro de nuestro existir, por lo tanto, aunque vamos a trabajar con gran intensidad y procuraremos hacerlo de la mejor manera posible, debemos evitar toda tendencia a la codicia, o el deseo de enriquecernos. Dios puede hacernos ricos, pero eso no debe ser nuestra obsesión ni nuestro deseo, pues “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contecto con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se estraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Tim. 6:8-10).
Esto significa que en términos de nuestros negocios, éstos no deben ser usados para buscar enriquecernos, sino para procurar nuestro sustento, el de la familia y la ayuda a los necesitados. Por lo tanto, el valor que vamos a ponerle a los productos que fabricamos o los servicios que prestamos debe buscar compensar la inversión realizada (dinero, materiales, personales, etc), y que quede un porcentaje para el sostenimiento familiar y la ayuda a otros. “El que se apresura a enriquecerse no será sin culpa” (Prov. 28:20).
Esto no significa que los empresarios cristianos no puedan ser ricos, pues, si Dios así lo quiere, el negocio o la empresa pueden crecer, y sin necesidad de cobrar valores despropocionadamente altos, prosperarán mucho.
El valor que se le de a un producto o servicio debe ser acorde con la calidad del mismo y la inversión realizada, pues, aprovecharse de la necesidad (en esta caso, escaséz) para duplicar o triplicar el valor de un producto, es algo que va contra la ética cristiana: “Pesas falsas y medidas falsas, ambas cosas son abominación a Jehová” (Prov. 20:10).
Ahora, respecto a los préstamos, si éste se hace a una persona amiga o hermano en la fe que está pasando por alguna necesidad, no se le debiera cobrar ningún interés: “Y el hombre que fuere justo, e hiciere según el derecho y la justicia… que no prestare a interés” (Ez. 18:5, 8). “No exigirás de tu hermano interés de dinero, ni interés de comestibles, ni de cosa alguna de que se suele exigir interés” (det. 23:19).
El creyente, cuando tiene los recursos, se complace en prestarle al necesitado, sin esperar recibir interés alguno, y en ocasiones, sin esperar a que le reembolse lo prestado: “Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada, y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos” (Lc. 6:35).

Más, si es tu forma de sustento el trabajar con dinero al préstamo (lo cual debe hacerse de acuerdo a las leyes de cada nación), entonces sí podrás cobrar interés, pero éste nunca podrá ser igual o superior a la tasa de usura permitida en cada nación. Se debe pedir un interés justo que busque, no el enriquecimiento rápido, sino el recuperar los gastos en que se incurren (seguros, pólizas, etc), la depreciación de la moneda, y una ganancia que esté acorde con la posible rentabilidad que ese dinero iba a recibir si se hubiese invertido en un negocio o título valor. Es común que, en nuestras naciones latinoamericanas, los prestamistas de dinero (no bancarios) cobrenn intereses diaros, semanales o mensuales que superan con creces los cobrados por las entidades bancarias, pero esto no corresponde con los principios escriturales y todo creyente debe evitarlo. Veamos lo que dice la Palabra de Dios.

Éx. 22:25. Cuando prestares dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portarás con él como logrero, ni le impondrás usura.
Prov. 28:8. El que aumenta sus riquezas con usura y crecido interés, para aquel que se compadece de los pobres las aumenta.

En conclusión, los cristianos debemos ser los mejores trabajadores o empresarios, pues, con esto glorificamos al Señor. Nuestros productos y servicios deben los de mejor calidad, y los valores asignados deben ser justos. Haciendo esto, veremos la bendición del Señor sobre nosotros.


Su servidor en Cristo,
Julio César Benítez

Nota: Usted puede ver la respuesta a esta y otras preguntas ingresando a: http://forobiblico.blogspot.com/

sábado, 25 de agosto de 2012

¿Están vigentes los dones de lenguas?

Pastor Benítez,

¿Están vigentes los dones de poder, especialmente el don de lenguas?
Enviado desde mi móvil BlackBerry Orange.

Apreciado Roberto.

 Gracias por enviarnos tu pregunta.

Se que el tema de los dones, que llamamos carismáticos - como el don de las lenguas -, ha sido de mucha controversia en la actualidad. Históricamente las iglesias cristianas han creído que estos dones sobrenaturales, al estar relacionados con la revelación, formaron parte de la vida eclesiástica del primer siglo, cuando no se tenían de manera completa las Sagradas Escrituras; pero que una vez se completó el canon sagrado y la iglesia pudo tener acceso a la revelación completa y final, entonces no se necesitaron más, ni el don de las lenguas, ni el de la profecía ni los otros dones relacionados con la revelación. Esta fue la creencia de la Iglesia en los primeros siglos de la era cristiana, en la reforma evangélica del siglo XVI, en la época puritana (XVII) y en la iglesia moderna hasta comienzos del siglo XX.

Por cierto, los grupos que profesaron reavivar el don de las lenguas y la profecía, en siglos posteriores al I, fueron catalogados como grupos sectarios, pues, por lo general, sus lenguas y profecías iban acompañadas de doctrinas erróneas y declaraciones escatológicas desviadas; por ejemplo, en el siglo II, cuando el don de las lenguas ya había entrado en desuso, porque se consideraba que esto formó parte del tiempo apostólico, surgió un hombre llamado Montano, el cual reclamaba estar viviendo un nuevo pentecostés, con las manifestaciones de las lenguas y profecías. Montano y sus seguidores empezaron a practicar una especie de reavivar espiritual de los carismas del Espíritu Santo, pero realmente eran un grupo sectario: tanto él como sus dos profetizas (Priscila y Maximila) decían experimentar éxtasis que los transportaban espiritualmente, y estando en esa condición predecían a través de supuestas profecías el inminente fin del mundo y la pronta venida de Cristo a la tierra para establecer su reinado milenial. Ellos mandaban a sus seguidores que se reunieran en la ciudad de Pepusa porque allí regresaría el Señor y se establecería la Nueva Jerusalén, que bajaría desde el cielo. Obviamente, en el siglo II no se dio el fin del mundo, ni tampoco regresó el Señor, ni mucho menos descendió la Jerusalén celestial.

Este grupo fue declarado herético por la iglesia patrística.

Luego, en la época de Lutero también surgieron algunos grupos sectarios dentro de lo que se llamó la reforma radical, es decir, en el seno de los grupos anabaptistas, algunos de los cuales reclamaron tener el don de las lenguas y la profecía. Ellos anunciaban también el inminente regreso del Señor para establecer su reino milenial, pero nuevamente se comprobó que era un movimiento falso y herético. Los reformadores evangélicos también estaban de acuerdo con los padres de la Iglesia, en el sentido de que los dones sobrenaturales, como el de las lenguas y la profecía, habían cesado con la muerte de los apóstoles y en especial, porque la Revelación había sido completada con los escritos de los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento.

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, algunas iglesias llamadas “de santidad”, herederas del metodismo y el pietismo, procurando un despertar en el cristianismo frío y racionalista de esa época, buscaron experimentar un re-avivamiento espiritual y empezaron a reclamar el tener las manifestaciones de dones sobrenaturales como el de las lenguas y las profecías. Nuevamente este movimiento no estuvo ajeno a las excentricidades escatológicas de sus predecesores montanistas y anabaptistas, pues, los nuevos profetas empezaron a hacer declaraciones escatológicas respecto al inminente regreso del Señor, incluso, algunos de estos nuevos "profetas" dieron fechas para este esperado suceso.

El movimiento pentecostal moderno no ha estado excento de escándalos de toda clase, de abusos con el tema de las profecías, y muchas distorciones en el uso de las lenguas.

A mediados del siglo XX el movimiento pentecostal, que había sido exclusivo de nuevas denominaciones surgidas en EEUU como las Iglesias de Dios, las Asambleas de Dios y la Iglesia Cuadrángular; influenció a algunas denominaciones históricas como la Luterana, Bautista, Presbiteriana, surgiendo así el movimiento carismático. Pero este movimiento no sólo llegó a algunas denominaciones históricas, sino también al Catolicismo Romano, donde cobró mucha fuerza, especialmente en las naciones latinoamericanas. Ahora, el movimiento carismático católico, con sus prácticas de las lenguas y profecías, tampoco ha estado excepto de errores, pues, muchas de las profecías que se dan provienen, supuestamente, de la Virgen María.

Luego de este rápido recorrido histórico sobre el reclamo que algunos grupos hacen de haber recibido el don de las lenguas, después de la época apostólica, toca preguntarnos ¿Qué dice la Biblia al respecto?

Bueno, veamos lo que ella dice sobre el don de las lenguas. No tendremos tiempo para ahondar en este complejo tema, pero quiero que vayamos a lo más importante, a lo que guarda estrecha relación con la pregunta inicial.

En el día de pentecostés los creyentes judíos que estaban en Jerusalén, esperando el cumplimiento de la promesa dada por Cristo (Lc. 24.29), en el sentido que no debían moverse en la evangelización hasta cuando hubiesen recibido el poder de lo Alto que los capacitaría para ser testigos y mártires de Cristo, ellos fueron sorprendidos por un viento recio y un temblor, que acompañaron a la venida del Espíritu Santo en una forma especial para quedarse hasta el fin de los tiempos con la iglesia, capacitando a los santos para la obra del ministerio y el avance del Reino de Cristo.

Esta promesa se cumplió ese día y todos los creyentes judíos que conformaron la iglesia de Jerusalén fueron investidos con el poder de lo Alto, evidenciándose esto con el don de las lenguas: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hch. 2:4). Fue algo maravilloso. El regenerador, el santificador, el Paracleto, el que convence al hombre de su pecado, el que trae a las personas a Cristo; Él Espíritu de Dios había venido para quedarse con la iglesia.

Pentecostés tiene un profundo significado para la Iglesia de Cristo, pues, marca el inicio de un poderoso movimiento evangelizador que impactaría en poco tiempo a casi todo el mundo conocido y perduraría hasta el día final. Pentecostés es el inicio de las misiones a todas las lenguas y tribus del mundo.

Ahora, debemos preguntarnos ¿Por qué los creyentes manifestaron la llenura del Espíritu Santo hablando en lenguas o idiomas desconocidos? ¿Qué significaban las lenguas? Bueno, el apóstol Pedro, en el poder del Espíritu se levanta y ante una multitud de judíos y prosélitos (gentiles convertidos al judamismo) da su primer sermón evangélico. 

Uno de los textos tomados es Joel capítulo 2. Pedro dice: “Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán” (Hch. 2:17-18).

En este pasaje el apóstol Pedro les dice al pueblo judío, que se había reunido para ver este hecho sobrenatural, que las lenguas y las profecías habladas por los creyentes en ese dia, eran una muestra de que habían llegado los tiempos postreros en los cuales el pueblo del Señor sería visitado de una manera maravillosa por Dios, trayendo salvación a todos. Ese tiempo había llegado a través de Jesús, el Cristo, y las lenguas y profecías eran una señal de ello.

Por lo tanto, las lenguas y dones milagrosos tenían como objetivo demostrar al pueblo judío que Jesús si era el Mesías, y que el mensaje proclamado por los apóstoles, y la iglesia en general, venía del cielo. De la misma forma como Dios hizo milagros a través de Moisés para que su pueblo creyera que él era enviado por el Señor, así fue necesario que muchos milagros se hicieran con el fin de confirmar ante los judíos que Dios había puesto al Cristo como Salvador y Señor en Israel.

Las lenguas cumplieron un papel importante en la confirmación de la llegada de la salvación a los gentiles. Los apóstoles y los primeros discípulos, siendo todos judíos, pensaban que el evangelio sería sólo para ellos. De allí que cuando el apóstol Pedro recibe la invitación para predicar el evangelio a Cornelio, un gentil, Dios lo había preparado a través de una visión en la cual le mostraba que ahora él no podría considerar inmundos a los gentiles que recibieran el evangelio.

Esto no fue fácil para Pedro ni para el resto de discípulos, pero el apóstol obedeció la voz del Señor y predicó la Palabra a Cornelio y a su familia, los cuales creyeron en el evangelio, pero ¿de qué manera podría Pedro y el resto de la iglesia judía ver evidencias de que realmente el evangelio también era para los gentiles? Las lenguas cumplieron un papel importante en esto, pues, de la misma manera que en Pentecostés los judíos hablaron, por el Espíritu Santo, lenguas que nunca habían aprendido, los gentiles también hablaron estas lenguas en señal de que el Espíritu Santo los había regenerado e incorporado al cuerpo de Cristo: “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión (los creyentes judíos) que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. (¿Cómo sabían estos judíos que sobre los gentiles había venido el Espíritu regenerador?): porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios (es decir, a través de estas lenguas o idiomas no aprendidos ellos magnificaban el nombre de Dios) (Hch. 10:44-47).

Algo interesante de hacer notar es que las lenguas sirvieron como confirmación de que ellos, los gentiles creyentes, pertenecían a Cristo, y por lo tanto debían ser aceptados en la iglesia, a través del bautismo: “Entonces respondió Pedro (a los creyentes judíos que estaban atónitos): ¿Puede acaso alguno (de ustedes los judíos creyentes) impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?” (v. 47).

La pregunta que se hacen, y se han hecho, algunos estudios de las Sagradas Escrituras es Siendo que las lenguas y dones milagrosos fueron usados como señal ante los judíos de que el cristianismo era aprobado por Dios, entonces, ¿qué sentido tiene el que vinieran nuevos tiempos en los cuales esta señal se iba a manifestar nuevamente?

A pesar de esto, algunos creyentes que reclaman haber recibido el don de las lenguas, profecías y milagros, dicen que los dones de lenguas en pentecostés son distintos a los dones de lenguas mencionadas en las cartas apostólicas y que, por lo tanto, ellos están recibiendo estos dones mencionados en las cartas de Pablo.

Por su parte, muchos comentaristas bíblicos y maestros evangélicos de línea histórica y conservadora afirman que los dones de lenguas, y otros dones de milagros, cesaron en la era apostólica y no volvieron ni volverán a manifestarse más en la iglesia. Para afirmar esto acuden a algunos pasajes conocidos, el más importante es 1 Cor. 13:8 “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará”.

Muchos intérpretes de las Escrituran encuentran en este pasaje la cesación definitiva de las lenguas y profecías en un determinado tiempo, pero la pregunta que nos hacemos es ¿Cuál es el tiempo en el cual cesarán las lenguas y las profecías?

Varias intepretaciones se han dado a este pasaje. El apóstol contrasta lo que es parcial o en parte con lo perfecto. Obviamente lo que él denomina parcial o inmaduro son las profecías y las lenguas, pues, él dice: “Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos, más cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará” (v. 9-10). Por lo tanto, algunos concluyen que lo perfecto que pondrá fin a las profecías y lenguas será la culminación de la revelación, lo cual se dio cuando se cerró el cánon bíblico con el último libro de la biblia, es decir, Apocalipsis. Esto significa que una vez se escribió el último libro de la Biblia cesaron inmediatamente las profecías, las lenguas y los dones milagrosos.

Una evidencia que usan los defensores de esta interpretación es que en los siglos II al IV los discípulos de los apóstoles, los apologistas y los obispos griegos y latinos, a los cuales se les llama Padres de la iglesia, hablaron de los dones milagrosos como algo que había pasado con la era apostólica: “En los primeros días, “el Espíritu Santo cayó sobre los que creían: y hablaron con lenguas,” que no habían aprendido, “conforme al Espíritu.” Estos eran signos adaptados al tiempo. Pues fue el comportamiento tomado del Espíritu Santo en las lenguas, para mostrar que el evangelio de Dios correría a través de todas las lenguas sobre la tierra. Tal cosa fue dada para ejemplo, y luego cesó.” (Agustín, siglo IV).

A pesar de que la historia de la iglesia cristiana es testigo de que los dones milagrosos, como el de las lenguas, no se dieron más, luego de la era apostólica y los primeros años de la patrística, y tampoco se dieron en las eras gloriosas de la reforma o la era puritana; algunos teólogos y maestros actuales (como Wyne Wrudem y John Piper) creen que los dones no cesaron y es posible que Dios los pueda dar hoy a quien él quiera, conforme a los principios de la Escritura, y bajo su autoridad.

Por lo tanto, a quienes pretenden poseer hoy  día el don de las lenguas, les recomiendo someterse a la autoridad de las Sagradas Escrituras, la cual contiene varios principios para el uso de este carisma. Si no hay sometimiento a los principios Escriturales, entonces se está en desobediencia al Señor y de seguro que no habrá bendición alguna.

Miremos cuáles son las instrucciones que la Biblia da para el uso del don de las lenguas (1 Corintios capítulo 14):

-       El don de lenguas es inferior al don de profecía, pues, a través de la profecía (que incluye la proclamación de la Palabra de Dios) se edifica a la iglesia (v. 1-5), por lo tanto, no se debiera buscar tanto el hablar en lenguas, sino el profetizar.

-       El don de lenguas debiera ser usado siempre acompañado del don de interpretación (v. 5)

-       En la iglesia siempre debemos orar, hablar y predicar en el idioma de los oyentes, pues,hablar en lengua extraña es como tocar una trompeta desafinada o hablar al aire, porque nadie entenderá nada (v. 6-9)

-       Las lenguas dadas por el Espíritu Santo son idiomas que se hablan en otras partes del planeta, pero que el hablante no aprendió de manera natural. No son geringonsas o articulaciones ridículas, o repeticiones sin control de palabras sin sentido, inventadas por las personas. Si la lengua hablada no tiene la estructura de un idioma, entonces es una falsa lengua. (v. 10, compare con Hechos 2:7-12). Algunas personas se confuden cuando leen 1 Corintios 13:1 y creen que Pablo está diciendo que podemos hablar las lenguas de los ángeles, pero esto es una falacia. Pablo sólo está afirmando que sí nosotros pudiésemos hablar las excelsas lenguas de los ángeles, y no tenemos amor, de nada nos sirve. El apóstol sólo está suponiendo, no está afirmando que podamos hablar lenguas celestiales. El don de las lenguas, claramente, se trata de la facultad de hablar idiomas humanos que no hemos aprendido. Y el don de interpretación, consiste en la capacidad sobrenatural para entender un idioma que no hemos aprendido naturalmente y que otra persona lo habla por la acción sobrenatural del Espíritu Santo.

-       Orar en lenguas, así sea a solas, no trae edificación para la vida cristiana, pues, el entendimiento queda sin fruto, porque no puede comprender lo que su boca habla (v. 14). De manera que el que habla en lenguas debe pedir al Señor el don de interpretarla, así ore a solas, pues, de esa manera podrá comprenderlas y será edificado. Mientras no tenga la capacidad de interpretar la lengua, entonces es mejor, ni siquiera orar a solas en dicho idioma. Sólo se puede orar en lenguas (a solar o en público) cuando se tenga la capacidad de interpretarlas, de esa manera se podrá orar en el espíritu y con el entendimiento. Las dos cosas deben ir juntas. (v. 15-17).

-       Nadie está autorizado para hablar en lenguas durante el culto público o en las oraciones congregacionales, al menos que sean interpretadas. Esto es un abuso del don con el fin de ostentar orgullo espiritual. Ningún predicador está autorizado para hablar en lenguas mientras predica. Cuando alguien hace esto está actuando como un niño, como una persona inmadura en su modo de pensar (v. 18-20).

-       Hablar u orar en lenguas durante el culto o las reuniones de la iglesia, es un mal testimonio ante los incrédulos y los aleja del evangelio, pues, siendo que ellos no pueden entender, entonces creen que los evangélicos son personas locas. (v. 23). Es una insensatez cuando se ora en lenguas durante un culto.

-       En vez de hablar en lenguas durante el culto, se debe profetizar, es decir, proclamar las Sagradas Escrituras, pues, ella es la que convence al pecador de su error (v. 24-25).

-       Si hay una persona que tiene el don de interpretación, entonces se puede hablar en lenguas (si éste las puede interpretar), pero varias personas no pueden hablar al mismo tiempo, sino que debe haber orden, y a lo máximo pueden hacerlo tres personas, por turno. (v. 26-27)

-       Si no hay quien interprete las lenguas, entonces el mandato de la Biblia es claro: Calle en la iglesia. (v. 29).

-  La capacidad de hablar en lenguas o idiomas extraños no es para todos los creyentes. El apóstol Pablo hace unas preguntas retóricas, cuya respuesta obvia es un no. Respecto a las lenguas él pregunta: "¿Tienen todos dones de sanidad? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?" (1 Cor. 12:30).

     Ahora, las Sagradas Escrituras no se contradicen a sí mismas. Algunas personas mal utilizan las instrucciones de Pablo cuando él dice en 1 Cor. 14:39 "Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar en lenguas". Ellos creen que Pablo está diciendo que las personas pueden hablar en lenguas en cualquier lugar, en medio del culto, mientras predican, mientras oran, así no haya intérpretes. Pero llegar a esta conclusión es contradecir todas las instrucciones que Pablo dio para regular el uso de este don. Seamos sabios en la interpretación de la Palabra, y no tomemos de manera aislada los textos, pues, esto será para nuestra perdición y confusión.



Su servidor en Cristo,

Julio César Benítez



Nota: Usted puede ver la respuesta a esta y otras preguntas ingresando a: http://forobiblico.blogspot.com/