LOS DONES DEL
ESPÍRITU
Introducción
La Iglesia es el cuerpo de Cristo y él se encarga de
edificarla, de tal manera que ella llegue a ser perfecta en santidad: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como
Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla,
habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la Palabra, a fin de
presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni
arruga, ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef.
5:25-27).
Para alcanzar este propósito al Señor le plació derramar al
Espíritu Santo sobre la iglesia, quien la guía y enseña, y de manera especial
habita en medio de ella otorgando dones de Su gracia a los distintos miembros
de la misma, con el fin de dotarlos con algunas facultades espirituales
sobrenaturales, de manera que cada uno de ellos sirva como instrumento para la
edificación de la iglesia.
Es asombrosamente maravilloso ver cómo Cristo, el Dios
Hijo, se complace en usar hombres para alcanzar el propósito de conducir hacia
la perfección a su amada esposa: la Iglesia. Él lo puede hacer sin uso de
medios humanos, pero a él le place usar vasos de barro para alcanzar los
propósitos celestiales y eternos.
No obstante, para poder usar estos vasos de barro, ellos
deben ser llenos de una gracia especial que los capacite sobrenaturalmente,
pues, de lo contrario, trabajarán sólo en las fuerzas humanas, las cuales nada
son y a través de ellas no se puede alcanzar ningún bien eterno.
Soberanamente el Espíritu Santo otorga estas capacidades
espirituales sobrenaturales a cada miembro, los cuales tienen la
responsabilidad de usarlas conforme a los principios de las Sagradas
Escrituras, las cuales son el manual rector y absoluto de la iglesia, y para la
edificación del cuerpo de Cristo.
Ahora, estas capacidades sobrenaturales que el Espíritu
otorga son de una gran variedad, por lo tanto, algunas tienden a ser más visibles
que otras, o, algunas son más espectaculares que otras; en fin, así como en el
proceso de levantar un edificio se requieren arquitectos e ingenieros, también
es necesario contar con electricistas, plomeros y albañiles. Aunque algunas de
estas funciones parecieran ser más vistosas e imponentes que otras, no
obstante, todas son necesarias, pues, si solo tenemos ingenieros y arquitectos
(las más vistosas), no se podría construir si no tenemos albañiles, plomeros y
electricistas (menos vistosas).
Esta variedad de dones y manifestaciones sobrenaturales
provocó en la Iglesia de Corinto cierto deseo pecaminoso por tener capacidades
sobrenaturales que fueran muy visibles y de una naturaleza claramente
“espiritual” o “sobrenatural”, lo cual condujo a que todos desearan dones como
el de hablar en idiomas o lenguas extrañas, mientras se despreciaban dones como
el de administrar o ayudar.
Por otro lado, los que tenían capacidades espectaculares,
como la de hablar en idiomas extraños, deseaban mostrarse constantemente en los
servicios de adoración y éste terminaba siendo una manifestación confusa y
orgullosa de los dones de lenguas, no dejando lugar para la profecía o la
exposición de la Palabra.
Es por esta razón que Pablo escribe los capítulos 12, 13 y
14 de 1 Corintios. Él quiere que los creyentes de esta iglesia, fascinada con
los carismas del Espíritu, puedan comprender algunos principios que subyacen en
el ejercicio de los mismos:
1. Los dones del Espíritu son distintos de los dones
naturales. V. 1
2. Los dones del Espíritu nada tienen que ver con los
cultos paganos. V. 2
3. Los dones del Espíritu son dados para exaltar a Cristo.
v. 3
4. Los dones del Espíritu son dados en el marco de la
actividad del Dios Trino. V. 3-6
5. Estos dones son dados de manera soberana por el Espíritu.
V. 7-11
6. Todo creyente recibe, como mínimo, un don del Espíritu.
V. 11
7. Los dones del Espíritu son de distinto valor. V. 12-30
8. Todos los dones del Espíritu deben ser usados en amor.
Capítulo 13
9. Definición y clasificación de los dones del Espíritu:
temporales y permanentes
12. El don de lenguas: propósito, uso y fascinación. Cap.
14
De esta manera
abordaremos el tema y la exposición de los capítulos 12, 13 y 14 de 1
Corintios.
1. Los dones del Espíritu son distintos de los
dones naturales.
“No quiero, hermanos,
que ignoréis acerca de los dones espirituales” (v. 1). Como puede verse en
el resto de la epístola, el apóstol responde a una serie de necesidades que la
Iglesia de Corinto tenía. Al parecer había muchos problemas en esta comunidad
local, y el error, doctrinal y práctico, estaban haciendo de las suyas. Pablo
fue informado de toda este serie de problemáticas, pero los corintos mismos le
habían escrito para pedirle instrucciones apostólicas y encontrar la manera de
andar conforme a los principios bíblicos. Pablo dice en el capítulo 7 verso 1:
“En cuanto a las cosas de que me
escribisteis…”; lo cual evidencia el interés que tenían los Corintos de
corregir sus problemas.
El apóstol les da instrucciones sobre la unidad de la iglesia,
la correcta celebración de la Cena del Señor, el papel de las mujeres en el
culto, problemas en el matrimonio, la soltería para el servicio al Señor, la
resurrección de los muertos, la disciplina en la iglesia, entre otros.
Es interesante notar que, a pesar de los problemas internos
que los corintios tenían, el apóstol no se rehúsa a llamarlos “hermanos”. Esta
es una expresión que denota fraternidad y un amor tierno. El apóstol no los
rechaza a causa de sus debilidades doctrinales, litúrgicas o prácticas. Esta es
la actitud correcta que debemos tomar los cristianos bíblicos para con aquellas
iglesias o hermanos que, manteniendo las doctrinas fundamentales, no han
madurado en otras doctrinas o tienen problemas en sus cultos o en la práctica
de los dones. Obvio, no se trata simplemente de reconocerlos como hermanos y
que ellos continúen con sus prácticas erradas, sino, por el contrario,
procurar, en amor y reverencia, ayudarles para que maduren en la doctrina y
práctica cristiana.
Ahora, el apóstol les dice a sus lectores que él desea
tratar un tema, del cual no deben ser ignorantes, el cual no debe ser
descuidado, y este es el tema de los dones espirituales. Algunos cristianos
tienden a tomar dos posiciones extremas al respecto. Unos no estudian el tema y
tratan de no involucrarse en el asunto de los dones espirituales, con el fin de
no parecer carismáticos. Mientras que otros se van al extremo de dar tanta
importancia al tema, que pareciera que la vida cristiana consiste solamente en
la manifestación de los dones del Espíritu.
Ninguno de los dos extremos son buenos, la Biblia siempre
nos da un equilibrio en todos los aspectos de la vida cristiana, y debemos
procurar estar en él.
Es interesante ver que Pablo les llama “espirituales”, es decir, no se trata de
capacidades naturales. Muchas personas tienen habilidades para dar discursos y
hablar elocuentemente, pero eso es algo natural, no es un don espiritual. Otros
tienen la capacidad de cantar muy hermoso, o de mantener la calma frente a las
adversidades, pero nada de eso es un don espiritual. Algunos son muy
carismáticos y pueden relacionarse fácilmente con los demás, pero nuevamente se
trata de una capacidad natural.
Ahora, nuestras capacidades naturales deben ser puestas al
servicio del Señor. Todo talento natural viene del Señor, de su gracia común, y
él nos los da, no solamente para nuestro gozo y sustento en este mundo, sino
para que avancemos su reino.
No obstante, el tema de Pablo no son las capacidades
naturales, sino las sobrenaturales. Aquellas que no pueden ser producidas por
el hombre, sino que, necesariamente son obra directa del Espíritu Santo.
Aquellas que no son aprendidas o desarrolladas por el intelecto o el esfuerzo
de la persona, sino que vienen sobrenaturalmente. Son capacidades totalmente
nuevas. “Vayamos más allá para decir que
ni tan siquiera significa una sublimación de un don natural. Algunas personas
han caído en ese error. Han pensado que lo que verdaderamente significa un don
espiritual es que el Espíritu Santo toma el don natural de una persona y lo
sublima, lo hace más nítido para que así se convierta en un don espiritual”[1].
2. Los dones del
Espíritu nada tienen que ver con los cultos paganos.
“Sabéis que cuando erais gentiles, se os
extraviaba llevándoos, como se os llevaba, a los ídolos mudos” (v. 2). El
apóstol empieza su disertación sobre los dones espirituales contrastando las expresiones
religiosas paganas con las manifestaciones genuinas del Espíritu Santo. Él les
recuerda a estos creyentes que antes, cuando eran paganos y pertenecían a las
religiones de misterio del mundo greco-romano, ellos se entregaban a rituales
místicos y supersticiosos en torno a un dios mudo, servido por sacerdotes que
acudían a alucinógenos o ritmos musicales que producían un estado emocional frenético,
y en este ambiente cargado de fuertes emociones ellos daban oráculos y
experimentaban temblores incontrolables en el cuerpo, poseídos por un fervor
descontrolado que era confundido con lo espiritual o la espiritualidad.
En
las religiones paganas se daba mucha importancia a las experiencias
“espirituales”, que no eran más que una emoción exaltada a causa de los ritos
místicos y supersticiosos que ellos tenían, e, indudablemente, en muchos de
estos casos la presencia de espíritus malignos alimentaba tales sensaciones.
Los
creyentes corintios habían desarrollado un gusto casi que exclusivo por el don
de las lenguas, para ellos esto llegó a ser como la manifestación plena de la
espiritualidad, a tal punto que, como luego veremos, los cultos eran interrumpidos
por las manifestaciones descontroladas de este don; pero Pablo, antes de darles
las instrucciones sobre el uso de este don en el capítulo 14, les dice que no
se confundan, la verdadera espiritualidad no es parecida al concepto de las
religiones paganas.
En
Efesios, Pablo, también les advertirá a los creyentes que la presencia del
Espíritu Santo en una persona produce los efectos opuestos de la borrachera
(muchos sacerdotes o chamanes se embriagaban para entrar en trance), que son
los efectos parecidos de la presencia de un espíritu maligno o de un espíritu
controlado por sus propias emociones, pues, él dirá: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien, sed
llenos del Espíritu” (Ef. 5:18). La presencia real del Espíritu Santo produce
sobriedad, autocontrol, dominio propio.
El
Espíritu nada tiene que ver con los ídolos mudos, ni con las prácticas que se
hacen alrededor de estos cultos. Lo que Pablo les quiere decir es, si la
práctica que ustedes tienen de la manifestación de los dones espirituales es
parecida a la de las religiones paganas, entonces ustedes ignoran lo que es el
Espíritu, lo que son sus dones y la expresión de los mismos. Ustedes están
confundidos y necesitan ser redireccionados hacia la fe apostólica.
Ahora,
este es un asunto muy serio, pues, hoy día, la seducción de los corintios
pulula en la cristiandad evangélica, y un deseo por experimentar sensaciones
espirituales está al orden del día, y muchos cristianos anhelan fervientemente
experimentar alguna cosa que les indique que ellos tienen al Espíritu Santo;
pero este deseo de sentir algo, no es conforme a las Sagradas Escrituras, sino,
conforme al espíritu humano que anhela lo místico, lo fantasioso y lo
espiritualista.
En
las Sagradas Escrituras nunca somos instados a buscar experimentar o sentir
cosas que nos indiquen la presencia del Espíritu. Más, Su santa presencia si
produjo algunos efectos que no pueden ser producidos por ninguna experiencia
fantasiosa de la mente humana. Veamos algunos casos de personas, que en la
Biblia, tuvieron experiencias reales de la presencia del Espíritu de Dios, y observemos que esto es muy distinto de lo que sucede en las religiones paganas:
-
Abraham: Indudablemente fue un
hombre visitado por el Espíritu de Dios. Él pudo hablar cara a cara con el
Señor. ¿Cuáles fueron las consecuencias de esta experiencia? ¿Emociones
elevadas e incontroladas, como en las religiones paganas de las que él venía?
No, el efecto de estas experiencias de comunión íntima con el Señor fueron el
santo temor hacia su Santidad, la fe en Su palabra, obediencia absoluta,
sometimiento a sus designios, así él no los entendiera; rectitud en los
negocios, instruir a sus hijos para que
guarden el camino del Señor y hagan juicio y justicia. No encontramos temblores
frenéticos en Abraham, no lo vemos balbuceando incoherencias por el efecto
dopante de una mente subyugada por las emociones alucinógenas que desean
experimentar cosas misteriosas y espiritualistas.
-
Moisés: Indudablemente fue uno de
los hombres más llenos del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento. Tanto fue
así que Dios dijo: “Y nunca más se
levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara”
(Deut. 34:10). Más la Biblia nunca nos dice que en su llenura del Espíritu y
experiencias personales con Dios manifestara temblores corporales, frenesí,
movimientos incontrolables o cosas parecidas a las manifestaciones típicas de
las religiones paganas; pero sí nos dice que era un hombre manso, temeroso de
Dios, fiel a su Palabra y a su Ley. Esas son las manifestaciones de la
presencia del Espíritu en la vida de una persona.
Y
qué podríamos decir de Sansón, Samuel, Elías, Eliseo, David, Isaías, Jeremías,
los Apóstoles y Pablo; todos ellos fueron llenos del Espíritu Santo y
manifestaron muchos de los dones espirituales, más en ninguna parte se nos dice
que ellos tuvieron sensaciones corporales o emocionales frenéticas, místicas e
incontrolables; en todos ellos se vio el fruto de la presencia del Espíritu,
pues “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía,
sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim. 1:7).
Ahora,
Pablo habla de los ídolos mudos, estos eran los dioses adorados en las
religiones de misterio. Esta expresión no sólo significa que no podían hablar,
sino que no podían dar al hombre nada bueno. Por la acción de los demonios
ellos podían experimentar cosas misteriosas y místicas, pero esto no les servía
de nada en contra del pecado o la inmoralidad; por lo contrario, cada vez eran
seducidos para practicar el mal y caer en toda clase de pecados.
Hoy
día hay muchas religiones que, de la misma manera que los cultos antiguos,
llevan a sus feligreses a experimentar cosas “espirituales”, a través de la
repetición de mantras (palabras ininteligibles dichas cientos de veces), la
meditación trascendental (poniendo la mente en blanco para recibir
“iluminación”), el uso de objetos como el cuarzo, la contemplación de imágenes
religiosas, el uso de drogas alucinógenas, la música con ciertos ritmos que
alteran las pulsaciones o producen emociones dirigidas; en fin, la situación
espiritual de los hombres no ha cambiado, pero, ¿qué debe hacer la iglesia
frente a esta confusión? Vivir la espiritualidad real, es decir, la plenitud
del Espíritu Santo que se manifiesta en una vida llena de justicia, rectitud,
obediencia a la palabra del Señor, amor a Dios y al prójimo, confianza en
Cristo como el único medio de Salvación, dominio propio, victoria sobre al
pecado y el egoísmo; en fin, la plenitud del Espíritu Santo y sus dones, nos
llevan a ser más como Cristo y menos como el mundo.
3. Los dones del
Espíritu son dados para exaltar a Cristo. v. 3
“Por tanto, os hago saber que nadie que hable
por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús
Señor, sino por el Espíritu Santo”. El Apóstol continúa sentando las bases
teológicas para el uso de los dones espirituales, con el fin de corregir los
serios problemas que se estaban presentando en la iglesia de los Corintios.
Este versículo puede ser considerado una conclusión lógica de lo que ya dijo en
los versos 1 y 2.
Como
resultado de esa fascinación hacia lo místico, espiritualista y
sensacionalista, los corintios estaban cayendo en una práctica desordenada,
antibíblica y contraria a la labor del Espíritu Santo, de tal manera que
algunos, en su supuesta manifestación de dones extáticos, como el de las
lenguas o las profecías, estaban haciendo declaraciones que, evidentemente,
eran opuestas al Espíritu de Dios.
Algunos,
cuando estaban bajo el control frenético de una manifestación emotiva, ya sea
hablando en lenguas o dando profecías, supuestamente por el don del Espíritu,
decían que Jesús era anatema, es
decir, maldito. Ahora, ¿cuál espíritu estará interesado en maldecir a Jesús?
Indudablemente, Satanás y sus huestes de maldad. Ellos aborrecen a Jesús y al
evangelio, de manera que, no sería extraño encontrarlos influenciando a algunas
personas en este tipo de reuniones, las cuales
no eran más que una imitación de los cultos idolátricos y de misterio
del mundo greco-romano. El diablo, y no el Espíritu Santo, estaba produciendo
imitaciones de los verdaderos dones de la gracia, pero, estas imitaciones podían
ser fácilmente detectadas: Primero, si había un ambiente espiritualista, con
emociones exacerbadas, movimientos descontrolados y un frenesí en el cuerpo o
el alma; entonces, eso era paganismo, no cristianismo. Segundo, si dentro de
las manifestaciones sobrenaturales las personas hacían declaraciones que
contradecían a las Escrituras o enfatizaban otras cosas, despreciando a Jesús;
entonces esto era producido por aquellos que están detrás de los ídolos mudos,
es decir, los demonios.
Pablo
mismo dijo que detrás de cada ídolo están los espíritus demoníacos: “Antes digo, que lo que los gentiles
sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios” (1 Cor. 10:20), esto
significa que nosotros no debemos tener relación alguna con ningún culto donde
se ore, cante, invoque, postren, reverencien o adoren a cualquier otra cosa
distinta a Dios. Tener comunión con estos cultos es tener comunión con los
demonios. De allí que no podemos reconocer al catolicismo romano como una
iglesia verdadera, pues, ellos reverencian a los demonios que están detrás de
cada una de sus imágenes, tal vez será por eso que las fiestas patronales
terminan en borracheras, bailes sensuales, fornicaciones y toda suerte de
pecado.
Pero
este pasaje está escrito en relación directa con los dones espirituales, lo
cual, necesariamente, nos lleva a pensar que cuando una iglesia o grupo de
personas se reúnen con el fin de experimentar cosas misteriosas,
sensacionalistas, místicas y espiritualistas; está abriendo las puertas, no
para el accionar del Espíritu Santo, pues, así no actúa él, sino a los
demonios, y por el poder de los demonios pueden sentir todo lo que desean
experimentar, e incluso, pueden hablar en lenguas, hacer milagros y dar
profecías. ¡Qué peligro tan grande!
El
peligro yace en que, cuando los demonios actúan imitando los dones del
Espíritu, en ese ambiente supersticioso que algunos grupos o personas
denominadas creyentes abren; ellos no se presentan como entes de oscuridad,
sino por el contrario, como emisarios de luz, paz y amor. Pablo lo dijo en otro
lugar: “… porque el mismo Satanás se
disfraza como ángel de luz” (2 Cor. 11:14). Eso fue lo que le sucedió a
José Smith, el fundador de los mormones. Él, influenciado por su mística madre,
deseaba tener experiencias sobrenaturales con el Señor, no estaba conforme con
la veracidad, poder y suficiencia de la Palabra; en consecuencia, él tuvo una
experiencia sobrenatural: un ángel de luz se le apareció y le indicó dónde
encontrar una tablas de oro que contenían historias y declaraciones adicionales
a la Biblia, las cuales, según el ángel Moroni, debían ser creídas para ser
salvos. Smith experimentó paz, amor y luz. Él pensaba que eso venía de Dios,
pero realmente era Satanás, disfrazado de ángel de luz. Como resultado de esa
experiencia, el grupo de los mormones, los cuales siguen las enseñanzas de esas
tablas, creen doctrinas totalmente erróneas sobre Cristo y sobre Dios. Sus
doctrinas son opuestas a la Biblia.
Ahora,
a Jesús no solo se le llama maldito cuando con nuestras palabras lo decimos
textualmente, sino, también, cuando, supuestamente bajo el actuar del Espíritu,
se dan profecías en nombre de la virgen María, alguno de los apóstoles o
mártires, o en nombre de un ángel, o se exalta a otra persona distinta a Jesús;
pues, el Espíritu no vino para exaltar a nadie más, sino solo a Cristo: “Él me glorificará” (Juan 16:14).
La
fascinación por el don de las lenguas estaba conduciendo a los corintios a
confundir la verdadera manifestación de este don con las manifestaciones
sobrenaturales que se daban en los cultos paganos, donde, obviamente, quien
producía el hablar en lenguas no era el Espíritu Santo sino los demonios. “Los
que han tenido contacto con la santería, la umbanda y el culto a María Lionza,
saben que a menudo los miembros de estas
sectas caen al suelo, se sacuden, tiemblan, y hablan por influencia de
espíritus inmundos. Con frecuencia hablan en idiomas desconocidos. El fenómeno
de la glosolalia ocurre no solamente en el cristianismo, sino también entre los
sufíes, los hindúes, los budistas y en el chamanismo.[2]
Ahora,
una de las pruebas más fehacientes de la manifestación o presencia del Espíritu
en una persona es la confesión de que Jesús es el Señor. No se trata solo de
verbalizarlo, pues, Cristo dijo que en el día final algunos reprobados le dirán
“Señor, Señor”; sino de una convicción real, profunda y transformadora. Una de
las declaraciones más poderosas que el Espíritu Santo produce en la boca de los
que tienen su Santa presencia, no son las lenguas, no son misterios ocultos,
sino la declaración más grandiosa que se
puede hacer en todo el mundo: Jesús es el Señor, Jesús es mi Señor. Muchos
eruditos podrán estudiar la teología y la Biblia en sus lenguas originales,
pero la convicción de que Jesús es el Señor del universo sólo la puede dar el
Espíritu Santo. Ahora, todo creyente que confiesa de corazón esta verdad, dice
Pablo, tiene al Espíritu Santo. La evidencia de ser llenos de él no son las
lenguas u otro don en particular, sino la confesión sincera de que Cristo es
nuestro Señor.
4. Los dones del
Espíritu son dados en el marco de la actividad del Dios Trino. V. 3-6
“Ahora bien, hay
diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de
ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero
Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo”. En estos pasajes
Pablo quiere dejar en claro que, a diferencia del paganismo, donde las personas
creían que algunos poderes venían de un espíritu y otros poderes venían de otro
espíritu; en el cristianismo creemos que todas las facultades espirituales y
dones provienen de un mismo Espíritu. Es probable que algunos pensaran que
tenían un espíritu superior sobre ellos, especialmente porque tenían
capacidades espectaculares de hablar en lenguas o dar mensajes extáticos. Pero
Pablo les enseña que sólo hay un Espíritu y que todos los dones provienen de
él, sean estos espectaculares o no.
El Espíritu no se limita a dar un solo don, pues, algunos
pensaban que el único don que debían manifestar era el de las lenguas, y si
acaso, el de las profecías; pero Dios ha diseñado una multiplicidad de dones para
la iglesia, y éstos son dados de manera soberana a cada uno de sus miembros. Pero,
a pesar de la diversidad de dones que él da a la iglesia, hay unidad en la
misma. Los variados y distintos dones no son para la división, sino para la
unión.
Ahora, el Apóstol también resalta la verdad de que no hay
ninguna actividad divina que se haga de manera aislada o separada por los
distintos miembros de la Trinidad, sino que se da una concurrencia entre ellos.
Lo mismo sucede con los dones espirituales, aunque se puede decir que son dados
por el Espíritu, pues, esta es la persona encargada en el Pacto de Gracia para
ejercer dicho oficio, siendo que ellas no actúan separadas, entonces, también
se puede decir que los dones espirituales son los dones del Señor (Jesús) y de
Dios (Padre).
El apóstol usa una
palabra distinta para referirse a los dones en relación con cada persona de la
Santa Trinidad: Con relación al Espíritu Santo usa la palabra pneumaticon, que significa, dones
espirituales. Con relación al Hijo (Señor),
usa la palabra diakonion, que
significa, servicios. Y con relación al Padre (Dios), usa la palabra energemata, que significa, actividades,
de donde vienen las palabras españolas energético, energía o enérgico.
Consideramos que las
tres palabras denotan la acción de cada persona de la Trinidad en la expresión
y uso de cada uno de los dones espirituales:
- Siendo que provienen
del Espíritu Santo, entonces son espirituales, sobrenaturales; no son
producidos por el hombre.
- Jesús, el Señor, hace
que estos dones sean para el servicio o ministración de la iglesia.
- El Padre los energiza
o dinamiza con su poder, de manera que los dones no se mantengan inactivos o
pasivos y que estos sean efectivos.
Ilustremos esta verdad
con un ejemplo: El Espíritu Santo ha dado a un pastor el don de predicar o
enseñar, esta no es una capacidad generada por el hombre, sino un don de gracia
recibido del Espíritu. Jesús, conduce a este hombre a usar este don no para el
bienestar personal, o el orgullo propio; sino que lo lleva a predicar buscando
el bienestar de las almas que han sido puestas bajo su cuidado. Pero, a pesar
de que este hombre tiene el don y pueda predicar de una forma expositiva clara,
el mensaje se comunicará de manera efectiva si Dios el Padre vitaliza o da el poder
a la predicación, de manera que llegue convincentemente a las almas que le
escuchan.
Ahora, siendo que los
dones del Espíritu son las operaciones del Señor Jesús vigorizadas por el poder
de Dios Padre, es decir, son obra de la Trinidad, todos los que rechazan esta
preciosa doctrina también rechazan los verdaderos dones del Espíritu. Si un
grupo que se llama cristiano niega la divinidad de Cristo, la personalidad del
Espíritu o la existencia de un Dios Trino, es imposible que ellos puedan
experimentar los dones verdaderos; cualquier cosa parecida que ellos tengan no
será más que una imitación; pues, Dios no está presente salvadoramente en medio
de sectas que rechazan las doctrinas fundamentales de la Palabra de Dios.
Grupos que se llaman
cristianos, donde supuestamente se manifiestan los dones espirituales en nombre
de María, los santos que han muerto o los ángeles; no son más que sectas
apartadas del tenor de las Sagradas Escrituras y de la clara enseñanza del
apóstol Pablo en esta epístola.
5. Estos dones
son dados de manera soberana por el Espíritu. V. 7-11
“Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.
Porque a éste es dada por el Espíritu palara de sabiduría; a otro, palabra de
ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro,
dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro,
profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de
lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace
uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”.
Como ya dijimos anteriormente, el apóstol quiere resaltar que no hay razones
para tener orgullo o divisiones a causa de la diversidad de dones espirituales
que existen; pues, todos estos carismas son dados solamente por gracia y de
manera soberana según el Espíritu desea. Aunque luego el apóstol invitará a los
corintios a que procuren “los dones
mejores” (12:31), es claro que el Espíritu es quien decide qué dones dar, a
quién y cuándo darlos o retenerlos. Esta verdad elimina la envidia, el
inconformismo, el orgullo y los celos amargos que surgen entre los cristianos;
pues, si mi don es espectacular y más visible, no es porque en mí hay algo
especial o más espiritual que en los demás, es simplemente la gracia Soberana
del Señor que quiso concederme tal don. De igual manera, si algunos hermanos
tienen dones no tan visibles, es porque así lo quiso el Espíritu.
Pero, a pesar de que
algunos reciban más “talentos” que
otros, todos los dones del Espíritu son de provecho para el cuerpo de Cristo, y
eso es lo más importante. Siendo que hemos muerto a nosotros mismos, ya no
buscamos nuestra gloria, sino la de Cristo, de manera que estaremos contentos
con servir al Cuerpo con los dones que el Espíritu nos haya dado.
6. Todo creyente
recibe, como mínimo, un don del Espíritu. V. 7 y 11
“Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.
Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno
en particular como él quiere”. En
estos pasajes Pablo enseña que cada cristiano recibe, por lo menos un don. No
existe ninguna persona en el mundo que haya nacido de nuevo y no haya recibido
un don espiritual para el servicio de la Iglesia.
Pablo compara la necesidad
de la actividad de cada miembro de la iglesia con los miembros del cuerpo
humano. Así como cada parte del cuerpo se necesita para que éste funcione bien,
y cuando algún miembro se enferma o debe ser extraído, el cuerpo sufre
problemas; lo mismo sucede con la iglesia. Cada persona miembro de la iglesia,
joven o anciano, blanco o negro, chico o grande, hombre o mujer, judío o
gentil, rico o pobre, empresario o empleado, profesional o con pocos estudios;
todos son fundamentales para el buen funcionamiento de la iglesia, porque todos
han recibido dones de la gracia para el crecimiento y la edificación del cuerpo
de Cristo.
No sólo los pastores o
maestros han recibido dones, cada miembro, por muy nuevo que sea en la fe,
tiene dones del Espíritu; y es su deber descubrirlos y ponerlos al servicio de
la iglesia, conforme a los roles que Dios ha asignado y al orden establecido
por la Palabra.
Ahora, muchos hermanos
y hermanas se preguntan ¿cuál es el don que yo tengo? Y al comparar el listado
de dones de 1 Corintios 12 llegan a la conclusión que no tienen ninguno. Pero
pensar que los dones del Espíritu son únicamente los mencionados en Corintios
es un gran error. En ninguna parte de la Biblia se nos da un listado completo
de los mismos, realmente, el Señor tiene una variedad inconmensurable de los
mismos. Por ejemplo, Cristo y Pablo dicen que la soltería o la continencia es
un don de la gracia. Además, en la Biblia se nos mencionan otros dones
espirituales como: El don de servicio, el don de enseñar, el don de animar, el
don de repartir, el don de presidir y el don de la misericordia.
7. Los dones del Espíritu son diversos, de distinto valor pero
necesarios y ninguno de ellos es la única prueba de la presencia del Espíritu
Santo en la vida del creyente. V. 12-30
“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene
muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo
cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados
en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos
dio a beber de un mismo Espíritu. Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino
muchos. Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no
será del cuerpo? Y si dijere la oreja: porque no soy ojo, no soy del cuerpo,
¿por eso no será del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estará el
oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estará el olfato?
Relacionado
con el pasaje anterior, Pablo continúa enseñando la doctrina sobre la obra del
Espíritu al dar sus dones de gracia a la Iglesia. Ahora él mostrará, utilizando
la ilustración del cuerpo, que no sólo hay diversidad de dones, sino que estos,
realmente, son de distinto valor, es decir, algunos producen más frutos que
otros; no obstante, todos son necesarios para la edificación del cuerpo de
Cristo.
En el verso
28 se da un listado de dones en orden de importancia: el primer don importante
es el de apóstol, luego el de profetas, luego el de maestros, y Pablo concluye
presentando como el último don en importancia el de las lenguas. Creo que es
muy diciente este orden, pues, los creyentes corintios habían cambiado el orden
de importancia, y pensaban que el don de las lenguas era el más productivo.
Todos anhelaban hablar en lenguas, y Pablo les muestra que en el orden de importancia
este es uno de los menos fructíferos. Por esa razón luego les dirá: “Así que, quisiera que todos vosotros
hablaseis en lenguas (si esto es lo que ustedes quieren), pero más que profetizaseis, porque mayor
es el que profetiza que el que habla en lenguas” (14:5).
Ahora,
Pablo, por medio de la ilustración del cuerpo humano, les hace ver que es
absurdo pretender que todos tengan el mismo don. Si todos hablan en lenguas, es
como si el cuerpo estuviese compuesto solo por la lengua, ¿acaso no se necesita
el oído, las manos o los pies? Razonar que todos los creyentes deben manifestar
un don en particular como prueba de la presencia del Espíritu en sus vidas, es
contrario a la lógica que Pablo utiliza en este capítulo. Él concluye diciendo:
“¿Son todos apóstoles? ¿Son todos
profetas? ¿Todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de
sanidad? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?” (v. 29-30), la
respuesta que se espera es: No.
Por lo
tanto, cuando algunos creyentes establecen un don, como el de las lenguas, como
señal de haber sido bautizados por el Espíritu, están cometiendo un grave
error. Pero, algunos creyentes en los últimos cien años han desarrollado la
siguiente lógica:
Siendo que
en Pentecostés todos hablaron en lenguas como señal de haber sido llenados del
Espíritu, entonces todos los creyentes hoy día también deben hablar en lenguas
cuando son bautizados por el Espíritu; pero si nosotros les decimos que Pablo
dice en Corintios que no todos hablan en lenguas; entonces ellos responden que
las lenguas de Corintios (glosolalia) son distintas a las de Pentecostés
(idiomas humanos no aprendidos de manera natural). Entonces, supondría uno,
siguiendo la misma lógica, que las lenguas que deben hablar los que acuden a
esta supuesta señal del bautismo del Espíritu son los idiomas humanos (como sucedió
en el día de Pentecostés), pero, la realidad es que lo que ellos hablan no son
idiomas de pueblo alguno; y cuando los confrontamos al respecto, ellos dicen:
no, nosotros estamos hablando en las lenguas de los ángeles o en la glosolalia
de 1 Corintios, pero, allí hay un problema, pues, las glosolalias no son para
todo el mundo, pues, era un don del Espíritu que no todos tenían. De manera,
que la lógica usada por algunos es contraria, no sólo a la lógica misma, sino a
la de Pablo, que en últimas, es la del Espíritu. Lo explico mejor con esta
ilustración.
Señal del bautismo del
Espíritu en Pentecostés
|
Don de las lenguas de 1
Corintios
|
Es para todos los creyentes
|
Es sólo para algunos. No es la señal del bautismo del Espíritu,
sino un don
|
Son idiomas humanos no aprendidos
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Es la glosolalia
|
Nadie habla hoy estos idiomas sobrenaturalmente
|
Pero hoy día todos los creyentes son animados a hablar las
glosolalias, como prueba del bautismo del Espíritu
|
¿? ¿Qué pasó? Esto es una contradicción
|
Ahora, a
pesar de que algunos dones tienen un valor productivo mayor que otros, esto no
significa que Pablo esté llamando a los creyentes de Corinto a desechar los
dones menores para buscar los mayores. De ninguna manera, toda la ilustración
que usa del cuerpo es para recalcar que cada uno de los creyentes, habiendo
recibido por lo mínimo un don, está llamado a ejercitarlo para el bienestar de
la iglesia. Si un miembro del cuerpo se atrofia, el resto del cuerpo sufre, así
sea un miembro pequeño, oculto, y aparentemente insignificante.
No hay
miembros inútiles en el cuerpo humano, mucho menos en el cuerpo de Cristo. Es
importante resaltar lo que dice Pablo al respecto: “Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más
necesarios” (v. 22). Algunos aspiran a ser pastores o predicadores, y las
damas pueden resentirse con Dios porque no les permite desempeñar el rol de
predicadoras o directoras de culto, pero, ¿quién dijo que sólo los dones
públicos son necesarios? No, la verdad es que aquellos dones que no son tan
visibles se convierten en la fuerza que sostiene el crecimiento real de la iglesia. Las hermanas de mayor edad son
tan necesarias en la iglesia como los pastores o diáconos. Ellas sostienen la
predicación de los pastores y la labor de los diáconos con sus oraciones
constantes. Si no fuera por las plegarias de estas incógnitas hermanas ninguna
predicación sería efectiva, ni ninguna labor en la iglesia tendría valor real
para el Reino de Dios, pues, al Señor le place usar los dones menos visibles de
humildes hermanos y hermanas para dar bendición a los dones más visibles.
El mismo
mandato que Pablo le da a los pastores, maestros y líderes eclesiásticos,
también se lo da a los hermanos y hermanas que tienen dones espirituales menos
visibles: “No apaguéis al Espíritu”
(1 Tes. 5:19), es decir, mantengan activos los dones que Dios les ha dado, ejercítenlos
para el bienestar de la asamblea donde el Señor les ha puesto.
Pero este
principio no sólo es para que cada uno ejercite sus dones, sino para que todos
estemos dispuestos a ser edificados por los variados dones que el Espíritu da a
la iglesia. Seremos edificados por los pastores y maestros, pero también por
los que administran, los que dan, los que exhortan, los que consuelan, los que
ayudan, entre otros.
8. Todos los dones del Espíritu deben ser usados en amor. Capítulo
13
Algunos se
preguntarán, ¿por qué Pablo insertó un capítulo dedicado al tema del amor
cristiano en medio de sus instrucciones sobre los dones espirituales? ¿Qué
tiene que ver el amor con los dones del Espíritu? Definitivamente lo tiene que
ver todo.
Para
entender la conexión que existe entre los dos temas es necesario recordar que
la Biblia, en sus idiomas originales, no contenía capítulos y versículos.
Cuando Pablo escribió el tema de los dones no lo escribió dividiéndolo entre
los capítulos 12, 13 y 14. No, era una línea de pensamiento ininterrumpida, de
manera que los corintios leyeron originalmente la última parte del 12 y la
primera del 13 así: “Procurad, pues, los
dones mejores. Mas yo os muestro un camino aún más excelente. Si yo hablase
lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que
resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los
misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase
los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para
dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no
tengo amor, de nada me sirve”.
Esta
conexión entre los dos capítulos nos muestra que Pablo cree en la necesidad de
la expresión de los dones espirituales, pues, son para la edificación de la
iglesia; pero, por encima del más grande de los dones debe estar el amor
cristiano, el cual ha sido derramado por el Espíritu Santo en nuestros
corazones y es a la vez un fruto de la presencia del Espíritu. Pablo no desecha
los dones espirituales, pero sí dice que más importante es la manifestación del
amor. El amor es el don más grande y es el fruto que más productividad tiene.
Amar nos hace semejantes a Cristo y evidencia que la simiente de Dios está en
nosotros, pues, Dios es amor.
Al parecer,
por todo lo que hemos visto, algunos creyentes corintios estaban usando los
dones del Espíritu para mostrarse a los demás, para justificar su arrogancia
argumentando que ellos tenían los mejores dones; pero Pablo les muestra que
todo ese espíritu egoísta, a pesar de los dones que poseyeran, estaba
impidiendo que la Iglesia realmente fuera edificada, pues, sin el cimiento y el
ornato del amor, ninguna manifestación sobrenatural será de utilidad. El amor
es esencial para el cristiano y para el cuerpo de Cristo. El amor es como la
sangre que da y sostiene la vida, sin él todo está muerto aunque se dé un
despliegue de supuesta espiritualidad.
Cuánto
engaño hay en nuestros corazones, pues, podemos usar los dones de la gracia, no
para la edificación del cuerpo, sino para el incremento de nuestro orgullo. Los
corintios se hacían daño el uno al otro basados en los dones sobrenaturales
recibidos, ¡cuánto pecado es usar al Espíritu para ofender o herir a los más
pequeños!
No podemos
hacer una exposición completa del capítulo 13, pero es necesario afirmar que
los dones del Espíritu, sí han de edificar al cuerpo de Cristo, deben ser
alimentados y revestidos de la actitud correcta: ejercitarlos en amor.
Es
interesante ver que Pablo inicia el capítulo 13 hablando de varias clases de
dones: Primero habla de las lenguas, no porque éste sea el don más importante,
pues, en el capítulo 14 mostrará que este don tiene poco valor fructífero,
tanto para el que habla como para el que oye; sino porque era el don más
deseado, era el más espectacular, pues, hablar en Chino o en Latín o en Árabe,
sin haberlo aprendido, eso es algo que llama la atención. Cuando una persona
habla varios idiomas, esto causa admiración, mucho más si estos no fueron
aprendidos naturalmente, sino que se dan por la acción de un don sobrenatural.
Así que los
creyentes corintios anhelaban que llagaran los cultos para dar una demostración
de las capacidades que cada uno tenía: unos oraban en latín, otros en Chino,
otros en Japonés, otros en la lengua de los Egipcios, en fin, los cultos se
convertían en una torre de Babel, lleno de confusión, desorden y orgullo. El
amor no hace eso, el amor no busca lo suyo, no se irrita ni trata de irritar a
los demás.
Pero no
sólo las lenguas se pueden convertir en un medio de orgullo, también las
profecías, el don de ciencia, el don de conocimiento, el don de fe y hasta el
filantrópico don de dar; todos pueden ser instrumentos para la jactancia
humana. Aunque Pablo no menciona el don de maestro o pastor, creo que el mismo
razonamiento se aplica a todos. Podemos usar los dones de la gracia para
nuestro orgullo, y en vez de edificar al cuerpo, destruirlo.
A pesar de
los muchos dones que la Iglesia local de Corinto poseía, ellos estaban
desviándose de la doctrina y práctica apostólica.
Mientras
algunos hablaban en idiomas desconocidos por los oyentes, otros miembros
estaban practicando los pecados más aberrantes del mundo, de tal manera que los
paganos mismos se sorprendían de cuán pecaminosa era esta comunidad cristiana.
Incluso, mientras algunos daban profecías o manifestaban los dones de
conocimiento, ellos estaban desarrollando un sistema de doctrina opuesto a la
doctrina de Cristo, negando Su resurrección y profanando la Santa Cena.
Sin el
amor, hasta los dones más excelsos pueden ser corrompidos. Sin el amor, hasta la
doctrina más pura puede ser usada como instrumento de maldición. Sin el amor,
hasta los sacrificios más grandes pueden ser sin frutos delante de Dios.
La palabra
usada por Pablo aquí para amor es “Ágape”,
es decir, un amor sacrificial. El amor que debe caracterizar el uso de los
dones espirituales, para que sean fructíferos, es el amor basado en la muerte
de uno mismo. No buscamos nada para nosotros, pues, estamos muertos a nosotros
mismos. “No busca lo suyo”, no busca
gloria, no busca reconocimiento, no siente envidia porque Dios haya dotado con
mejores capacidades espirituales a otros miembros, no se jacta de lo que tiene,
pues, todo se debe a la gracia de Dios, y si es por gracia, no es por obra o
mérito propio.
Esta clase
de amor ágape, basado en la muerte de uno mismo, no se jacta de los grandes
frutos que Dios da por medio de los dones que se han recibido, no se envanece,
no hace nada indebido (esto fue un mensaje duro para los corintios, pues, ellos
estaban convirtiendo el culto en una torre de Babel cuando todos pretendían
hablar en lenguas a la misma vez; y no dejaban lugar para la predicación; esto
era algo indebido, ellos debían hablar sus lenguas en privado, no en público).
El amor Ágape no guarda rencor contra Dios porque no le dio dones
espectaculares, ni contra los demás porque otros tengan mejores dones. El amor
Ágape no se goza de la injusticia (del pecado), mas se goza de la verdad; ellos
no veían problemas en que un miembro de la iglesia estuviera teniendo
relaciones íntimas con su madrastra. Ellos tenían los dones del Espíritu, pero
no tenían el amor del Espíritu.
9. Definición y clasificación de los dones del Espíritu:
temporales y permanentes
El apóstol
Pablo da un listado de 9 dones en la carta a los corintios, pero esta no es una
lista exhaustiva, sino que es complementada en otros pasajes como en Romanos
12:6-8. De estas dos listas tenemos que los dones del Espíritu son:
1. Palabra de Sabiduría
2. Palabra de ciencia
3. Fe
4. Dones de sanidades
5. Hacer milagros
6. Profecía
7. Discernimiento de espíritus
8. Diversos géneros de lenguas
9. Interpretación de lenguas
10. Apóstoles
11. Profetas
12. Maestros
13. Los que ayudan
14. Los que administran
15. Servicio
16. Enseñanza
17. Exhortar
18. Repartir
19. Presidir
20. Hacer misericordia
Estos
dones, por su naturaleza, pueden ser clasificados así:
a.
Sobrenaturales o de milagros: Fe, dones de sanidades, hacer milagros
b. De
revelación: Profecía, géneros de lenguas, interpretación de lenguas
c.
Pedagógicos: Sabiduría, conocimiento, enseñanza
d. De
servicio: Los que ayudan, los que administran, servicio, repartir, presidir,
hacer misericordia
e. Ministeriales
o dones-hombres: Apóstoles, profetas,
evangelistas, pastores-maestros
Primero
vamos a dar una breve descripción de la naturaleza de estos dones, y luego
presentaremos una clasificación necesaria sobre los mismos, pues, según su
naturaleza y propósito, algunos tenían el carácter de permanentes, mientras que
otros eran temporales, es decir, fueron dados para cumplir un propósito, y una
vez se alcanzó este fin no continuaron en la iglesia.
1. Palabra de sabiduría. Es la
habilidad de hablar sabiduría divina por el Espíritu Santo. Pablo tenía este
don y lo usó para hablar de la cruz de Cristo, lo cual es sabiduría celestial
(1 Cor. 1:21-23). También se cree que este don es la capacidad de conocer cuál
es la mente del Espíritu Santo en una situación definida con el fin de resolver
alguna necesidad inmediata. Por ejemplo, Santiago, luego de escuchar los testimonios
de Pedro, Pablo y Bernabé; propuso una solución en consonancia con la voluntad
de Dios, de manera que se resolvió la disputa que existía entre los creyentes
judíos y los gentiles respecto al tema de la circuncisión (Hch. 27:22-26). Hoy
día todos los creyentes son llamados a buscar la sabiduría de lo alto, y pueden
conocer la voluntad de Dios a través de su Palabra escrita. Los pastores y
otros servidores de la iglesia pueden ser usados por el Señor para dar una
palabra de sabiduría en una situación especial, pero no por el ejercicio de un
don sobrenatural, como sucedía en los tiempos bíblicos, sino por la gracia del
Espíritu usando Su Palabra en la mente del instrumento.
2. Palabra de conocimiento. Es muy
parecido al don anterior, y en ciertas ocasiones se traslapan en las
Escrituras. Pero podemos decir que este don se relaciona con el conocimiento
íntimo y personal de Dios, el cual no es producto del intelecto, sino que es
una aprehensión muy especial e íntima de la relación personal que el creyente
tiene con Dios como su Padre. Todos los creyentes podemos disfrutar en cierto
grado de este conocimiento, pero a algunos el Espíritu Santo les concede este
don especial, el cual debe ser usado para el beneficio de los demás creyentes.
3. Fe. No se trata del don de la
salvación o de la capacidad para creer en Cristo, la cual el Espíritu da a
todos los elegidos, sino de un don definido para personas definidas. Es
probable que este don se relaciona con aquella fe que puede trasladar montañas
(Mt. 17:20). Este don forma parte de los dones sobrenaturales o de milagros.
Encontramos el don de la fe manifestado de una manera especial por los
apóstoles, quienes se enfrentaron con el sanedrín valientemente, sortearon
tormentas en el mar sin salir malogrados, fueron mordidos por serpientes
venenosas y no les pasó nada. Hoy día nadie este don, pero de seguro que muchos
creyentes son beneficiados por la gracia en una fe fuerte para confiar en Dios
en medio de las adversidades. Un ejemplo de esta fe fue la de Jorge Muller,
quien pudo confiar en Dios para el sustento de todos los orfanatos que creó en
Inglaterra, sin pedirle dinero a nadie. Él confiaba que Dios le daría la
provisión, y ésta diariamente llegaba como respuesta a sus oraciones de fe.
4. Dones de sanidades. Forma
parte de los dones sobrenaturales o de milagros, y está muy relacionado con el
don de la fe. Este don fue manifestado especialmente por los apóstoles y
algunos diáconos. Pedro sanó a muchos enfermos con solo ordenar que fueran
sanos, en otras ocasiones el milagro se hacía sólo con su sombra. Pablo también
sanó a muchos cojos y enfermos. Este don no necesitaba que las personas oraran
para que Dios hiciera un milagro, sino que, a causa del don, ellos podían
ordenar al enfermo que se levantara y efectivamente eran sanados. Hoy día nadie
tiene este don, pero Santiago dice que cuando alguien esté enfermo debe pedir a
los ancianos de la iglesia que oren por él, y si los ancianos oran con fe, será
levantado. Ahora, la fe por sí misma no garantiza la sanidad, pues, Pablo oró
por su salud y Dios le dijo que no lo sanaría, que la gracia lo sostendría en
medio de la aflicción. Aunque una persona tuviera el don de sanidad, esto no
significaba que podría sanar a todas las personas enfermas que se le acercaran,
pues, también Pablo dice “a Trófimo dejé
en Mileto enfermo” (2 Tim. 4:20) y a Timoteo, quien frecuentemente se
enfermaba a causa de su estómago, no le sanó sino que le recomendó tomar vino
(una medicina de ese tiempo).
5. Hacer milagros. Forma
parte de los dones sobrenaturales. Este don consiste en que Dios, a través del
medio humano, causa una suspensión temporal de las leyes de la naturaleza, para
hacer algo extraordinario. Este don lo encontramos manifestado en muchos
hombres, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. A
través de ellos Dios hizo muchos milagros, como el
paso en seco por en medio del Mar Rojo. Igualmente el Señor hizo milagros
portentosos a través de Josúe (detener el sol), Elías y Eliseo obraron
numerosos actos milagrosos, los tres amigos de Daniel caminaron dentro de un
horno de fuego, sin ser consumidos. Daniel estuvo a salvo dentro de una cueva
de leones. Igualmente en el Nuevo Testamento encontramos la manifestación
abundante de este don: Durante el ministerio de Cristo ocurrieron más milagros
que en cualquier otra época; los apóstoles hicieron también muchos milagros,
resurrecciones, liberación milagrosa de la cárcel, entre otros. Nadie tiene
este don hoy día, pero eso no significa que Dios no pueda o no haga milagros en
la actualidad. Él escucha las oraciones de Su pueblo y responde cómo él quiera.
6. Profecía. Este don es el más
importante entre los dones de comunicación, y guarda estrecha relación con el
trabajo conjunto de los dones de lenguas e interpretación de lenguas. En la
iglesia primitiva este era un don muy necesario, pues, ellos no tenían la
Palabra de Dios completa, ni tenían a los apóstoles a la mano en todo tiempo y
lugar para pedir dirección respecto a la doctrina y otros asuntos vitales de la
misma; de manera que el Espíritu dotó a algunos hermanos para que proclamaran
la voluntad de Dios a Su pueblo; en forma similar a como lo hicieron los
profetas en el Antiguo Testamento. La función de la profecía era comunicar la
voluntad de Dios; hoy día los creyentes tenemos más ventajas que la iglesia
apostólica, pues, ahora poseemos toda la revelación de Dios, y cuando los
pastores predican, están proclamando la profecía; pero también cuando los hermanos
y hermanas, entre ellos, comparten las verdades de la Escritura, también están
profetizando, y este es el más grande cumplimiento de la profecía de Joel 2. A
través del don de profecía también se predecían cosas relacionadas con el Reino
de Dios, como en el caso de Agabo, quien anunció que vendría una gran hambre
sobre Judea y el apresamiento del apóstol Pablo. Estas predicciones no eran de
índole personal, sino que se relacionaban con el avance del Reino de Dios. Hoy
día muchas personas pretenden
tener este don, pero por lo general lo usan para supuestamente pronosticar
cosas personales, saber quiénes están enfermos o a quiénes sanará el Señor;
pero este no era el uso del don en las Sagradas Escrituras.
7. Discernimiento de espíritus. Este
don daba la capacidad de distinguir o diferenciar a los falsos profetas o
predicadores de los verdaderos. Espíritus no hace referencia a la capacidad de
ver los demonios o los ángeles, sino de discernir el accionar de los espíritus
detrás de las personas, especialmente de los profetas o predicadores (como
luego lo explicará el apóstol Juan en sus cartas). Falsos maestros entrarían a
la iglesia, y en un tiempo cuando la revelación no había sido completada, era necesaria
una capacidad sobrenatural para discernir en nombre o por acción de qué
espíritu obraban ellos. Hoy día no se necesita este don, pues, ya tenemos la
revelación completa la cual nos permite discernir las falsas doctrinas de las
verdaderas, o los falsos profetas de los verdaderos. Muchas personas siguen
presa de los falsos pastores porque conocen muy poco las Sagradas Escrituras.
8. Diversos géneros de lenguas e interpretación de lenguas. Los eruditos bíblicos no se ponen de acuerdo respecto a las
glosas mencionadas en 1 Corintios. Algunos creen que se trata de la misma
capacidad que el Espíritu dio en Pentecostés de hablar idiomas conocidos en el
mundo, pero no aprendidos naturalmente por el que tiene el don; mientras que
otros creen que la palabra “glosa” da
a entender una nueva lengua, no conocida ni hablada en el mundo.
Independientemente de cuál sea la correcta interpretación, lo cierto es que
este don consistía en hablar una lengua extraña o desconocida por el que
hablaba y por los que escuchaban. Estas lenguas se usaban para la adoración
privada y. combinadas con el don de interpretación, servían para dar mensajes a
la iglesia, es decir, profecías. Estos dones fueron necesarios al comienzo de
la iglesia para guiar a los santos en la fe del Evangelio cuando aún la mayoría
de las comunidades no tenían acceso a la revelación total de la Palabra. Una
vez se completó el canon no se hizo necesario estos dones de revelación, por lo
cual, entre el primer y el segundo siglo cesaron.
9. Apóstoles. Este don encabeza el
listado de dones-hombres que Cristo da a la iglesia. Pablo lo enseña claramente
en la carta a los Efesios capítulo 4. Cristo dota a algunos hombres, por el
Espíritu Santo, para que sean Apóstoles que establecen el fundamento de la
iglesia. Fueron escogidos directamente por Cristo. Una vez que el fundamento
fue puesto (la revelación completa) este don también cesó. Además de los doce,
el Nuevo Testamento extiende la designación de Apóstol a Pablo y a Bernabé.
Pablo no está enseñando que cada iglesia tenía apóstoles, pero sí que este fue
el don de los fundamentos, el cual benefició y sigue beneficiando a toda la
iglesia.
10. Profetas. Este don le sigue en
importancia al de apóstol, pues, los apóstoles eran ancianos o pastores universales
sobre todas las iglesias, mientras que los profetas obraban en iglesias locales
específicas. Los apóstoles eran profetas, pero los profetas no eran apóstoles. Los apóstoles hablaron y
escribieron con la autoridad de los profetas del Antiguo Testamento, y los
profetas del Nuevo Testamento participaron, junto con los apóstoles, en el
establecimiento del fundamento de la Iglesia. Así como en el Antiguo
Testamento, los mensajes de los profetas en el Nuevo Testamento también debían
ser evaluados, pues, había falsos profetas. Aunque los profetas
nuevotestamentarios podían predecir eventos, su labor principal era la
enseñanza o proclamación de la Palabra de Dios, recibida de manera
sobrenatural, y en esto se diferenciaban de los maestros. Las iglesias tenían
profetas y maestros. Los profetas estaban en un orden superior al de los
ancianos, pues, ellos ponían el fundamento por medio de las enseñanzas
autoritativas recibidas sobrenaturalmente del Espíritu Santo. Los ancianos
debían enseñar y pastorear de acuerdo a esta doctrina enseñada por los
apóstoles y profetas. En la medida que las Iglesias recibían las Escrituras
canónicas o autorizadas de manera completa, el don de profeta fue
desapareciendo, hasta que en el siglo II prácticamente ya no lo encontramos en
ejercicio. Hoy día no existe este don, pues, su tarea era poner el fundamento
de la Iglesia, y éste ya fue puesto en el siglo I. Pero los ancianos, maestros
y predicadores tienen la responsabilidad de proclamar la Palabra profética que
los verdaderos profetas anunciaron bajo la autoridad del Espíritu Santo.
Ahora, al ver las definiciones de los dones debemos preguntarnos: ¿están todos estos dones vigentes en el día de hoy? Si es así, ¿cómo podemos hacer para conocer si la manifestación o expresión de los mismos son producidos por el Espíritu Santo, por un espíritu maligno o por la carne? ¿Por qué en algunas gloriosas épocas de la iglesia, como la patrística, la reforma del siglo XVI y el puritanismo muchos de estos dones no se manifestaron? ¿Si los dones como los de apóstol o profeta tenían carácter permanente, cómo podemos identificar a los verdaderos apóstoles y profetas? ¿Quién los nombra? ¿Qué características deben tener?
Indudablemente,
el tema de la continuidad o permanencia de los dones del Espíritu en el período
de la iglesia cristiana ha sido de mucha controversia, y no es para menos;
pues, al deseo sincero de experimentar la presencia del Espíritu Santo en
nuestras vidas, se suman nuestras emociones, nuestra propensión hacia lo
místico y misterioso; de manera que esta combinación puede producir
manifestaciones que tienen apariencia de sobrenatural; lo cual se puede
confundir con una verdadera experiencia del Espíritu, la cual también afecta
nuestra mente y nuestras emociones. El campo de lo espiritual incluye una
sensibilidad emocional muy alta, y ésta puede ser influencia por varios
elementos de la naturaleza humana, y pueden ser confundidos con la presencia o
manifestación del Espíritu.
En
distintas épocas de la historia de la Iglesia algunas personas han reclamado
tener o poseer algunos dones del Espíritu, como el de las lenguas, las
profecías, los milagros o las sanidades. Ahora, esta no ha sido la
característica preponderante en la historia de la iglesia de Cristo luego del
siglo I, ni de las personas o iglesias más apegadas a la ortodoxia. Una inmensa
mayoría de creyentes, incluyendo a muchos piadosos y eruditos pastores y
teólogos, han enfatizado que los dones que pueden ser llamados milagrosos o
sobrenaturales desaparecieron de la iglesia entre la última parte del siglo
primero y las primeras décadas del segundo.
De manera
especial, a comienzos del siglo XX, un grupo de cristianos de algunas
denominaciones tradicionales, como las iglesias metodistas o de santidad, se
unieron para orar por un avivamiento en medio de una cristiandad occidental
secularizada, fría, ritualista, mundana y apática. El deseo de una renovación
en la iglesia universal crecía más y más, los grupos de oración pululaban por
doquier y en medio de este deseo ferviente se empezaron a escuchar testimonios
en distintos lugares de personas que decían haber experimentado el “bautismo
del Espíritu”, tal y como se dio en el día de Pentecostés, es decir, con la
manifestación del hablar en lenguas. Esto fue acompañado de profecías e
interpretación de lenguas. Luego, algunos creyentes y pastores, influenciados
por este movimiento de renovación, reclamaron para sí el don de las sanidades,
pues, según ellos, oraban por los enfermos y estos eran sanados.
De esta
forma se dio inicio a lo que hoy día es conocido como el movimiento
“pentecostal”, el cual reclama para sí poseer el “evangelio completo” o el
evangelio cuadrangular, es decir, que no sólo tienen a Cristo como el que salva
o el que viene otra vez, sino como el que bautiza en el Espíritu y sana a los
enfermos. Este movimiento creció tanto que logró influenciar a muchas
denominaciones históricas, incluyendo al catolicismo romano, donde surgieron
grupos de creyentes que hablaban en lenguas y manifestaban, supuestamente, los
dones milagrosos. A estos grupos dentro de las denominaciones históricas se les
dio el nombre de carismáticos.
Ahora, no
es la primera vez en la historia que algunos grupos de creyentes procuran tener
un nuevo pentecostés. Casi todos los movimientos premileniales que hacen un
fuerte énfasis en la inminente venida del Señor y en el cumplimiento de las
señales de su retorno, han insistido en que una marca de Su pronta venida será
la restauración de los milagros y dones sobrenaturales de los tiempos apostólicos.
En el siglo
II, Montano, un pagano convertido al cristianismo, empezó a anunciar el
inminente advenimiento de Cristo a la tierra acompañado de un previo derramar
del Espíritu Santo sobre la iglesia, con la manifestación de los dones
sobrenaturales que habían caracterizado al tiempo de los apóstoles un siglo
antes. Ya, a mediados del siglo II, la manifestación de estos dones había
decaído; pero Montano insistía en que la iglesia debía retornar a los tiempos
de los dones milagrosos, de manera que convenció a muchas personas para que
oraran y experimentaran un nuevo pentecostés.
Este grupo
no estuvo ajeno a muchas prácticas y doctrinas controversiales: Montano se
consideraba el profeta elegido de Dios para la iglesia de ese tiempo, sus
seguidores se veían como un grupo selecto de cristianos “espirituales”,
enfatizaban la separación de todo lo que pareciera mundano (fundamentalistas),
anunciaban que Cristo vendría en ese siglo y establecería su Reinado milenial
en la ciudad de Pepusa; pero lo que más preocupó a la iglesia de esa época fue
el anuncio de Montano en el sentido de que con él había iniciado una nueva era
para la iglesia, la era del espíritu; lo cual chocaba contra la convicción de
los cristianos, de que la nueva era había sido introducida por Cristo un siglo
antes, y esta era no dará lugar a otra.
Asimismo,
en el tiempo de la reforma protestante, también surgieron algunos grupos
radicales, especialmente entre los anabaptistas, los cuales no sólo se alejaron
del mundo para conformar grupos separatistas muy rigurosos, sino que algunos de
estos grupos se adjudicaron la capacidad de hablar en lenguas y dar profecías.
Nuevamente, estas manifestaciones estuvieron acompañadas de un fervor extremo
hacia las cosas apocalípticas y la proclamación del retorno inminente de Jesús
en esa fecha.
Igualmente,
la secta de los Testigos de Jehová, los mormones y los adventistas del séptimo
día, con su fuerte insistencia en los temas apocalípticos y el inminente
retorno del Señor, en sus comienzos creyeron tener la manifestación de algunos
dones sobrenaturales, especialmente el de la profecía, de la cual se derivaron
falsos pronósticos, con fechas exactas, del cumplimiento de algunos eventos
mencionados en Apocalipsis.
Tanto los
montanistas como algunos anabaptistas radicales del siglo XVI fueron
considerados grupos heréticos y alejados de la ortodoxia de la fe Cristiana.
Todo esto
nos indica que los creyentes, de tanto en tanto, anhelan fervientemente
experimentar cosas sobrenaturales que les indique que Dios está en medio de
ellos y les aumente la fe. Pero, algunos errores se han cometido en esta clase
de movimientos, lo cual les conduce a tergiversar o manipular la verdadera obra
del Espíritu, confundiéndola con emociones elevadas, inspiraciones personales,
concentraciones místicas, expresiones corporales descontroladas, pensamientos
personales que confunden con la voz del Espíritu, impulsos resultado de deseos
personales; y todo esto les lleva a proferir declaraciones, que luego se
convierten en doctrina, erradas y contrarias a la Biblia misma.
Ahora,
algunos teólogos, eruditos y pastores conservadores; al enfrentar la realidad
de que el movimiento carismático se ha extendido por todo el mundo, y que una
buena parte de los cristianos se identifican con esta persuasión; han optado
por hacer una revisión o moderación respecto a la temporalidad de algunos
dones; de manera que la doctrina cesacionista, como es conocida la posición de
que los dones milagrosos cesaron al terminar la era apostólica, ha sido cuestionada, no sólo por los
carismáticos, sino por muchos en el seno de las iglesias históricas.
Y no es
para menos, pues, si los pentecostales dicen que están recibiendo visiones,
profecías, lenguas y sueños del Espíritu Santo, entonces, o afirmamos que todo
esto es una farsa o afirmamos que es genuino. Si decimos que es una farsa,
estaríamos ofendiendo a muchos verdaderos creyentes que andan santamente y aman
a Cristo de todo corazón; pero si decimos que es verdadero, entonces estamos
rechazando la obra del Espíritu en la edificación de la iglesia si nosotros no
practicamos las mismas cosas.
¿Qué camino
tomar? ¿Qué respuesta podemos dar a este movimiento? Se pueden dar varias
respuestas: Primero, rechazarlo de plano, afirmar que todo es falso, que las
iglesias pentecostales o carismáticas son falsas y que allí no hay salvos.
Segundo, aceptar que todas las manifestaciones que se dan entre ellos son
verdaderas y que nosotros también debemos tener lenguas, profecías, sueños,
visiones, etc. Tercero, afirmar que, probablemente, algunas manifestaciones
entre ellos son verdaderas y otras no, es decir, Dios puede estar dando hoy
dones sobrenaturales, pero no todo lo que los pentecostales hacen
necesariamente corresponde con los verdaderos dones del Espíritu.
La tercera
opción es la que más atracción ejerce en el medio teológico actual. De esa
manera encontramos a amados hermanos como el pastor John Piper o el teólogo
Wyne Grudem influenciando a muchas iglesias reformadas con una posición
continuista moderada, es decir, Dios puede estar dando dones sobrenaturales
hoy, pero hay que tener precaución con todo lo que los pentecostales llaman
dones del Espíritu.
Ahora, cuál
debe ser la posición correcta de los creyentes bíblicos. Nos enfocaremos en
hacer una revisión bíblica que nos conduzca a tomar una posición clara, firme y
contundente. Si estos dones fueron dados permanentemente a la iglesia, entonces
deben ser buscados, anhelados y practicados; no simplemente se debe decir que
Dios los puede dar hoy, sino que, si son de carácter permanente, entonces deben
ser buscados. O si algunos de estos dones fueron dados con carácter temporal,
entonces debemos saber cuáles tienen esta característica y cuáles no, ¿cómo los
cristianos hoy día podemos beneficiarnos estos dones que fueron temporales?
Los dones fundacionales: Apóstoles y profetas
¿Está dando
Dios hoy los dones de apóstol o profeta? Empecemos por estos dones, y tratemos
de mirar si eran permanentes o temporales.
Respecto a los
dones de apóstol y profeta, Pablo nos dice que estos no son simplemente un don
o gracia que el Espíritu Santo da a ciertas personas, sino que la persona en sí
misma es dada por Cristo como un don a la Iglesia: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros,
evangelistas; a otros pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos
para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que
todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un
varón perfecto; a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef.
4:11-13). Estos dos dones son dados para que la iglesia sea edificada hasta que
todos lleguen a la unidad doctrinal y a la perfección de Cristo Jesús. Esto
significa que los dones mencionados en este pasaje beneficiarán a la iglesia hasta
que termine la historia, pues, la perfección no será alcanzada sino en la
introducción de la edad eterna.
¿Significa
esto que tendremos a todos los dones mencionados en este pasaje en cada iglesia
local durante todas las edades? No necesariamente, pues, para ello tenemos que
revisar en qué consiste este don, cuál es su función y cómo beneficia a todos
los cristianos de todos los tiempos.
Ya hemos
visto que los apóstoles y profetas fueron dados para poner el fundamento de la
iglesia, pues, esto es lo que dice Pablo hablando sobre la iglesia de Cristo de
todos los tiempos: “Edificados sobre el
fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo
Jesucristo mismo” (Ef. 2:20). Ahora, para entender el oficio de los
apóstoles y profetas es necesario comprender la figura que Pablo usa en este
pasaje. Él compara a la iglesia con un edificio que está en constante
edificación. Y él dice que los dos dones en estudio cumplen la función de poner
el fundamento o las bases. La pregunta que debemos hacernos es: ¿cuándo se le
pone el fundamento a una edificación? Al comienzo. Y otra pregunta: ¿cuántas
veces se debe poner el fundamento? Una sola vez. En consecuencia, si los dones
de apóstol y profeta fueron dados para poner el fundamento, entonces, solo se
necesitaban al principio, y no volverán a ser dados más en el resto de la
construcción, pues, no se requiere poner más fundamentos.
Pero esto
no significa que las iglesias locales del siglo XXI nada tienen que ver con los
apóstoles o profetas, todo lo contrario, somos totalmente dependientes de
ellos; pues, tanto el primer piso como el piso 21 se sostienen sólo porque hay
un fundamento o base firme que se estableció al principio. Ese fundamento
puesto al principio sigue vigente hoy día, no porque haya nuevos apóstoles o
profetas, lo cual sería contrario a la lógica que Pablo, Pedro y Cristo mismo
establecen al comparar a la Iglesia con un edificio; sino porque la doctrina y
la revelación autoritativa dada a través de los apóstoles y profetas sigue siendo
estudiada, creída y practicada por las iglesias bíblicas.
Toda
iglesia verdadera debe ser apostólica, es decir, debe ser alimentada y
sostenida por la enseñanza de los apóstoles autorizados por Cristo.
Ahora, si
el ministerio de los apóstoles y profetas iba a ser permanente, entonces, la
Biblia debe contener los requisitos para que las Iglesias puedan reconocerlos y
ordenarlos. Pero si vemos los requisitos que la Biblia presenta para un
apóstol, nadie los pudo cumplir luego de la muerte de los mismos; pues, ellos,
inspirados por el Espíritu Santo establecieron que solo se podían candidatizar
a los varones que caminaron con Cristo desde el bautismo de Juan hasta su
ascensión a los cielos (Hch. 1). Los apóstoles debían poner el fundamento de la
fe cristiana, por lo tanto, ellos debieron ser testigos de la resurrección de
Cristo.
Es
interesante ver cómo la iglesia primitiva tomó en serio la función de apóstol y
los requisitos para que alguien fuera reconocido como tal, pues, Pablo, el
apóstol a los gentiles, fue cuestionado constantemente sobre su pretensión de
ser reconocido como tal; de manera que en la mayoría de sus cartas él debe usar
el apellido de apóstol, y en algunas defiende su apostolado, y algunas de las
señales o marcas de su oficio es que él vio al Cristo resucitado (una
calificación de hechos 1), aprendió el evangelio directamente de Cristo, no por
intermediarios, e hizo las señales apostólicas (otra marca de Marcos 16): “¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús el
Señor nuestro?” (1 Cor. 9:1); “Mas os
hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mi… no lo recibí ni lo
aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gál.
1:11-12); “Con todo, las señales de
apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales,
prodigios y milagros” (2 Cor. 12:12).
De manera
que si alguien, luego de la muerte de los apóstoles del Cordero más Pablo, se
atribuye tener ese oficio, debió ser alguien que conoció a Cristo en persona,
aprendió el Evangelio de él directamente y tiene la capacidad de hacer los
milagros que Jesús menciona en Marcos 16. Pero es imposible que hoy día alguien
haya conocido personalmente al Salvador resucitado, pues, Pablo, hablando sobre
la experiencia que tuvo con Cristo afirma: “Y
al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí” (1 Cor. 15:8). Pablo
es contundente al decir que la última persona a la cual el Cristo resucitado se
le apareció fue a él; después, a nadie más; de manera que ningún hombre después
de Pablo puede decir que ha sido llamado al apostolado.
En
conclusión, podemos afirmar que ningún “apóstol” de hoy día puede cumplir con
los requisitos para desempeñar tal oficio porque: se necesita que haya sido
enseñado y autorizado directamente por Cristo, durante su peregrinación por
Palestina, o por Cristo resucitado. Además, ninguna persona hoy día puede hacer
las señales de apóstol, como veremos más adelante. Igualmente, siendo que los
profetas fueron dados para poner el fundamento, no se necesitaba más este don
en el seno de la iglesia.
Los dones de revelación: lenguas, interpretación de lenguas,
profecías, ciencia, conocimiento, discernimiento de espíritus
Junto con
los dones de apóstol y profeta, otros dones de revelación fueron dados por el
Espíritu con el fin de cimentar a la iglesia en la doctrina y práctica bíblica.
A través de estos dones el Espíritu revelaba su voluntad a cada congregación, y
les libraba de caer en manos de los falsos profetas.
El siglo
primero, y parte del segundo, fue un tiempo donde el evangelio se extendió por casi
todo el mundo conocido de esa entonces. Los escritos autorizados de los
apóstoles y profetas no alcanzaban a circular con la misma velocidad de la
extensión del evangelio; la doctrina se transmitía oralmente, aunque muchas de
las cartas apostólicas empezaron a circular y se sacaban copias de las mismas.
En esa ápoca no era fácil tener acceso a libros o materiales escritos pues,
eran muy costosos. La transmisión oral de la doctrina debía ser respaldada o
confirmada sobrenaturalmente por el Señor, pues, aún las iglesias no tenían
acceso a la totalidad de los libros canónicos, los cuales constituyeron el
fundamento doctrinal verdadero. Las profecías, las lenguas interpretadas, los
dones de conocimiento, ciencia y discernimiento de espíritus, eran medios de
confirmación para cada iglesia.
El Nuevo
Testamento está lleno de declaraciones que comprueban lo anterior. Timoteo fue
escogido como pastor de una iglesia mediante el don de profecía, pues, las
iglesias aún no tenían las cartas de Pablo donde se le indicaba el proceso para
seleccionar a los ancianos (1 Tim. 1:18; 4:14); pero, es obvio que luego de
tener las instrucciones precisas en el Nuevo Testamento ya no sería necesario
más este don para determinar qué hombres son aptos para este oficio. Pablo no
indica en ningún lugar que además de los requisitos para ser obispo esperemos
la confirmación de alguien que tenga el don de profecía.
Además, el
apóstol Pedro, ya avanzado el siglo I, afirma que “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien
en estar atentos, como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro… porque nunca
la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios
hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (1 P. 1:19, 20). El don
de profecía forma parte de la revelación que Dios dio al pueblo, tanto en su
aspecto proclamativo como en el predictivo, es inspiración del Espíritu, y por
lo tanto, debe ser tomada como Palabra de Dios. De manera que si el don de
profecía fue dado para permanecer en la iglesia durante las edades, esto
significaría que Dios estaría dando nuevas revelaciones a su pueblo por
siempre; pero, entonces, si esto fuera así, el canon bíblico permanece abierto,
y podemos añadir a la Biblia muchas de las revelaciones que los “profetas"
o los que tienen el don de profecía proclaman en los distintos siglos.
La Biblia
es clara en mostrarnos la temporalidad de estos dones, pues, cuando leemos las
cartas apostólicas más tardías, nunca encontramos instrucciones para que los
creyentes consulten a los profetas en asuntos doctrinales o particulares. No se
les indica que vayan donde ellos por guía u orientación. Antes, todos los
mandatos se centran en la Palabra escrita, en la doctrina apostólica. El
creyente es exhortado una y otra vez para que se alimente con la Palabra.
Pablo, escribiendo a Timoteo es claro en mostrar que la única norma en materia
de fe y conducta, en guía espiritual y fuente permanente de instrucción para
que el creyente esté completo en esta tierra es la Palabra de Dios: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y
útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a
fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda
buena obra” (2 Tim. 3:16-17).
Cuando él
dice toda la Escritura, no sólo se refiere a los escritos del Antiguo
Testamento, como algunos piensan, sino a “todo lo que, por medio del testimonio
del Espíritu Santo en la iglesia, es reconocido por la iglesia como canónico,
esto es, con autoridad”[3].
Es decir, los libros del Antiguo y los del Nuevo Testamento. Toda la profecía
fue consignada aquí. Puede que algunos digan, pero, en la Biblia no encontramos
cada una de las profecías que daban los profetas en las iglesias locales; pero
esto no es verdad, pues, los profetas hablaban de Cristo y Su gracia, hablaban
de la doctrina cristiana y esto es lo que contiene el Nuevo Testamento. En el
siglo I todos los verdaderos profetas se centraban en los mismos temas que eran
revelados sobrenaturalmente, y estos temas fueron consignados en la Biblia. Una
vez que la Palabra estuvo completada no fue necesario escuchar nuevas
revelaciones extáticas, pues, Pablo dice que la Escritura se convertiría en la
única y suficiente norma para el creyente. Todo lo que necesitamos para conocer
a Dios, a Cristo, para ser santos y andar en esta vida conforme a la Voluntad
de Dios nos ha sido dado de manera completa en las Escrituras Sagradas, ya no
necesitamos más profetas ni profecías, para ningún aspecto de la vida.
Algunas
personas que provienen de iglesias carismáticas tienen dificultades para
aceptar la doctrina cesacionista, pero esto se debe a que aún tienen luchas por
aceptar la suficiencia y autoridad plena de las Sagradas Escrituras. La
experiencia no se debe convertir en rectora de la doctrina o práctica
cristiana, esto le corresponde sólo a la Biblia, la única palabra que Dios da a
su Pueblo hoy día, no hay más.
Los dones de milagros: Fe, milagros, sanidades, lenguas
Ahora, ya
hemos comprendido que los dones fundacionales (apóstoles y profetas), y los
dones de revelación (profecías, lenguas e interpretación de lenguas)
necesariamente fueron dados para el tiempo de los principios, cuando el
Evangelio estaba empezando a anunciarse; pero ¿qué de los dones de milagros? A
través de ellos no se da revelación, por lo tanto, ¿por qué no pueden estar
activos hoy?
Las
Sagradas Escrituras también nos muestran de una manera contundente que estos
dones tampoco fueron dados para que permanecieran para siempre en la iglesia.
Pues, estos dones cumplían el papel de confirmar inicialmente la Palabra que
estaba siendo anunciada por el Evangelio en el mundo entero.
1. Fueron
confirmación de la venida del Mesías
Los judíos
habían estado esperando al Mesías prometido en las Antiguas Escrituras, pero
¿cómo lo reconocerían? Pues, indudablemente vendrían falsos hombres haciéndose
pasar por el Cristo. La Biblia ya había predicho que el verdadero Mesías haría
milagros y prodigios que no tendrían igual, sería un tiempo de grandes obras,
así como sucedió en el tiempo de Moisés.
El
libertador de Israel, Moisés, fue un tipo del Mesías. Pedro, en su primer
sermón evangélico, lleno del Espíritu Santo dijo: “Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará
profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas
que os hable” (Hch. 3:22). Moisés fue un tipo de Cristo, de manera que
podemos aprender mucho sobre la obra de Cristo leyendo lo que Dios hizo a
través de Moisés.
Cuando Dios
le ordenó que fuera a su pueblo esclavizado en Egipto para ser el libertador de
Israel, Moisés le dijo al Señor “He aquí
que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: No te ha aparecido
Jehová” (Éx. 4:1). Este era un asunto muy importante, pues, cualquier
hombre puede decir: “El Señor se me apareció y me envió a ustedes”, por lo
tanto, Moisés necesita saber de qué manera ellos podrán conocer que
efectivamente es Dios quien le ha hablado. La respuesta que le da el Señor es
que él lo ha llamado, su gloria estará con él y a través de su vara obrará
grandes milagros y señales. Estas maravillas sobrenaturales serán una prueba
fehaciente de que el mensaje y ministerio de Moisés era aprobado por Dios.
Ahora,
recordemos que estos milagros, como todos los milagros en la Biblia, no eran
mera manipulación psicológica, adivinación, generalidades proclamadas por un
predicador respecto a la sanidad de alguien enfermo en la muchedumbre; sino que
eran reales milagros y portentos, indubitables, contundentes y fehacientes; de
tal manera que si alguien cuestionaba la autoridad de Moisés lo haría en contra
de la clara evidencia.
Los
milagros fueron la confirmación de la revelación y el ministerio que Dios dio a
Moisés. Lo mismo podemos decir de los grandes profetas como Josué, Elías y
Eliseo.
Si hacemos
un análisis de la historia del Antiguo Testamento observaremos que la
abundancia de milagros por medio de personas en particular no fue una constante
en todos los tiempos, sino que pertenecen a períodos determinados en los cuales
se dio una abundante revelación que luego fue consignada en las Sagradas
Escrituras.
Lo mismo sucedió en el tiempo de Jesús. Él fue
enviando por Dios para cumplir la obra de redención, él era el Mesías enviado a
Israel, él era el Profeta del cual Moisés anunció que vendría. Pero, ¿cómo podía
la gente de Israel identificarlo? ¿Cómo podrían saber que él no era un
falsificador?: Porque él haría verdaderos y contundentes milagros. Cuando Juan
el Bautista envió mensajeros para preguntarle si él era el Mesías, ¿cuál fue su
respuesta?: “En esa misma hora sanó a
muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les
dio la vista. Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que
habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son
limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es
anunciado el evangelio” (Lc. 7:21-22). Los milagros que Jesús hizo tenían
un propósito: que el pueblo de Israel tuviera un testimonio irrefutable de que
Él era el Mesías.
Pedro, en
la predicación del día de Pentecostés, ante cientos de judíos, afirmó lo
siguiente: “Varones israelitas, oíd estas
palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las
maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él,
como vosotros mismos sabéis” (Hch. 2:22). Los milagros eran para confirmar
la mesianidad de Jesús.
Igualmente,
el apóstol Juan dice que Jesús hizo muchas maravillas, de las cuales él
consignó algunas en su evangelio, con el fin de que sirvieran como confirmación
de que el Nazareno es el Mesías, el Hijo de Dios. “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos,
las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que
creáis que Jesús es el Cristo, el hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis
vida en su nombre” (Juan 20:30-31).
Vamos a
detenernos un poco en este pasaje, pues, nos da mucha claridad sobre el
propósito y temporalidad de los milagros, y también de la perpetuidad del
beneficio de los mismos. En primera instancia Juan dice que los milagros
obrados por Cristo tuvieron como propósito que la gente pueda creer que él es
el Mesías, el Hijo de Dios, y para que las personas crean en él y sean salvos.
Es
interesante notar que la mayoría de las personas que presenciaron los milagros
de Jesús, lo rechazaron. Juan nos muestra la constante incredulidad de los
judíos a pesar de que estaban viendo las maravillas que él hacía. Solo unos
pocos pudieron reconocer en él al Mesías, a través de sus milagros: Nicodemo, “Sabemos que has venido de Dios como maestro;
porque nadie puede hacer estas señales que tú haces” (Juan 3:2); Un ciego
sanado, “Desde el principio no se ha oído
decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si este no viniera de
Dios, nada podría hacer” (Juan 9:32-33). Los líderes religiosos, los
teólogos judíos, también rechazaron a Jesús, a sabiendas que él estaba haciendo
muchas señales que lo identificaban como tal: “Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron al concilio,
y dijeron: ¿qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. Así que, desde
aquel día acordaron matarle” (Juan 11:47, 53).
Pero Juan
dice que las señales que hizo Jesús son un instrumento para que muchos crean,
pero, ¿quiénes son los que creerán? La respuesta es obvia: los lectores del
evangelio, nosotros, los que no vimos presencialmente los milagros. ¿Cómo vamos
a creer? No porque en todos los tiempos íbamos a estar viendo el don de
milagros, sino por medio de la lectura de la Palabra de Dios. Los milagros que
Jesús hizo se escribieron para que las generaciones posteriores creyeran en él.
No necesitamos que hoy día alguien tenga el don de milagros para creer en
Cristo; sus milagros se escribieron, y eso es suficiente para generar fe en
nuestros corazones.
La
mesianidad de Jesús ya fue confirmada en el siglo I a través de los milagros
que Dios hizo por medio de él; ya no se necesita confirmar nuevamente. Las
generaciones que siguen deben confiar en lo que fue escrito por los apóstoles y
profetas, en el fundamento que ellos pusieron una vez y para siempre.
Cuánta
equivocación existe hoy día en medio del pueblo cristiano, pues, muchos creen
que si no vemos milagros, no creeremos. La verdad es lo contrario. Muchos
cientos de miles de judíos y romanos presenciaron los milagros de Jesús, pero
no creyeron. Luego del siglo primero millones de personas no han presenciado
los milagros de Cristo, pero han creído, por fe, porque ese es el medio que
Dios ha dado: fe en Su Palabra, fe en que él es el Mesías por los milagros que
hizo, los cuales fueron consignados en los evangelios. Insisto, Juan es muy
claro, las generaciones venideras creerán en el evangelio no por presenciar
milagros, sino por leer con fe la Palabra escrita, en la cual se narran los
milagros del Mesías.
Es
interesante notar que Juan, en su evangelio, recoge las contundentes palabras
de Cristo cuando dijo a Tomás el incrédulo: “Bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29). Si hoy
día alguien necesita ver milagros para creer, se está perdiendo de esta
bienaventuranza.
2. Fueron
confirmación del mensaje profético de los apóstoles y de la iglesia primitiva
Ya hemos
visto que el siglo I fue un tiempo en el cual Dios dio la profecía final, la
que cerraría el canon de la Biblia. El cumplimiento de las profecías del
Antiguo Testamento se había dado en la persona de Cristo, y ahora los apóstoles
y profetas estaban anunciando este mensaje salvador al mundo.
No sólo fue
necesario que Jesús hiciera milagros y señales que autenticaran su ministerio,
sino que sus embajadores oficiales, los apóstoles, y los que estaban anunciando
por primera vez el mensaje del evangelio, tuvieran un sello de autenticación de
su mensaje. Es por eso que Cristo les dice a los once: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera
demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si
bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos
y sanarán” (Mr. 16:17-18). Esto se cumplió en la vida de la iglesia
apostólica. Lucas nos relata en el libro de los Hechos que “por la mano de los apóstoles se hacían
muchas señales y prodigios en el pueblo” (Hch. 5:12). Los apóstoles fueron
los testigos presenciales de la resurrección de Jesús, ellos estaban anunciando
esta verdad al mundo, pero ¿cómo podrían creer a lo que ellos decían o
escribían? ¿Cómo podrían las personas creer lo que Juan, Mateo y los demás
evangelistas escribieron sobre Jesús? Para ello era necesario que los dones de
milagros estuvieran con ellos, así como estuvo con Moisés y los profetas del
Antiguo Testamento. Su declaración de que Jesús resucitó era confirmada por los
milagros. El autor de la carta a los Hebreos, quien escribe en la última parte
del siglo I, ratifica esta verdad al decir: “Testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y
diversos milagros y repartimientos del Espíritu según su voluntad” (Heb.
2:4). Nosotros hoy día creemos que lo escrito en el Nuevo Testamento es
verdadero y tiene la misma autoridad de los escritos del Antiguo Testamento
porque Dios obró milagros y señales confirmatorias a través de los apóstoles,
los profetas y la iglesia del primer siglo.
Los dones
milagrosos, incluyendo el de las lenguas, fueron dados como señal inicial de
que el fundamento escrito en el Nuevo Testamento es la verdad que proviene del
cielo. Una vez que esta verdad fue escrita y confirmada, estos dones milagrosos
no son necesarios ya más.
Ahora, como
dijimos antes, esto no significa que Dios no hizo milagros luego del siglo
primero, ni que no los hace hoy; lejos de nosotros afirmar semejante disparate.
El Señor es el mismo siempre y él es Todopoderoso y Soberano, y él hace como él
quiere y cuando quiere. Dios, en respuesta a la oración de su iglesia, hace
milagros poderosos para el beneficio de los santos; ya no como señales, más si
como muestra de su amor y misericordia.
Hoy
día los creyentes debemos ir a los ancianos para que oren por nosotros cuando
estamos enfermos, y Dios promete que, conforme a Su voluntad, sanará a los
enfermos; no por un don milagroso en los ancianos, más si en respuesta al
clamor de los suyos.
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